Pablo R. Coca, psicólogo y viñetista: “Enfadarse más ante una rabieta no va a ayudar a que el niño se calme”
Con más de 200.000 seguidores en su cuenta de Instagram, Occimorons, el escritor publica su primer cuento infantil, en el que elimina la responsabilidad de las pataletas sobre el menor y explica a las familias la necesidad de acompañarlas con paciencia


Pablo R. Coca (Granada, 28 años) es conocido como Occimorons gracias a su cuenta de Instagram, donde tiene más de 200.000 seguidores. Allí lleva seis años hablando de salud mental a través de las viñetas de sus dos personajes, Occi y Morons. Psicólogo de profesión, especializado en terapia de familia, duelo y crisis vitales, imparte talleres y charlas sobre bienestar emocional, vínculos y prevención del acoso escolar a alumnos, docentes y familias. Esa otra carrera más visible empezó durante la pandemia, cuando se le ocurrió dibujar una viñeta para que su hermana, que padece una enfermedad rara, la copiase. “Como hermano, me planteaba cómo podía acompañarla. El hecho de vivir con alguien con un problema de salud mental grave hace ver una realidad que muchas veces es invisible, y muchas de las viñetas nacen desde la reivindicación de todo esto”, explica Coca.
En este tiempo ha publicado Esas cosas que nos pesan (Bruguera, 2021), Durante la tormenta: Un libro sobre acompañar (nos) (Bruguera, 2023) y Las vidas que construimos cuando todo se derrumba (Lunwerg, 2025). Ahora, “con la idea de interpelar al adulto y quitar responsabilidad al niño”, como detalla el psicólogo, publica El niño pisaflores (Lunwerg, 2026), su primer cuento infantil. En él aporta algunas claves para que las familias entiendan, a través de los personajes de Carlitos y Flor, que el enfado no es una emoción que haya que eliminar, sino que necesita ser entendida y acompañada. Nació como el trabajo final de un curso, impartido por el dibujante José Fragoso, al que se apuntó para aprender más sobre literatura infantil.
PREGUNTA. ¿Cómo nace la idea de El niño pisaflores?
RESPUESTA. Quería mezclar el mundo de las emociones en un cuento infantil. Para mí era importante dar un paso más allá a la hora de escribir esta historia sobre los enfados porque considero que se pone la responsabilidad en el niño, en respirar y darle estrategias, pero se mira poco al adulto. Me faltaba otra visión de la corregulación, de la importancia del adulto como lugar seguro para regular al niño.
P. ¿Cómo pueden ayudar las familias a los niños cuando surgen los enfados?
R. La teoría no siempre es maravillosa, pero lo primero es ver cómo están los adultos. Cuando el peque se enfada porque no quiere ir al colegio y se enrabieta y nosotros respondemos con más enfado, al final es un ciclo muy vicioso que es muy difícil de romper y te acaba quitando la energía de la mañana. Hay que revisar que enfadarnos más no va a ayudar a que el niño se calme. Siempre les pregunto a las familias qué les genera el enfado de su hijo porque nunca hay tiempo para la reflexión. Se necesita tiempo. No podemos pretender calmar un enfado en dos segundos.
P. Todavía se dice eso de “ese niño es malo”. ¿Hay niños malos?
R. Hay niños más traviesos, pero malos, de querer hacer el mal, lo pondría mucho en duda. Cuando Carlitos le pregunta a Flor si es un niño malo por enfadarse, ella le dice que no, que solo es un niño que siente las emociones. Otra cosa es que la manera de sentirlas sea tan intensa que haga daño. Ahí hay que ver cómo expresar el enfado sin generar daño.
P. ¿Cómo se enseña a los niños a pedir ayuda?
R. Es un proceso que requiere de mucho trabajo con las familias. Todas las herramientas hay que ir personalizándolas y trabajándolas porque parece que todo tiene que funcionar a la primera, pero no. Es igual que si nos explican las ecuaciones de segundo grado. A la primera no nos vamos a enterar y nos costará hacerlas porque requiere madurez y de muchos procesos. Igual con los enfados. A la primera no vamos a conseguir que entiendan lo que son, cómo autorregularse y pedir ayuda. También es interesante ver con los padres cómo son ellos y cómo se muestran a sus hijos. Si se muestran siempre todopoderosos, también tienen que aprender a mostrar los momentos de vulnerabilidad y ver que no pasa nada. Es por ahí por donde se empieza a trabajar. Si veo que mi madre nunca pide ayuda, estoy aprendiendo una manera de relacionarme. No le digo al adulto que le pida ayuda al hijo, sino que ponga las emociones por delante.
P. Y, cuando a un niño le cuesta expresarse, ¿cómo se le puede ayudar desde casa?
R. A veces, la situación es tan insostenible que explota. A mí me gusta decir que hay conductas que hablan, que tienen una narrativa supercompleta de lo que pasa. Los adultos, cuando nos encontramos mal, vamos al psicólogo para que nos ayude a tener esa conciencia de lo que nos sucede. En el caso de los niños, hay conductas que nos van a dar mucha información. Lo pueden expresar a través del dibujo o igual no te lo cuenta a ti como madre o padre, pero sí a su tía o a una amiga de la familia con la que tenga confianza. Porque también está eso de no querer preocupar a la familia y de generar ese movimiento.
P. ¿Cómo construye la familia un vínculo seguro alrededor de un niño?
R. Pensamos que para construir un vínculo seguro tenemos que tener conversaciones superprofundas y hacer planes que le puedan gustar al niño, pero donde se contruye es en los pequeños momentos. Que el tío o la tía estén presentes y le lleven a dar una vuelta al parque o al cine, por ejemplo. No hay que hacer una ingeniería para que sea significativo para el niño. Lo que hay que hacer es compartir tiempo de calidad y que el adulto también cuente lo que le preocupa o le enfada.
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