Francesc Serés, escritor: “Si eres padre con 22 años puedes alegar desconocimiento, pero si lo eres a los 51, a tu favor no hay ningún atenuante”
El autor aragonés afincado en Graz publica ‘El primer año’, un dietario que abarca del último mes de embarazo de su pareja hasta los 12 primeros meses de vida de su hijo Juli


El escritor Francesc Serés (Zaidín, Huesca, 53 años) acaba de regresar a la ciudad austriaca de Graz, en la que vive, tras presentar en España El primer año (Destino, 2026). Autor de una amplia obra literaria en catalán, muchos de cuyos títulos han sido traducidos al castellano, Serés, a modo de dietario, recorre en este último libro los 13 meses que van desde el último mes de embarazo de su pareja hasta el primer año de vida de su hijo Juli, hoy un bebé de 20 meses. Cada mes recoge una anécdota concreta, un encuentro en el que de alguna forma el niño hace de imán para que se produzca.
Pese a ello, El primer año no puede considerarse un libro de paternidad al uso, sino que se trata más bien de un texto sobre cómo la paternidad nos atraviesa a todas y todos, según relata el autor por videoconferencia. También sobre la condición humana. “Juli, de hecho, ni siquiera actúa como protagonista, sino como agente provocador, como un imán que atrae hacia su padre a personas de muy diversa índole que, de alguna manera, acaban siendo las verdaderas protagonistas”, en palabras del autor oscense.
Una de esas personas que se cuelan en el libro, por ejemplo, es una mujer mayor que, al ver a Juli, se acuerda de su hijo treintañero, “recientemente fallecido en un accidente en la montaña”, agrega. “Ese fue el catalizador del libro. Fue la primera vez que, sin decírmelo directamente, alguien me hizo tomar conciencia de que mi hijo también podía morir. Fue una especie de you have been told [has sido advertido]. Después de una conversación así ya no puedes decir que no sabes que eso puede pasar”, explica Serés.
PREGUNTA. Sorprende que ninguno de esos extraños que aparecen en el libro le dé consejos. En España todos le hubiesen dado uno.
RESPUESTA. Es que en Austria la gente es muy respetuosa con eso. Hay un nivel de proximidad, tal vez, diferente, una media distancia que a mí me gusta mucho. Aquí, por ejemplo, a nadie se le ocurriría tocar a un niño. De vez en cuando se acercan con las manos en la espalda, ¿sabes? Te hablan, se dirigen al niño, pero a nadie se le ocurriría tocarlo. Tampoco decir algo que pueda molestarte. La filosofía es que mejor tres palabras de menos que una palabra de más.
P. “Lo peor que puedes hacer es dar consejos sobre los hijos de los demás”, escribe. ¿Le han dado muchos consejos no pedidos desde que es padre?
R. No, no muchos, porque los cortas bastante. Pero es que, además, sucede que el mejor consejo que me han dado es casi involuntario y me lo han repetido algunos de mis mejores amigos: aprovecha el tiempo, porque pasa volando. Cuando alguien te dice eso y notas ese grado de sinceridad, no puedes no seguir ese consejo, porque no es un tópico. Realmente, si lo analizas bien, es incuestionable.
P. Ese consejo, ¿también sería el que daría usted?
R. Sí. Es que básicamente somos tiempo. Somos tiempo con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos, con nuestras mujeres… Y ese tiempo, que muchas veces no somos conscientes de lo valioso que es, es utilizado demasiado a menudo en nuestra sociedad por la parte económica, para poder dar beneficios a otros. Así que es un consejo que tiene un contenido y un mensaje mucho más profundo del que pensamos. Para mí es básico saber a qué vas a dedicar el tiempo y el esfuerzo de tu vida.
P. ¿Cree que las nuevas generaciones han puesto a los hijos, a las personas, por encima del trabajo en la escala de valores?
R. No puedo responder a esto con un sí o con un no, porque hay mucha diversidad. Como muchos hijos de padres de la posguerra, yo crecí con ese ordenamiento moral del trabajo. Y al final es cierto, tienes que trabajar para mantenerte en este mundo. Pero el trabajo también puede ser un peligro cuando te hace desatender cosas que son básicas. Además, si vemos las gráficas de quién acumula la riqueza, observamos que esta está cada vez en menos manos. Así que eso de portarnos bien, de ser trabajadores, a lo mejor también tiene una parte sustancial de fraude.

P. Usted fue padre por primera vez a los 51 años. Otra de las personas que se cuela en el libro lo fue más allá de los 60. La paternidad tardía es otro de los grandes temas del libro.
R. La paternidad y la maternidad. Cuesta mucho encontrar padres y madres de veinte o veintipocos años. Creo que también es una consecuencia de lo que hablábamos en la pregunta anterior. ¿A qué nos hemos dedicado? ¿Qué hemos priorizado? Eso sí, cuando llegas a la paternidad con esta edad, no puedes decir que no hayas sido advertido de un montón de cosas antes de tomar esa decisión. Con 22 años puedes alegar desconocimiento. Ahora en tu favor no hay ningún atenuante. Yo no puedo decir que no pensaba que esto de ser padre iba a ser así sin que se me caiga a la cara de vergüenza.
P. ¿Se arrepiente de no haber sido padre antes?
R. No, no. Los “¿y si…?” siempre te van a poner en un terreno muy venenoso, que es el de la comparación contigo mismo, con un yo hipotético. Eso es peligrosísimo, porque si empiezas, no acabas. ¿Y qué hubiese pasado si en vez de estudiar esto, hubiese estudiado lo otro? ¿Y si hubiese invertido en Bolsa? Pues a lo mejor sería rico, pero a lo mejor también me hubiese comprado un avión y me hubiese estrellado. Yo qué sé. No siento haber perdido nada por ser padre más tarde. Al contrario, creo que al ser padre ahora, contrariamente a lo que se dice, he ganado libertad. Ahora puedo decir que no voy a un sitio porque mi hijo no se encuentra bien (risas).
P. ¿Tener un hijo en este mundo es a su manera un símbolo de esperanza?
R. Yo creo que sí. Lo que pasa es que cuesta mucho hablar de esto porque todo este discurso y todas estas palabras están como muy usadas, tanto desde el punto de vista religioso como desde el punto de vista de la autoayuda. Pero es que no hay otro camino que el de la esperanza, porque el otro ya está tomado. Solo hay que ver cuántas películas y novelas sobre distopías hay.
P. Muy pronto, en la consulta del ginecólogo, aparece una pregunta central que se repite varias veces lo largo del libro: “¿Por qué tenemos hijos?”. No sé si ha llegado a alguna conclusión.
R. No he llegado a ninguna conclusión. Eso sí, tengo algunas buenas respuestas, como, por ejemplo, la que nos dio una de las matronas que nos atendió en el parto. Ella me dijo que tenemos hijos para expandir y para hacer crecer el amor. A mí me pareció muy hermoso.
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