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Morena
Columna
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Morena opaca a Sheinbaum

Mientras la presidenta dedica el primer año de su mandato a corregir planos y planear el relanzamiento, sus compañeros están afanados en sus personales rebatingas

Adán Augusto López, Claudia Sheinbaum y Mario Delgado en Ciudad de México en 2023.
Salvador Camarena

Claudia Sheinbaum arriba a su primer informe de gobierno entre escándalos protagonizados por obradoristas que están lejos de ser identificados con ella. Si alguien roba foco mediático a la mandataria en esta hora de ritos presidenciales son, quién lo diría, los de su partido.

El cerrojazo del primer año de la legislatura en donde se agazaparon cuatro de las seis corcholatas que en 2023 disputaban a Sheinbaum la candidatura presidencial ha sido en medio de golpes, sospechas, descalificaciones y denuncias de toda clase, incluso ante fiscalías.

La pugna legislativa entre la oposición, marcadamente los priistas en estos días, y las tres fuerzas ligadas a Andrés Manuel López Obrador, no tuvo su origen en una nueva ley de la presidenta, ni en la defensa de una política de la jefa del Ejecutivo; nada más lejano a eso.

La escandalera que estalló al final del primer año de la 66 legislatura tiene en su centro a figuras como Gerardo Fernández Noroña y Adán Augusto López Hernández, presidente saliente de la mesa directiva del Senado y jefe morenista en esa misma cámara, respectivamente.

Si en la era priista el oficialismo aguardaba con demasiada solemnidad la llegada del primero de septiembre, asumido como el día del presidente, ahora es todo lo contrario. El tema del momento es cualesquiera, menos la agenda de la primera mandataria del país.

Fernández Noroña, que parece confundir al Senado con un despacho particular de relaciones públicas, se empeñó hasta el último día de su gestión en atraer sobre sí, alegando supuestos agravios a su persona, toda la atención del Congreso, reunido en su formato de Permanente.

La zacapela en la que Noroña se vio involucrado el jueves, cuando su comportamiento pendenciero llevó la sesión a un punto bajo no visto en décadas, es un nítido fresco del bajo nivel del Congreso y de que Claudia no es prioridad entre los morenos.

Fernández Noroña escamoteó, justo es decirlo, protagonismo a la presidenta no solo en sus últimas horas de presidir la mesa directiva del Senado, sino a lo largo de meses, ya sea con polémicas a propósito de sus viajes internacionales, ya fuera por sus arranques.

Es cierto que Claudia Sheinbaum tiene también una mañanera proclividad a, olvidando aquello prometido hace un año de que iba a gobernar para todos, tomar decidido partido por sus compañeros envueltos en alguna pugna con la oposición; como también es verdad que no son pocas las ocasiones en que ella tiene que remar a contracorriente, aparcar su agenda para meterse en la que le imponen las polémicas en que se ven envueltos demasiado seguido sus compañeros.

El verano de la presidenta ha estado marcado por la casa de doce millones de pesos en Tepoztlán de Fernández Noroña, el departamento de 15 millones del exlíder del partido Mario Delgado, las vacaciones a toda pastilla en Japón de Andy López Beltrán, secretario de organización de Morena, la magna escapada madrileña de Ricardo Monreal, el desfile instagramero con prendas de marca del diputado Sergio Gutiérrez Luna y de su esposa la diputada Diana Karina Barreras y, por supuesto, las sospechas que persiguen a Adán Augusto López Hernández, quien nombró cuando fue gobernador de Tabasco a un presunto delincuente, hoy buscado por las autoridades federales, al frente de la policía tabasqueña, entre otros.

Una presidenta con fama de austera y sobria, sin excesos o escándalos en su biografía y con bien llevados once meses en el máximo cargo en medio de un panorama harto complejo en el frente interno y externo, acuciada por presiones económicas, un cambio de modelo de combate al crimen, obligados ajustes al sector energético y urgida de resolver retos heredados como el desabasto médico, ha de capotear harta polémica que compromete la credibilidad del austero mantra obradorista que ella, antes que nadie, tiene en custodia.

Mientras la presidenta que prometió en campaña un segundo piso al modelo de gobierno instalado en 2018, dedica el primer año de su mandato a corregir planos y planear el relanzamiento, sus compañeros están afanados en sus personales rebatingas.

