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Las protestas en Irán crecen en un momento de debilidad del régimen

El apoyo del aparato de seguridad y la falta de alternativa viable complican el cambio inmediato de sistema político que pronostica una parte de la diáspora iraní

Imagen de un vídeo que refleja una protesta en Teherán este jueves. Foto: AP

Cientos, puede que miles, de iraníes salieron este jueves por la noche a las calles de Teherán y de otras ciudades del país para protestar por la pésima situación económica, pero también contra el único régimen que la mayoría de ellos ha conocido: la República Islámica de Irán, proclamada en 1979, cuando más del 70% de los iraníes aún no había nacido. Esa afluencia, que mostraron vídeos en redes sociales, representa una escalada; las protestas en Irán están creciendo y las tácticas “más desafiantes e incluso violentas” (la televisión estatal difundió este viernes imágenes de coches ardiendo) de los manifestantes “sugieren una transición de protestas episódicas hacia algo más cercano a un levantamiento a gran escala”, destacaba este viernes en X Sina Toossi, analista iraní del estadounidense Centro de Políticas Internacionales (CIP, por sus siglas en inglés).

Las últimas protestas han registrado otra novedad: los gritos de “Larga vida al sha” en favor de Reza Pahleví, hijo del último sha de Irán, derrocado en 1979, que horas antes había llamado a sus compatriotas a manifestarse desde su exilio en Estados Unidos.

Sin embargo, a falta de esos ojos sobre Irán que aporta internet —las autoridades lo cortaron también el jueves—, no hay por el momento información creíble que indique que los manifestantes son tantos, ni tampoco que estén vertebrados por una alternativa política al régimen islámico, como para obtener el apoyo de un actor crucial: las fuerzas armadas y el aparato de seguridad.

Si los alrededor de 45.000 manifestantes que la inteligencia israelí —bien infiltrada en Irán— calcula en total en la anterior oleada de protestas (las desatadas por la muerte a manos de la policía de la joven Yina Mahsa Amini, en 2022), no bastaron para que esas fuerzas retiraran su apoyo al régimen parece poco probable que las actuales manifestaciones lo logren, con cifras que se creen inferiores, al menos por el momento. Irán tiene más de 90 millones de habitantes.

Ello incluso si el régimen afronta ahora un momento de especial fragilidad. Esa vulnerabilidad es interior, a causa de las protestas, la reinstauración de sanciones internacionales por el programa nuclear y la mala situación económica, pero también es exterior, después de los ataques militares israelíes y estadounidenses de junio y la pérdida de la red de aliados regionales de la República Islámica por las ofensivas de Israel en Gaza, Líbano y Siria.

El país asiático ha conocido manifestaciones sucesivas en las últimas décadas, que han dado cuenta del creciente desapego a su sistema político de una población cuya clase media se ha empobrecido por la corrupción y el impacto de las sanciones internacionales. Y que, además, vive bajo “un sistema político ideológico que no protege las libertades civiles”, según un análisis del economista iraní Esfandyar Batmanghelidj, profesor de la universidad Johns Hopkins. Ese contexto aboca a los iraníes a ser “menos libres” y “menos prósperos de lo que deberían” en un país que atesora en su subsuelo las terceras reservas de petróleo del mundo.

Los agravios económicos y políticos; la falta de pan y de libertad, en expresión del politólogo Ali Alfoneh, confluyen en unas protestas recurrentes de las que las más multitudinarias ocurrieron en 2009, cuando hasta tres millones de personas salieron a la calle solo en Teherán para apoyar al candidato a la presidencia Mir-Hosein Musaví, contra el supuesto fraude electoral en favor del populista Mahmud Ahmadineyad. Musaví y la facción reformista de la República Islámica contaban con enorme apoyo popular y sí representaban una alternativa política, pero sin la pieza clave del apoyo de las fuerzas de seguridad, las protestas acabaron a golpe de represión.

En 2017 y 2018 se inauguró otro ciclo de manifestaciones que, como las actuales —iniciadas el 28 de diciembre por los vendedores de móviles del Gran Bazar de Teherán, muy afectados por la devaluación del 40% del rial— partieron de agravios económicos como la inflación del 42% que sufren ahora los iraníes.

En 2019, el aumento del precio de la gasolina provocó nuevas protestas, mientras que, en septiembre de 2022, lo que echó a los ciudadanos a la calle fue la muerte de Amini, de 22 años, detenida por llevar el velo obligatorio de forma “inapropiada”.

