Trump choca con el dilema de un ataque a Irán de consecuencias imprevisibles
Derrocar al régimen requeriría una campaña militar prolongada que el presidente de EE UU rechaza y amenazaría con un caos regional que sus aliados temen

La DShK o ametralladora de gran calibre Degtiariov Shpagin es un arma de origen soviético capaz de disparar 600 balas por minuto. Diseñada para derribar aviones, ha sido una de las que han utilizado las fuerzas de seguridad iraníes contra los manifestantes que protestaban en las calles contra el régimen. Es un dato comprobado por la organización Iran Human Rights (IHR), con sede en Oslo, que han corroborado testimonios obtenidos por este diario. Esa represión con armas de guerra ha matado al menos a 3.428 manifestantes, según un conteo provisional de IHR, e impuesto el miedo. Desde el miércoles, no se han registrado protestas en Irán, de acuerdo con el Instituto de Estudios de la Guerra. Mientras, la “ayuda ya en camino” a los manifestantes a la que aludió Donald Trump el martes no se ha concretado aún.
Las autoridades iraníes han impuesto un toque de queda a partir de las 20.00 y siguen bloqueando internet, según ese instituto, mientras el ataque militar que a mediados de semana se consideraba inminente ha quedado en el aire. El tiempo “no juega a favor de [los objetivos en Irán] de Washington”, destaca en un tuit Danny Citrinowicz, exjefe de la inteligencia del ejército de Israel. Este analista advierte de que, para cuando el presidente de Estados Unidos decida si finalmente lanza o no esos bombardeos ahora pospuestos, puede que “no quede ya una oposición significativa que salvar” en Irán.
El presidente incluso agradeció este viernes en su red social Truth a la República Islámica su supuesta decisión de no ahorcar a 800 manifestantes detenidos y dejó entrever, de forma implícita, que esa era la razón de su aparente cambio de actitud hacia un régimen al que llevaba dos semanas amenazando con bombardear. El miércoles, cuando se supo que Washington había evacuado a parte de su personal de la base militar de Al Udeid, en Qatar, y pedido prudencia a su personal en Arabia Saudí, se dio por hecho que el ataque sucedería en horas. Esa misma tarde, el republicano cambió el tono. Dijo que “las matanzas en Irán habían cesado” y que no iba a haber ejecuciones de manifestantes, algo que también afirmó el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, en una entrevista con el canal de televisión favorito de Trump, Fox News. El jueves, Teherán reabrió su espacio aéreo.
Este sábado, el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, calificó a Trump de “criminal” y le acusó de instigar las protestas. “Aquellos vinculados a Israel y EE UU causaron daños masivos y mataron a miles de personas”, dijo, admitiendo así un número elevado de víctimas mortales durante los choques.
Varios expertos creen, sin embargo, que la decisión de no atacar por ahora obedece probablemente a que Washington afronta lo que Citrinowicz define como un “dilema estratégico”. Esa disyuntiva es la elección entre un ataque quirúrgico que difícilmente ayudará a los manifestantes ni acabará con el régimen iraní, o bien enfangarse en una campaña prolongada. Ese escenario ofrece más posibilidades de precipitar la caída de la República Islámica, pero amenaza con arrastrar a EE UU a una de esas “guerras eternas” a las que el mandatario prometió dar carpetazo.
Una implicación duradera de Washington en un conflicto en Oriente Próximo y Medio —con los nefastos precedentes de Irak y Afganistán— convertiría en papel mojado la promesa de poner a América primero que Trump hizo cuando juró su cargo hace un año. En estos 12 meses, Washington ha bombardeado Irak, Somalia, Nigeria, Siria, Yemen e Irán, en junio, además de capturar y trasladar a Nueva York al presidente venezolano, Nicolás Maduro, y amenazar con apoderarse de la danesa Groenlandia. Demasiados frentes foráneos cuando las encuestas no son favorables a los republicanos en el año en el que se celebrarán las cruciales elecciones de mitad de mandato.
Según fuentes de su Administración citadas por la cadena NBC, Trump había pedido al Departamento de Seguridad Nacional que el ataque a Irán fuera “rápido y decisivo” y que no desencadenara una guerra larga ni el caos en Oriente Próximo. Ese era el temor de sus aliados árabes, que han desplegado esta semana una intensa actividad diplomática tratando de disuadir a Washington utilizando el lenguaje que Trump entiende. Le advirtieron de que un ataque contra el país que atesora las terceras reservas de petróleo del mundo y que controla el estrecho de Ormuz alteraría los precios del crudo.
Otros Estados aliados de EE UU como Turquía y Pakistán, se oponen también a los bombardeos, subraya desde Qatar Luciano Zaccara, investigador principal del centro New Ground Research. Ankara quiere evitar una posible oleada masiva de refugiados iraníes en caso de guerra larga, mientras que Islamabad teme el aumento de la insurgencia baluchí en su frontera con Irán.

