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TRIBUNA
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Mujer, vida y libertad: el grito de las mujeres en Irán

Las iraníes están desafiando a la teocracia islámica a cara descubierta

Tehran, Iran

En 2022, Mahsa Amini, una joven iraní de origen kurdo fue arrestada y torturada por la policía islámica por no usar correctamente el hiyab. Tras recibir una brutal paliza, entró en coma y murió pocos días después. Tras su muerte, centenares de mujeres iniciaron marchas de protesta tanto en Teherán como en Saqqez, ciudad natal de Mahsa. Aquellas manifestaciones fueron duramente reprimidas y murieron más de 150 personas. Nunca se realizó una investigación ni sobre la muerte de Mahsa ni sobre la brutal represión contra las manifestantes.

Desde entonces, y enfrentándose a todas las barreras que el régimen iraní ha levantado contra ellas, las mujeres no se han desmovilizado. Al contrario, en las masivas marchas que se están produciendo desde finales de diciembre, las mujeres se han convertido en las protagonistas.

Las iraníes, a cara descubierta, están desafiando a la teocracia islámica arriesgando su integridad física e incluso su vida.

Las ONG calculan que más de 40 millones de ciudadanos y ciudadanas están protestando en las calles, desde hace tres semanas. El número de detenidos, heridos y muertos no puede conocerse con precisión ya que el Gobierno ha clausurado el acceso a internet, ha cortado la telefonía móvil y fija e incluso, ha dejado sin electricidad a gran parte del país; un blackout casi total, silencio y oscuridad para la más cruel represión contra el pueblo.

En junio de 2025, tras una escalada militar provocada por el ataque israelí a infraestructuras nucleares iraníes, y la pérdida de su aliado más sólido —Hezbolá, muy tocado tras la ofensiva israelí en Siria y Líbano— el régimen de Jamenei quedó debilitado. La destrucción de gran parte de su sistema nuclear supuso una pérdida de miles de millones de euros. La corrupción de las élites en el poder, la agonía económica, la inflación y la falta absoluta de un proyecto y un horizonte de esperanza, ha cristalizado en un estallido social sin precedentes desde la Revolución islámica (1978-1979).

A finales del mes de diciembre, una fuerza económica y social tan poderosa como los comerciantes de Teherán, sacudidos por la alta inflación, iniciaron una huelga que se extendió rápidamente, en forma de marchas en la calle, al conjunto del país. Universidades, ciudades, zonas rurales y aldeas alejadas de los núcleos urbanos se llenaron de mujeres, jóvenes y todo tipo de ciudadanos para expresar un malestar creciente e insoportable entre la sociedad iraní.

Están pidiendo el fin de la teocracia islámica o lo que es lo mismo, libertad, justicia e igualdad. Poco importa a quiénes están desafiando a los ayatolás, o si Estados Unidos, Israel o el príncipe Reza Pahlevi saludan el movimiento. Es el pueblo iraní el que ha dicho basta y el que debe guiar la salida. Los grupos de mujeres activistas están elaborando propuestas para un futuro igualitario en Irán; reformas legales, políticas públicas de igualdad, etc.

En Irán las mujeres son el 60% de los universitarios pero doblan a los varones en el número de paradas y ganan menos de la mitad que los hombres por los mismos trabajos. Aunque muchas iraníes están incorporadas al mundo laboral y profesional, son muy pocas las que ocupan espacios de poder y las que sí lo hacen son, sobre todo mujeres conservadoras, a pesar de lo cual han conseguido impulsar algunos tímidos avances.

La presencia de mujeres jóvenes en las protestas de estas semanas supera con mucho todas las de períodos anteriores. Las activistas afirman que la media de edad de los cientos de detenidas es de 15 años. Al grito de “arde diablo” las chicas queman fotografías del líder supremo arriesgándose a ser agredidas, torturadas o asesinadas a manos del brutal aparato represor del régimen.

El Consejo Supremo de Seguridad Nacional ha resuelto que la protesta está dirigida por terroristas al servicio de potencias extranjeras enemigas, dando así permiso a las Fuerzas de Seguridad de la República Islámica, a la policía de la moral así como a los grupos armados parapoliciales, a ejercer la máxima fuerza represora contra el pueblo. Pero la ira económica y social convergen con la exigencia moral por la que están clamando las mujeres y los hombres en Irán: vivir libres, vivir dignos, vivir sin miedo.

A través de las redes sociales, quienes consiguen saltarse el blackout envían mensajes de resistencia y compromiso por el fin de la actual teocracia. Miles de mujeres se quitan el hiyab, bailan y expresan su esperanza.

Es difícil presagiar lo que sucederá en el inmediato futuro. La falta de información independiente sobre el terreno y la brutalidad histórica del régimen generan mucha inquietud.

Pero tenemos la certeza de que la sociedad iraní está desafiando al poder establecido con una fuerza y una magnitud desconocidas. No se puede mirar hacia otro lado, ni condenar o instrumentalizar el movimiento por sus supuestas conexiones internacionales cuando la pena de muerte es una respuesta habitual en manos del Gobierno.

Las fuerzas democráticas en Europa y el feminismo internacional deben movilizarse, con todos los instrumentos legales a su alcance para acompañar esta revolución y presionar al Gobierno de Irán para que ceje en su empeño de asfixiar el inmenso clamor de libertad en sus calles.

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