Quien diga que el movimiento es así, que son nuevas formas, que la disputa por el poder es ahora más ruidosa y que seguir socavando al PRI y al PAN bien valen una y muchas tomas de tribuna, pasan por alto no solo la hora crítica que vive México sino que los desfiguros en que incurren los morenistas por la defensa a ultranza entre ellos —¿recuerdan a Cuauhtémoc Blanco y su no “estás solo”?— muchas veces surgen de denuncias sobre hechos o prácticas que apuntan a nada triviales desviaciones de la promesa renovadora del partido guinda.

No estamos ante una nueva forma de hacer política. Al contrario: tras acceder a los máximos cargos —como sus antecesores— los nuevos resienten la crítica y la denuncia de excesos, incongruencias y presuntos delitos; y también como sus antecesores, utilizando el peso del puesto los nuevos optan por diatribas y embates en contra de quien les evidencie. Si no eran iguales, qué pronto se comportan idéntico.

Y los costos de la intemperancia de tanto morenista empoderado va más allá de sus personales biografías: su ruido enturbia la promesa presidencial que se afana en decir a las inversiones que es el mejor momento de poner en juego el dinero en el país; el mensaje de Claudia se devalúa ante el arrebato de un Fernández Noroña obligando a un ciudadano a pedirle perdón en plena tribuna.

La desconexión de esta clase dirigente entre sus desplantes y la desconfianza que estos generan es tan churrigueresca como delicada.

Si la presidenta Sheinbaum cree que las y los empresarios que luego la visitan en Palacio no ven en la forma de comportarse de Noroña —o de un Adán Augusto al amenazar en tribuna a opositores— una gran alerta que les hace titubear al invertir, que alguien le explique. Pronto.

Porque no están solo en juego las posibilidades electorales de un movimiento que se supone que se comprometió a que “por el bien de todos primero los pobres”. Hay mucho más en liza. La convivencia se puede pudrir y de los golpes e insultos del jueves ambas partes pueden pasar a la violencia sin freno.

E incluso se comprometería el margen de maniobra de la presidenta a la hora de pedir nuevos esfuerzos. Si en septiembre anunciaran un ajuste en impuestos o tarifas para 2026, más de uno dirá que a qué vacación de Andy, o a qué mansión de Noroña irá tal contribución.

Qué sintomático tener a una presidenta de la República que llega con un notorio respaldo popular a su primer informe al tiempo que compañeros suyos en otros puestos de liderazgo morenista se muestran incapaces de contener sus excesos personales.

¿Va a resultar que para eso sí se creen en Morena la división de poderes? Como un reparto de cuotas, de ámbitos de influencia, de cotos y fuentes de recursos para eventuales fines electorales, para abonar futuras aventuras políticas. Un futurismo no solo desatado y rapaz, sino desleal con Sheinbaum.

¿Será que asistimos el nacimiento de los nuevos cacicazgos? Mientras Claudia tiene la responsabilidad nacional, ¿Adán Augusto, Noroña, Monreal y desde luego los del supuesto partido verde como Manuel Velasco, solo procuran hacerse de parcelas políticas?

La nave sexenal va, la presidenta puede decir el lunes que a pesar de los pesares, Trump incluido, el país crece, poquísimo, pero crece, que su liderazgo ha logrado ajustes notorios y estabilidad en varios lados… menos en el partido, donde ella no preside ni simbólicamente.

A excepción de Marcelo Ebrard, que borró sus diferencias con la ganadora de la interna morenista y hoy le ayuda desde la secretaría de Economía, las corcholatas perdedoras de ese proceso no han honrado, con discreción o eficacia en su actuar, a quien se les impuso.

Adán Augusto López, Fernández Noroña, Monreal y Manuel Velasco (de este último ha surgido una nueva sospecha de financiamiento irregular a campañas) no podrían informar a la nación, como sí lo hará Claudia Sheinbaum, iniciales avances o correcciones en el rumbo.

Frustrado por las críticas a un desempeño manchado por los escándalos de corrupción, en 2016 Enrique Peña Nieto quiso justificarse diciendo que ningún presidente de México “se despierta pensando cómo joder” al país. Desde hace un año, demasiados liderazgos morenistas sí ocupan cada jornada en cualquier cosa, menos en ayudar a la presidenta Claudia Sheinbaum. Y el que no ayuda, se sabe, estorba.

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Sobre la firma

Salvador Camarena
Periodista y analista político. Ha sido editor, corresponsal y director de periodistas de investigación. Conduce programas de radio y es guionista de podcasts. Columnista hace más de quince años en EL PAÍS y en medios mexicanos.
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