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Red de Redes
Columna
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Julio Iglesias y la rebelión de las calladitas

La denuncia pone en jaque el derecho a explotar, esa regla no escrita que mueve al mundo

Existe una regla no escrita que estipula que todo bombazo informativo se contextualizará en redes con un artefacto cultural. Siempre existirá la película que explica el nuevo delirio fascista, la novela que predijo la crisis del coronavirus o una serie para entender cómo operan las cloacas del Estado. Puede que Filmin todavía no haya sacado una lista acorde al escándalo del momento —la última es la de Magnates, demasiados grandes para caer—, pero por supuesto que había películas que nos advirtieron de que las acusaciones de acoso y agresión sexual realizadas por dos exempleadas de Julio Iglesias gracias a una investigación de elDiario.es y Univisión no es, ni de lejos, un hecho excepcional.

En distintas plataformas se ha recomendado el visionado de Calladita, la oportuna película de Miguel Faus protagonizada por Paula Grimaldo que funcionó como un reverso tenebroso a Casa en flames, el fenómeno en cines de 2024. ¿Qué pasaría si observáramos a los ricos en su casa de veraneo del Empordà, pero desde el punto de vista de Anita, la interna sin papeles ni contrato que ordena sus vidas? Pues que seríamos testigos de cómo en ese entorno se normaliza la esclavitud laboral, el racismo y el acoso sexual sin miramientos. Desde señoras que clasifican a sus trabajadoras como si todavía existieran las colonias (“Las filipinas son las mejores, pero tenemos a esta chica, colombiana, que nos funciona de maravilla”, dice Ariadna Gil en una cena entre risas en un momento de la película) a niños ricos que legitiman la agresión sexual en grupo con el servicio (“Qué, ¿te pone la chacha? Las Anitas son para por las noches”, le dice uno de los de polo planchado y máster de negocios al hijo de la casa antes de intentar agredir a la protagonista). Ahí ya estaba todo.

Yo también recordé secuencias clave de esa película al leer el terrorífico relato de acoso y agresión de Rebeca y Laura —nombres ficticios de las denunciantes de Julio Iglesias en la investigación—. Y lo que contó Liliana Viola en La hermana, último premio Anagrama de Crónica, donde señaló que el germen de Infancia Robada, la fundación de la religiosa Martha Pelloni, estuvo en las llamadas que la monja recibía de internas a las que habían violado sus señores y después, al quedar embarazadas, las amenazaban con echarlas del trabajo si no entregaban sus bebés. O cómo Mario Vargas Llosa rememoró en las páginas de este diario que “tirarse a la chola” era una expresión de lo más común entre sus amigos señoritos de Lima en los años cincuenta, los mismos que se vanagloriaban de desvirgar a sus sirvientas en los pasillos de su colegio. El derecho a explotar no es nuevo y lo tipificó la socióloga Alizée Delpierre en Servir a los ricos: “Con su dinero, las grandes fortunas compran el derecho a ejercer la dominación en su casa, sin distancia, sin pausa, modelando el cuerpo y el espíritu de sus sirvientas”.

Magda Szabó escribió que “el mundo se divide en dos clases de personas, las que barren y las que no”. A las que nos criamos entre las que cogían la escoba para sobrevivir nos faltan dedos para enumerar las tropelías que padecieron. No hace falta irse a la ficción para entenderlo. La Asociación Por ti mujer publicó en 2024 Violencias sexuales en las mujeres migrantes trabajadoras del hogar y los cuidados, un informe que desvelaba que más de la mitad de las trabajadoras domésticas han sido víctimas de acoso o violencia sexual en las casas donde trabajan y una cuarta parte dice haber sufrido tocamientos. La precariedad en un mundo sin contratos provoca que nueve de cada diez víctimas no denuncien. Por eso importa la rebelión de las calladitas. Su acusación resquebraja los cimientos de otra regla no escrita: la que dice que el derecho a explotar no es ninguna metáfora, sino el sustrato que mueve al mundo.

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Sobre la firma

Noelia Ramírez
Periodista cultural. Redactora de S Moda desde 2012 y forma parte del equipo de Cultura desde 2022.
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