¿Podemos seguir creyendo en los Reyes Magos?
La historia de unos dignatarios que siguen una estrella para deponer su poder ante un niño vulnerable es una ficción tan hermosa que, 20 siglos más tarde, nos hace hacer algo bueno


Todos los años por estas fechas escribo una breve defensa de la verdad de los Reyes Magos. De la verdad, sí. La verdad tiene dos enemigos: la mentira y la fuerza. Lo contrario de la mentira es la ficción; lo contrario de la fuerza es el Derecho.
Lo contrario de la mentira es la ficción, que nos permite precisamente conocer, y a veces transformar, la realidad. Quiero decir —he dicho otras veces— que el rey Lear es más verdadero que el rey Juan Carlos y la reina Titania más verdadera que la reina Isabel II. Los Reyes Magos, por su parte, son aún más verdaderos que el rey Lear y la reina Titania porque, además de articular un extraordinario relato literario, son performativos o, lo que es lo mismo, activan una performance de participación “universal” en la que los humanos somos, al mismo tiempo, lectores, narradores, protagonistas y beneficiarios. La historia de unos reyes que siguen una estrella para deponer su poder ante un niño vulnerable es una ficción tan hermosa que, 20 siglos más tarde, nos hace hacer algo y nos hace hacer algo bueno. Ahora bien, ¿podemos seguir creyendo en la ficción, y en su capacidad para señalarnos la realidad, en un mundo gobernado por la fantasía? ¿En un mundo en el que Trump borra todos los días la diferencia entre la realidad y la fantasía?
Lo contrario de la fuerza es el Derecho, conquista trabajosa de las clases vulnerables que obliga a los poderosos al menos a disimular. Nunca por sí mismo podrá el Derecho establecer un mundo justo, pero sus avances han señalado siempre los nuevos límites de la humanidad: no es imposible que ocurra (ya nada es imposible), pero para restablecer legalmente la esclavitud haría falta hoy mucha más violencia que en tiempos de Espartaco. Estos días, mi amigo Francisco Fernández, jurista y filósofo, me recordaba que el fracaso del Derecho Internacional significa el triunfo del “derecho nacional” o, si se prefiere, de la “soberanía”, a una parte de la cual renunciaron los Estados-Nación tras la Segunda Guerra Mundial para asegurar la protección de las minorías; para que, por ejemplo, no fueran nunca posibles de nuevo las leyes de Núremberg, expresión jurídica de la fuerza bruta del nazismo. Que el único dirigente europeo que ha condenado de manera tajante la criminal intervención de EE UU en Venezuela haya sido la fascista Marine Le Pen —y lo haya hecho en nombre de la “soberanía” y no del Derecho Internacional— dice mucho acerca del nuevo orden trumpista, en el que cabe Hitler pero no Lauterpacht; y cabe Meloni pero no Ferrajoli. Y en el que Europa no será señor sino vasallo; y no será conquistador sino botín. La protesta de Le Pen es, aún más que la timidez de Merz, Macron o Kallas, el verdadero triunfo de Trump.
¿Podemos seguir creyendo en los Reyes Magos después de Putin, de Netanyahu, de Trump? En 1908, el escritor hispano-paraguayo Rafael Barrett, el gran desconocido de nuestra generación del 98, escribió un cuento en el que una niña rica y virtuosa se despierta el 6 de enero rodeada de regalos y, buena como es, decide sacrificar una de sus muñecas. Manda enganchar la carroza y, acompañada de su institutriz y sus criados, se dirige al barrio más pobre de la ciudad, en el que elige la chabola más sucia y ruinosa. Imaginadla. Imaginad lo orgullosa, valiente y generosa que se siente mientras penetra en la oscuridad, tapándose la nariz, en la única habitación de la casa. Allí, en un catre infame, sumergida en la penumbra, reposa una niña enferma. No reposa. Está trabajando. Está montando muñecas idénticas a la que ella le trae de regalo. La madre la toma sin emoción entre sus brazos y la arroja al saco que, ya casi lleno, recogerá más tarde un empleado de la fábrica de juguetes. Gracias, sí. ¡Hemos ganado un céntimo que no nos costará una hora de trabajo!
El cuento de Barrett es de una crueldad extraordinaria no porque les diga a los niños que los Reyes Magos no existen sino porque les dice a los padres que los Reyes Magos no son ellos. No son ellos, no, sino el dueño de la fábrica de juguetes, que es probablemente (aunque el cuento no lo diga) el papá de la niña rica, que es probablemente también el dueño de la fábrica de armas, que es probablemente también el dueño de los tribunales, y que es probablemente también el dueño de la prensa y el dueño del ejército y el dueño del palacio de gobierno. A la figura que reunía bajo su soberanía todas esas propiedades se la llamaba en otras épocas rey absoluto. El mundo en estos días se está poblando de nuevo de reyes absolutos, que son lo contrario —como lo es la mentira de la ficción o la fuerza del Derecho— de los Reyes Magos, esas criaturas verdaderas que recorrieron miles de kilómetros a lomos de camellos para entregar todas sus propiedades a un niño desnudo. A cualquier niño desnudo.
¿Podemos seguir creyendo en los Reyes Magos? Este martes cientos de miles de niños españoles los esperaron con ilusión y recibieron de sus manos uno o varios obsequios; y cientos de miles de padres españoles se pusieron de acuerdo, en un ejercicio de omertá invertido y luminoso, para renovar un año más la ficción performativa de una conspiración diminuta en favor del bien común. Sí, vale, es una mierda: las fábricas de juguetes, el consumo, la desigualdad. Y sí, vale, es una mierda: Ucrania y Gaza y Venezuela. Pero en la ficción de los Reyes Magos deberíamos saber ver algo más que una distracción culpable en medio de un mundo en harapos o una cesión libidinal a los señuelos consumistas de las grandes empresas capitalistas. Como he escrito otras veces, la ficción de los Reyes Magos es la única conspiración comunista que aún funciona; una conspiración en la que los padres asumen su anonimato y borran todas las pistas de su intervención, y ello en favor de la felicidad de un niño concreto que, precisamente porque callan y no se atribuyen la acción (al contrario que la niña rica de Barrett), pasa a ser cualquier niño: todos los niños. La ficción de los Reyes Magos es un milagro comunitario: una vieja historia que hace hoy a los humanos, por un instante, buenos, discretos, leales, solidarios. Si lo pensamos bien, una ficción parecida es la que (creencia compartida) está detrás de todas las instituciones democráticas; en cuanto alguien dice la “verdad” (“todos los políticos son iguales” o “es la fuerza la que decide”), todas ellas desaparecen.
El fascismo es en realidad un atentado contra los Reyes Magos. Siempre se ha mentido, pero hoy la mentira está a punto de suprimir la ficción, que es nuestro único contacto con las cosas verdaderas. Y siempre se ha violado el Derecho internacional, pero hoy estamos a punto de legalizar la fuerza bruta y la soberanía absoluta: Bush, por ejemplo, también habría atacado Venezuela, pero habría puesto en lugar de Maduro a Corina Machado, igualmente autoritaria y ferozmente neoliberal, pero investida de una cierta legitimidad democrática. El triunfo de la mentira convalida todos los relatos; el triunfo de la fuerza invalida todas las formalidades.
¿Podemos seguir creyendo en los Reyes Magos? Debemos seguir creyendo en los Reyes Magos. Pero no bastará con invocar sus nombres con conmovidas lagrimitas de cocodrilo. Habrá que conspirar en su favor; habrá que conspirar sin cesar en contra de la mentira y de la fuerza. No hay alternativa y Europa debería ya saberlo: o ficción o fascismo.
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