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tribuna
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El espejismo de la nostalgia feliz

Una parte importante de los jóvenes cree que llegaron al mundo cuando la fiesta ya había acabado y a ellos les toca recoger los vasos sucios y barrer el confeti

Una encuesta reciente del Centro de Estudios de Opinión (CEO) muestra como casi la mitad de los hombres catalanes menores de 35 años está de acuerdo con la frase “antes, el país funcionaba mejor, pero ahora parece haber perdido el rumbo”. Es curioso, puesto que los que afirman esto no pueden recordar ese “antes”, ya que ellos no estaban en ese momento, o eran niños. Este dato concuerda con lo registrado por el CIS de octubre, en el que un 25% de los hombres españoles menores de 35 años consideraba que los años de la democracia han sido peores que los de la dictadura. Y eso que este grupo no ha vivido el franquismo, puesto que han nacido a partir de 1991.

¿Qué está pasando para que los hombres jóvenes se muestren nostálgicos de un tiempo que no vivieron? La nostalgia debería ser un sentimiento más extendido entre los mayores, aquellos que echan de menos los años que sí vivieron, años en los que eran jóvenes, tiempo que ya pasó y cuyo recuerdo les pesa precisamente porque son eso, recuerdos, memoria de días quizás felices. Sin embargo, son los jóvenes los que aparecen como el segmento más nostálgico, el que añora un tiempo que no vivieron, pero que en su imaginario fue más feliz, tal vez más próspero, mejor en definitiva que el tiempo que les ha tocado vivir, y que la mitad de ellos considera peor que ese pasado idealizado en el que las cosas iban mejor, en el que “el país funcionaba mejor” porque había un rumbo que seguir.

Una parte importante de nuestros jóvenes cree que llegaron al mundo cuando la fiesta ya había acabado, cuando habían apagado la música, se habían encendido las luces y había cerrado la barra. A ellos les toca recoger los vasos sucios y barrer el confeti de una fiesta que disfrutaron otros, los que vivieron los años felices de los cuales nuestros jóvenes sienten esa extraña añoranza de una vida que no han vivido, pero que se han convencido de que era mejor, no saben muy bien por qué, porque les han hablado de un mundo en el que la gente tenía casa y trabajo, un propósito claro, un Estado que les protegía y un entorno comprensible, ordenado y simple.

Este tipo de discurso nostálgico explica por qué son los chicos y no las chicas (o no tanto) los que añoran un pasado idealizado, porque es a ellos a quienes van dirigidos esos mensajes, proyectados desde las redes por los voceros de la manosfera, que mezclan en su propuesta el neomachismo, el discurso contra los inmigrantes y contra los políticos que han permitido que nuestro mundo haya “perdido el rumbo”. La comunicación personalizada mediante los dispositivos móviles que nos mantienen conectados permanentemente permite la segmentación de los mensajes de tal modo que la dieta informativa a la que está sometido un hombre joven sea completamente diferente de la que recibe una mujer de la misma edad en su terminal. De ahí la brecha que vemos de un tiempo a esta parte entre hombres y mujeres jóvenes. Ellos cada vez más escorados a la derecha, más reaccionarios, ellas en el otro extremo.

Los discursos reaccionarios proporcionan a los hombres jóvenes (y a una parte menor de las mujeres) seguridad. Si no entendemos esto, no podemos entender el porqué de la deriva autoritaria entre una parte sustancial de nuestros jóvenes. No es que se hayan vuelto fachas de repente, como una reacción irracional, llevada por la emoción intoxicada por las redes sociales. O no sólo. Hay algo más profundo en la deriva nostálgica de los hombres jóvenes, y es el desasosiego existencial, la sensación de no entender el mundo en el que viven y un sentimiento intenso de victimización, de pagar por algo de lo que no te sientes culpable. La extrema derecha digital ha sabido vehicular todo este malestar, proporcionándole un relato tranquilizador, un refugio, una explicación simple, a la vez que señalaba a los culpables: la dictadura progre, el feminismo “que ha ido demasiado lejos”, los inmigrantes depredadores de los servicios públicos, la política cómplice y corrupta. Todos ellos conspirando para acabar con el futuro de estos jóvenes, para destruir el mundo feliz del pasado al que se les propone regresar. Un mundo que se les presenta como ordenado, limpio y simple, donde cada cual tenía la posición que se merecía. El orden natural de las cosas.

La izquierda no ha sabido contestar a este imaginario nostálgico, más allá del discurso de una supuesta estafa generacional que habrían cometido los pérfidos boomers, acaparadores de recursos, que viven del esfuerzo de los pobres zetas con sus pensiones onerosas después de una vida de aparente lujo y despilfarro, de trabajos fijos de por vida e hipotecas baratas. La lógica de este discurso barato y torticero, que se cae por su propio peso, es la misma: un intento de vehicular el desasosiego juvenil identificando a un culpable (en este caso el más tópico que se puede encontrar, los padres) y proporcionando una explicación tranquilizadora y, sobre todo, exculpatoria de la precariedad vital objetiva en la que se encuentra una gran mayoría de nuestra juventud.

Hay una búsqueda de explicación a una situación que no se entiende, a la que cuesta encontrar un sentido y para la cual aparentemente no existe una solución a futuro. El futuro ha colapsado, es inimaginable más allá de la idea, profundamente arraigada, de que sólo puede ser peor que este presente asfixiante. El conjunto de nuestros jóvenes vive lo que Mark Fisher definió como la “lenta cancelación del futuro”, de esa idea de un mañana mejor. Ante la imposibilidad de imaginar un futuro sólo nos queda la ilusión de volver a un pasado idealizado, en el que sí todo aparentemente era mejor. Un pasado construido, o reconstruido, del que se han borrado las zonas de sombra y al que supuestamente se podría volver con sólo desearlo, eliminando de un plumazo todo lo ocurrido en las últimas décadas.

Hace 50 años, el descontento con el presente se proyectaba en un futuro mejor, una promesa de progreso social, de libertades y de mejora económica. Y para los jóvenes nacidos en la posguerra, la construcción de un sistema democrático era la llave que abría la puerta a ese futuro mejor. Hoy, ante un futuro cancelado, el descontento con el presente se proyecta en esa nostalgia de un pasado idealizado, un mundo feliz pintado en colores, con hombres emprendedores que madrugan para hacer burpees, mujeres felices que hornean tartas y dirigentes buenos y de mano firme que llevan las riendas del país sin caer en la trampa de la política y de la ideología. Libertad, seguridad y orden. La promesa nostálgica de un mundo sin futuro a la que se agarra una parte considerable de nuestros jóvenes.

No son reaccionarios. Se sienten abandonados y se abrazan a una propuesta que les proporciona un refugio seguro en un mundo que sienten que les ha dejado tirados y del que no saben cómo salir si no es volviendo a un pasado que no han vivido, pero que les prometen que era mejor. No tienen otra propuesta, no se les ofrece otra salida. La reacción les acoge, abraza su inquietud y le da un sentido. Protección y seguridad ante un futuro negro. No se les puede reprochar si no encuentran una propuesta alternativa desde la democracia, porque ¿puede existir la democracia cuando ya no existe el futuro?

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