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Adolescencia
Opinión

Cómo apoyar a un adolescente que se siente solo (aunque esté rodeado de gente)

La presencia tranquila de la familia, incluso cuando los jóvenes parece que no la necesitan, se convierte en un refugio emocional que les ayuda a atravesar una de las etapas más complejas de la vida

Muchos padres interpretan el silencio de su hiijo como una señal de distancia o rebeldía, pero habitualmente es solo una forma de protegerse. Halfpoint Images (Getty Images)

“Estoy bien, no me pasa nada”. Muchos padres y madres escuchan esta respuesta cada día cuando preguntan a sus hijos cómo están. A veces, la contestación llega con un encogimiento de hombros; otras, mientras mira el teléfono móvil o cierra la puerta de su habitación. Pero detrás de ese “bien” puede esconderse algo difícil de compartir: una sensación de soledad que hace daño y produce mucha incerteza e inseguridad.

La adolescencia es, por definición, un momento de transformación. Es un periodo complejo: el cuerpo cambia, la identidad se construye, las emociones se intensifican y las relaciones se vuelven esenciales. En medio de esta convulsión de cambios, algunos adolescentes experimentan un aislamiento emocional que no siempre se traduce en soledad física, pero sí en desconexión interna. Aunque muchos están rodeados de amigos o inmersos en las redes sociales, pueden sentirse incomprendidos o invisibles.

En la adolescencia se produce una revolución emocional y social; es el momento en el que el joven corta el cordón umbilical con los progenitores y necesita pasar el máximo de tiempo con su grupo de iguales. Es allí donde puede compartir nuevas experiencias, dar respuesta a muchas preguntas e ir construyendo una nueva identidad sin miedo a ser juzgado o etiquetado. Momentos de conexión, de risas y buen rollo que marcarán las primeras decisiones importantes. Pero pese a sentirse a gusto en su grupo de iguales, muchos atraviesan momentos en los que sienten que nadie termina de comprenderlos. No siempre saben explicar el motivo y, a menudo, evitan compartirlo.

Muchos padres interpretan ese silencio como una señal de distancia o rebeldía, pero habitualmente es solo una forma de protegerse mientras intentan ordenar lo que sienten. Esta es una etapa en la que todo se vive con intensidad: una discusión con un amigo, una decepción amorosa, un comentario en redes o la sensación de quedarse fuera de un plan pueden tener un impacto emocional profundo. Para los adultos puede parecer algo sin importancia, pero para ellos puede convertirse en una experiencia que cuestiona su lugar en el grupo y daña seriamente su autoestima.

En ese contexto, el papel de la familia sigue siendo más importante de lo que puede parecer. Aunque los jóvenes busquen más independencia y pasen menos tiempo en casa, necesitan saber que hay adultos disponibles para escucharles sin minimizar lo que sienten. No se trata de interrogar ni de tener respuestas para todo, sino de ofrecer un espacio de confianza donde puedan expresarse cuando estén preparados. A veces, basta con compartir momentos cotidianos para abrir pequeñas puertas al diálogo.

Crecer implica inevitablemente atravesar dudas, inseguridades y momentos de soledad. Pero cuando un adolescente percibe que hay alguien dispuesto a acompañarlo con empatía, paciencia y comprensión, esa soledad deja de ser un peso silencioso. La presencia tranquila de la familia, incluso cuando parece que no la necesitan, se convierte en un refugio emocional que ayuda a atravesar una de las etapas más complejas de la vida.

En un momento en el que todo cambia a gran velocidad, saber que existe un lugar seguro al que volver marca la diferencia. Estar disponibles, escuchar con atención y recordarles que no tienen que atravesar solos sus dudas se convierte en una de las formas más valiosas de acompañar mientras aprenden, paso a paso, a encontrar su propio lugar en el mundo.

Otro aspecto que puede ayudar a las familias es cuidar la forma en que se habla de las emociones en casa. Los adolescentes aprenden mucho más de lo que observan que de lo que se les dice. Cuando los padres comparten de manera natural cómo se han sentido ante una dificultad, un error o un momento de tristeza, están transmitiendo un mensaje poderoso: que sentir inseguridad, frustración o soledad es parte de la vida y se puede hablar de ello sin vergüenza. Crear un clima familiar donde los sentimientos tienen espacio facilita que, cuando un adolescente necesite expresar lo que le ocurre, sepa que encontrará comprensión y no juicio.

En definitiva, en ese proceso de construir quiénes son y dónde encajan, algunos jóvenes atraviesan momentos de soledad que no siempre saben compartir. Para las familias, el reto no está en tener todas las respuestas, sino en seguir estando cerca, con serenidad, comprensión y respeto. Porque cuando un adolescente siente que hay adultos que lo miran con admiración, que se interesan por su vida y que no lo cuestionan por lo que siente, la soledad deja de ser un lugar sombrío.

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