Todas esas veces que la ira popular cristalizó en las calles, fue la lealtad del aparato de seguridad al régimen y la represión lo que marcó el fin de las manifestaciones. Con especial protagonismo de los Guardianes de la Revolución —el ejército paralelo cuyo fin es proteger al régimen— y su milicia afiliada Basij, a quienes Naciones Unidas atribuye la mayoría de las más de 550 muertes y casi 20.000 detenidos documentados en los cinco meses de 2022 y 2023 que duraron las protestas bautizadas con un viejo lema kurdo: “Mujer, vida y libertad”. Entonces como ahora, la diáspora iraní se apresuró a avanzar que el régimen islámico se tambaleaba.

Sin llegar a ello, este jueves, analistas iraníes en el exilio aludían a un “punto de inflexión”. El historiador iraní Rouzbeh Parsi, profesor de la Universidad de Lund (Suecia), cree que su país aún no está en ese punto y que alcanzarlo, asegura a este diario, llevará “más tiempo”.

Sin alternativa

A diferencia de 2009, tampoco existe ahora mismo en Irán una alternativa política que pueda convencer a las fuerzas de seguridad de que les conviene retirar inmediatamente su apoyo a un régimen que, de todas formas, podría estar al final de su ciclo vital, al menos en cuanto al actual reparto de poder. No solo por el agotamiento de su modelo político que indican esas protestas periódicas, sino también porque su líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, tiene 86 años.

Para Parsi, Reza Pahleví no ofrece esa alternativa, a pesar de tener ahora más apoyos dentro de Irán y, sobre todo, en una diáspora fragmentada que no logró unirse para ofrecer una columna vertebral política a las protestas por la muerte de Amini en 2023. El historiador define a Pahleví como “un lienzo en blanco” en el que unos “iraníes desesperados” pueden proyectar sus ansias de cambio, pero que “no tiene nada que ofrecer”. Además, subraya, es “un aliado de Israel”. El ejército israelí y el estadounidense bombardearon Irán en junio, algo que la mayoría de iraníes rechazan.

Conflicto arabe israeli

Si se observan las actuales manifestaciones bajo el prisma de las anteriores, tres aspectos podrían determinar en el futuro cuál será su alcance, resume Sina Toossi: la extensión geográfica (ya en las 31 provincias del país) y la afluencia (aún no masiva); quién participa en ellas (es decir, si suman a amplios segmentos de las diferentes clases sociales, edades y sexos) y, por último, si aparecen fisuras dentro del Estado, especialmente en cuanto al apoyo del aparato de seguridad.

“Los disturbios de esta noche [por el jueves] marcan un cambio significativo, principalmente en la cantidad de manifestantes que salieron a las calles y en su audacia. Lo que aún no ha cambiado se refiere a la lealtad de las fuerzas de seguridad al régimen y, por lo tanto, frente a desafíos crecientes, el régimen (aún) es estable”, concluía este viernes en X el analista israelí Dennis Citrinowicz. Este experto cree que el régimen iraní aumentará la represión, dado que no tiene “una solución económica” que ataje el empobrecimiento de los iraníes que desató las protestas.

De momento, añade Rouzbeh Parsi, a pesar de los 45 muertos que denuncian ONG iraníes, las fuerzas de seguridad “se están conteniendo”, pues “podrían tomar el control de las calles si quisieran”. El historiador cree que ello podría deberse a “indecisión” o a “algún cálculo político”.

Ese cálculo podría no ser ajeno a las últimas señales de la Administración de Donald Trump. Al mismo tiempo que el presidente de Estados Unidos amenazaba de nuevo este jueves a Irán con golpearlo “muy duro” si la represión aumenta, el republicano le ofrecía una zanahoria junto a ese palo: su negativa a reunirse con Pahleví, como pretendían sus colaboradores más proisraelíes. Así lo señala el medio regional Amwaj, que interpreta esa negativa y las palabras de Trump, que consideró que ese encuentro “no sería adecuado”, como un nuevo llamamiento a Teherán para que negocie otra vez sobre su programa nuclear con Estados Unidos.

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Sobre la firma

Trinidad Deiros Bronte
Periodista de Internacional. Fue corresponsal en el Magreb y en África Subsahariana durante una década. Cubrió las primaveras árabes y las guerras en la República Centroafricana y Congo. Ha informado, como enviada especial, del conflicto en Oriente Próximo y la ofensiva de Israel en Gaza y Líbano. Se ocupa de Irán, Afganistán y el Golfo Pérsico.
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