Incluso el primer ministro de la némesis regional de Irán, el israelí Benjamín Netanyahu, pidió al presidente que pospusiera el ataque, según The New York Times. En su caso, por el temor a que esa intervención militar sirva de poco cuando las protestas han sido aplastadas. Teherán ha amenazado con que cualquier bombardeo desencadenará ataques contra las bases estadounidenses en la región y contra territorio israelí.
“Nadie me convenció, me convencí yo mismo”, declaró Trump a los periodistas que le preguntaron este viernes sobre esas posibles presiones. “[Irán] ha cancelado los [800] ahorcamientos. Eso tuvo un gran impacto”, afirmó.
Venezuela
Irán “representa un desafío fundamental” para el modelo de “guerras cortas y decisivas que produzcan una victoria visible y fácilmente comunicable” que gusta a Trump, explica desde Teherán bajo anonimato un analista con buenos contactos en el régimen iraní. En ese país “no existía un camino creíble para lograr ese resultado estratégico”, concluye.
Más que el colapso completo del régimen (como quiere Israel), Trump podría estar buscando un Irán debilitado que se vea forzado a negociar con EE UU, sostenía este jueves en una entrevista con la BBC Andreas Krieg, profesor del londinense King’s College. Ello permitiría “aliviar las sanciones [por el programa nuclear iraní], la entrada de compañías estadounidenses y la conclusión de un acuerdo global” con Washington, subrayaba ese analista. Algo parecido al plan del presidente para Venezuela, un país cuya estructura de poder tiene poco que ver con la de Irán.
La expresión “régimen de los ayatolás” esconde solo una parte de verdad. Más que estar concentrado completamente en Jameneí, que además tiene ya 86 años, el poder en Irán reposa sobre una compleja alianza entre el estamento clerical y la institución que domina el aparato de seguridad, los pasdarán o Guardia Revolucionaria, el ejército paralelo cuyo cometido es defender al régimen. La estructura de ese poder es horizontal y su distribución orgánica y geográfica, tentacular, por lo que un escenario como el de Venezuela, de “eliminación del líder de la ecuación”, no equivaldría “al colapso del sistema”, sostiene Krieg.
Tampoco en Irán “hay una Delcy Rodríguez [la ahora presidenta venezolana] con la que negociar”, resalta Zaccara. Si la Casa Blanca no confía ni siquiera en una opositora con apoyo popular, un partido y una jerarquía detrás como María Corina Machado, mucho menos lo hace en la única figura visible de la oposición iraní, el príncipe Reza Pahlevi. Trump incluso ha rechazado reunirse con el heredero del shah.

Pahlevi ni siquiera tiene partido político ni cuenta con una implantación suficiente en Irán, donde la oposición interna ha sido asesinada o está en la cárcel. “¿Con quién vas a negociar? ¿Con la Guardia Revolucionaria?“, ironiza Zaccara.
Los pasdarán encarnan la línea dura del régimen y tienen un gran interés en su supervivencia, toda vez que controlan entre el 30% y el 40% de la economía del país. Para ayudar a los manifestantes, EE UU podría haber tratado de degradar su capacidad de represión bombardeando cuarteles y matando a sus mandos, pero la descentralización y autonomía del aparato de seguridad iraní complican esa tarea.
Irán tiene dos ejércitos, el regular y el más poderoso de la Guardia Revolucionaria, que suman alrededor de 900.000 efectivos. Solo la milicia Basij, que depende de los pasdarán, cuenta con un millón de afiliados, recuerda Zaccara, una parte de ellos con entrenamiento militar. Están repartidos por todo el país y cuentan con miles de sedes.
Incluso en el hipotético escenario de que ataques militares descabezaran completamente a la Guardia Revolucionaria y a los mandos basiyíes, esas fuerzas militares y paramilitares leales al régimen podrían alentar un conflicto civil si este es derrocado y contagiarlo a países como Irak, con mayoría chií, y donde la República Islámica lleva décadas financiando y entrenando a milicias afines. El colapso del cada vez más debilitado sistema político iraní probablemente daría alas al separatismo kurdo y de otras minorías, presentes a su vez en estados de la región.
En este contexto complejo, y ya sin multitudes en las calles, apunta en X Rass Zimmt, del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS) de Israel, para socavar la supervivencia del régimen iraní “sería necesaria una acción estadounidense muy amplia e integrada” con “decapitación de altos mandos, ataques a decenas de cuarteles de las fuerzas de seguridad, operaciones cibernéticas y disrupción de los sistemas de misiles” (que controla la Guardia Revolucionaria), entre otras operaciones. Es decir, la guerra larga y compleja que no quiere Trump ni su electorado.
El republicano también ha descartado de momento el diálogo. Esta semana lo “consideró brevemente y luego lo rechazó, mientras las protestas estaban en curso“, añade Naysan Rafati, analista principal para Irán del centro de estudios International Crisis Group. Este experto cree que Washington exigirá a Teherán concesiones “mucho más significativas de las que ha estado dispuesto a ofrecer en el pasado” para cerrar un acuerdo.
Todas las opciones siguen mientras tanto “sobre la mesa”, declaró este viernes la portavoz de Trump, Karoline Leavitt. La víspera, The New York Times reveló que el portaaviones USS Lincoln se está dirigiendo a aguas cercanas al Golfo Pérsico desde el mar de la China Meridional. Llegará a finales de la próxima semana.

En Irán, activistas de la sociedad civil y presos políticos iraníes —como la Nobel de la Paz Narges Mohammadí— defienden que la salvación no vendrá de Trump y que los bombardeos incluso podrían provocar “una represión aún más intensa”, advertía la antropóloga Narges Bajoghli en una tribuna en Time. Esos iraníes abogan por construir una transición pacífica sin interferencias extranjeras.
Ese es el espíritu del movimiento Mujer, vida, Libertad, el levantamiento pacífico desatado por la muerte en comisaría de la joven Yina Mahsa Amini en 2022. Las mujeres son el ejemplo, escribe Bajoghli, de cómo “tras años de activismo, organización paciente y desobediencia civil persistente”, las iraníes arrancaron, con la única fuerza de su valor, “lo que muchos consideran la mayor concesión de la República Islámica desde 1979: el abandono de facto de la imposición del hiyab”.
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