Donald Trump, nuestro nuevo vecino latinoamericano
Si no reaccionamos con todo lo que tenemos, aunque sea poco, Trump será el dueño de nuestros destinos


Y entonces, de repente, los brasileños se despertaron el domingo con Donald Trump como vecino. En la Amazonia, Venezuela limita con Brasil, esta Venezuela que ahora será “administrada” por Estados Unidos porque Donald Trump ha decidido que es hora de volver a catalogar a América Latina como patio trasero estadounidense. Nicolás Maduro, que para sostener la corrupción de su Gobierno entregó la selva tropical más grande del planeta a la minería explotada por grupos armados que han destruido cientos de miles de hectáreas de naturaleza, contaminan ríos, peces y cuerpos indígenas y de comunidades tradicionales con mercurio, es un dictador brutal. El heredero de Hugo Chávez hizo mucho daño a su pueblo y a la izquierda latinoamericana, la mayoría de las veces connivente con su régimen de sangre. Pero nada justifica la invasión de Venezuela y el secuestro de Maduro y de Cilia Flores. El precedente es peligrosísimo, y saber que Estados Unidos está justo al otro lado de la frontera debería poner en alerta máxima a países como Brasil y Colombia.
No es necesario profundizar en lo que ya han dicho tantos: que a Donald Trump le da igual la democracia; que su objetivo es controlar el petróleo de Venezuela y reducir la influencia y el acceso de China y Rusia al continente y sus “recursos”; que el narcotráfico es una justificación que solo los idiotas y los ignorantes pueden considerar creerse.
La cuestión es que Estados Unidos está controlando Venezuela y que el negacionista del clima más poderoso del mundo tiene sus dos grandes pies en la selva. Si permitimos que su actuación en Venezuela se normalice, incluso la deforestación —que le importa un comino— podría ser una justificación para invadir los países amazónicos. La cuestión es que Trump está controlando el petróleo en tierra ajena cuando deberíamos estar haciendo una transición energética para escapar de la extinción, dejando los fósiles tranquilos bajo tierra. La cuestión es que Trump, que en su primer año de este segundo mandato ya ha reconfigurado el mundo (a mucho peor), acaba de declarar que puede hacer lo que quiera, que no hay límites para sus acciones y que el derecho internacional es papel mojado. Muy parecido, por cierto, a lo que Vladímir Putin hace con Ucrania, Israel con Palestina y lo que China amenaza hacer con Taiwán.
¿Y cuál ha sido la reacción de una parte significativa del mundo, en particular la de la Unión Europea? Sumisión. Ya se pueden empezar a hacer apuestas sobre cuántos metros se doblarán las rodillas de Europa ante Trump: el centro de la Tierra es el límite. En una carta conjunta, seis países —Brasil, Chile, Colombia, México, Uruguay y España— han condenado enfáticamente las acciones de Estados Unidos en Venezuela. Chile sustituirá en marzo su Gobierno de izquierdas por uno de extrema derecha. Colombia y Brasil, dos países amazónicos gobernados por la izquierda y la centroizquierda, celebran elecciones este año, y serán muy difíciles. Perú, otro país amazónico, se enfrentará pronto a unos comicios impredecibles, con 34 candidatos. Entre los más destacados se encuentran el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, simpatizante declarado de Trump, y la derechista Keiko Fujimori, que se presenta por cuarta vez al cargo que ya ocupó su padre, el dictador Alberto Fujimori.
Quienes ya existían en los años sesenta y setenta o han leído libros de historia decentes saben que Estados Unidos fue cómplice u organizó casi todos los golpes militares que se produjeron en el continente en aquella época. Hay muchos brasileños y brasileñas que viven con las marcas que les dejaron torturadores de Estado entrenados por agentes estadounidenses, y lo mismo ocurre en los países vecinos. Pero eso nunca fue tan explícito.
Nunca se debe subestimar la necesidad de encubrir lo mal hecho. Cuando un líder decide que ya no necesita ocultar sus acciones imperialistas —ni preocuparse por dar una justificación al menos verosímil para su violencia—, se da un gran paso hacia el terror. Si no reaccionamos con todo lo que tenemos, aunque sea poco, Trump ya no será el vecino que amenaza con derribar la valla y apropiarse de todo, sino el dueño de nuestros destinos. Y esto va mucho más allá de América Latina.
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