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TRIBUNA
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La era de la impotencia europea

La UE se concibió como un intento de superar los Estados en un mundo regido por reglas liberales, pero que ha evolucionado por otro camino

El orden internacional que se construyó tras el final de la Guerra Fría parece definitivamente acabado. En los años noventa del siglo pasado, una vez producido el colapso del bloque soviético, Estados Unidos quedó como la única superpotencia. El mundo se volvió unipolar y bajo el dominio norteamericano hubo, por un lado, una aceleración de la globalización capitalista, y por otro, una expansión espectacular de los regímenes democráticos. Los problemas de seguridad quedaron reducidos al terrorismo, pasando a un segundo plano las tensiones geoestratégicas que habían marcado las épocas anteriores.

Ese orden internacional lleva algunos años ya desmoronándose delante de nuestros ojos. Estados Unidos tiene de nuevo poderosos rivales. La seguridad vuelve a estar en el centro de las preocupaciones de los países. Las instituciones internacionales se han debilitado y avanza el unilateralismo. Por su parte, hay un cierto retroceso democrático. Algunos países han sufrido involuciones autoritarias y otros se enfrentan al desafío que supone el apoyo creciente de la ciudadanía a la derecha radical.

En un libro muy pertinente para entender este proceso de cambio (Geopolitics and Democracy, 2023), sus autores, Peter Trubowitz y Brian Burgoon, defienden que muchos de los cambios en el orden internacional a los que acabo de hacer referencia son consecuencia de un problema general que afecta a la inmensa mayoría de las democracias. Según su tesis, se ha ido creando una brecha cada vez más grande entre la ciudadanía y las élites políticas en torno a la globalización. Mientras que amplios sectores de las sociedades occidentales iban desarrollando una mayor prevención hacia las consecuencias del capitalismo globalizado, los partidos tradicionales, tanto de la izquierda socialdemócrata como de la derecha conservadora, se mantenían firmes en su apuesta por dicha forma de capitalismo internacional. Habría sido entonces el hartazgo o la decepción causados por las consecuencias económicas y culturales de la globalización que promueven los partidos tradicionales lo que habría movido a tantos votantes a optar por fuerzas que se reclaman rupturistas y que construyen su discurso sobre la denuncia de unas élites políticas que prestan mayor atención a las recomendaciones de los expertos y las organizaciones internacionales que a las demandas ciudadanas.

Los datos comparados son abrumadores: la opinión pública ha ido girando gradualmente hacia posiciones más “nacionalistas”, basadas en la recuperación del control de la política nacional frente a las fuerzas impersonales de los mercados y las imposiciones de las organizaciones supranacionales. De ahí que la cuestión de la soberanía haya regresado con fuerza al debate público en tantos países. Si hay algún vínculo que una a las fuerzas antiestablishment que surgieron en la década anterior tanto en la izquierda como en la derecha es la aspiración a ejercer la soberanía nacional frente a las “élites globalistas”. Así se constató, por ejemplo, en el referéndum del Brexit de 2016: haciendo caso omiso de las advertencias de buena parte de los políticos y expertos, una mayoría de los votantes optó por abandonar la UE pensando que así recuperaban el control nacional de los asuntos políticos y económicos.

Unos meses después del Brexit, Donald Trump fue elegido presidente. Visto desde el presente, aquel primer mandato debe interpretarse como un ensayo fallido. No supo romper con las inercias políticas de Estados Unidos. Sin embargo, en su segundo mandato, la transformación está siendo completa: el país norteamericano parece dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias el principio de America First, un principio que conecta con muchos votantes enfadados con el sistema por las razones antes apuntadas. De todos los experimentos puestos en práctica allí donde un partido antiestablishment ha tocado poder, ninguno ha ido tan lejos como el trumpismo del año 2025 (de los aranceles a las detenciones indiscriminadas de inmigrantes, pasando por el secuestro de Nicolás Maduro).

En los países europeos la situación es algo distinta, pues no se ha producido un vuelco tan radical como en Estados Unidos y, por separado, cada uno de estos países tiene escasa influencia en el plano internacional. Tras una primera ola de partidos de izquierda alternativa que jugaron la carta soberanista (Podemos, Syriza, La Francia Insumisa, etcétera) y que, con la excepción de Francia, han ido deshinchándose, ha habido una segunda ola, protagonizada ahora por la derecha radical, que no deja de crecer, amenazando las bases del proyecto de integración europeo. De momento no son una mayoría, pero tienen la fuerza suficiente para poner en tensión algunos de los consensos básicos de la época liberal.

Como resultado de todos estos cambios, el vínculo transatlántico entre Estados Unidos y la UE ha quedado dañado, tanto por lo que toca a la seguridad como al comercio. En estas nuevas condiciones basadas en una competición feroz entre Estados fuertes, la UE no encuentra su lugar. La Unión se concibió como un intento de superación de los Estados en un mundo regido por reglas liberales y en el que Estados Unidos garantizaba la seguridad de Occidente. El mundo, sin embargo, ha evolucionado por otros derroteros.

Las dificultades europeas se agravan por lo que podría describirse como un fracaso del proyecto de unión económica y monetaria. Se suponía que los países harían importantes sacrificios para poder crear un área monetaria y, a cambio, la UE sería, con Estados Unidos, el otro gran protagonista del orden global. Sin embargo, la UE ha ido perdiendo posiciones con respecto a EE UU a lo largo del siglo. El diferencial con Estados Unidos en cuanto a desarrollo económico es hoy más grande que hace 25 años. Para explicar esta creciente divergencia, el famoso Informe Draghi incide en asuntos como el coste de la energía, la falta de incentivos para la innovación, la baja productividad o la regulación excesiva. Como cabía imaginar, no menciona el sesgo neoliberal que han tenido las políticas de austeridad acordadas a nivel comunitario (y que algo tienen que ver con la falta de dinamismo económico en el continente y la consecuente expansión del euroescepticismo).

Nada ha salido como se esperaba. Frente a lo que supusieron los europeístas más entusiastas, los Estados han reforzado su poder, no se han ido disolviendo en beneficio de las instituciones supranacionales. En cierto sentido, la UE se encuentra con el paso cambiado. Se pensó como solución a un orden global en el que los Estados perderían su protagonismo, pero hoy nos encontramos con los grandes Estados militares que luchan por sus áreas de influencia.

Hasta el momento, la única salida que han concebido los líderes europeos, casi todos conservadores y con la mirada puesta todo el tiempo en los movimientos estratégicos de las nuevas derechas antiestablishment, ha consistido en reorientar el proyecto europeo hacia la seguridad. Se trata de un giro brusco que pretende hacer de la UE un actor con autonomía defensiva. Tras la invasión de Ucrania, no sólo se ha renunciado a buscar una solución negociada sobre el conflicto que haga posible en el futuro alguna vía de coexistencia pacífica con Rusia, sino que Rusia se presenta como la gran amenaza que exige un rearme rápido de la Unión. Este cambio en las prioridades ha encontrado hasta el momento una reacción positiva en las sociedades europeas. Al fin y al cabo, así se garantiza la seguridad de los Estados nacionales. El contraste entre los planteamientos actuales y lo que fue el impulso inicial, en los años cincuenta del siglo pasado, de la integración económica como método para alcanzar la paz, no podría ser mayor.

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