Cuando los niños mienten: una señal que va más allá del engaño
No se trata de tolerar conductas que dañan, manipulaciones o engaños, sino de entender la función de las trolas. Marcar límites sin atacar o no entrar en discusiones; entender que no se corrigen desenmascarándola, sino que suele ser más eficaz la necesidad psicológica que la sostiene


Hay un dicho: “La mentira tiene las patas muy cortas”, lo que significa que las mentiras no tardan en descubrirse, ya que la verdad, al final, se revela. O no, porque puede que mentir sea todo un arte para la persona que lo hace y que nunca sea descubierta. Pero ¿qué ocurre cuando, además, las mentiras provienen de alguien de la familia, como un hermano? “Más que confrontar la situación, suele ser más útil comprender qué función cumple esa mentira, porque el afecto y la mentira no siempre son incompatibles”, explica la doctora Belén Gutiérrez, psiquiatra y psicoterapeuta infantojuvenil. Y es precisamente en el entorno familiar donde mentir cobra un sentido más profundo. “Es donde más suelen aparecer las mentiras defensivas, precisamente porque es el lugar donde más nos jugamos emocionalmente", explica Gutiérrez. “Cuanto más importante es el vínculo, más miedo puede haber a decepcionar o a perder la imagen que el otro tiene de nosotros”, asegura esta experta.
La forma en que en la familia se expresan las emociones, o si ir con la verdad se castiga, es crucial. “En entornos donde mostrar emociones se penaliza, donde equivocarse implica humillación o donde el conflicto no se puede hablar, la mentira puede consolidarse como una estrategia de supervivencia relacional”, continúa. Porque cuando un niño miente, no siempre es necesario que haya mala intención detrás, sino incomodidad frente a la verdad: “Muchas veces hay poca tolerancia al malestar que generaría la verdad”.
Cuando alguien cercano miente de forma habitual, es fácil centrarse únicamente en la conducta y reaccionar desde el enfado o la frustración. Sin embargo, si nos quedamos solo ahí, perdemos una información muy valiosa. Así lo considera Elena Sánchez Escobar, psicóloga y directora clínica del centro de psicología Yees. “Puede que esa persona haya aprendido que su opinión no es válida, que sus necesidades no son escuchadas o que expresar lo que siente puede generar conflicto o reacciones desproporcionadas en los demás. En ese contexto, la mentira no aparece porque sí, sino como una estrategia que, en algún momento, le ha permitido adaptarse”, argumenta.
Sánchez Escobar asegura que es necesario hacerse varias preguntas: “¿Qué espacio estamos generando para que un niño pueda expresarse con honestidad? ¿Cómo reaccionamos cuando dice algo que no nos gusta?”. A veces, sin darnos cuenta, contribuimos a que la verdad sea más difícil de sostener que la mentira, una idea que conecta con lo que recoge.
Rasgos de una persona con tendencia a la mentira
La confianza en los vínculos familiares es uno de los pilares que sostienen el afecto. Un artículo de investigación publicado en la revista científica Springer Nature el pasado mes de noviembre de 2025 titulado El efecto de la confianza interpersonal en el engaño, explica cómo la confianza interpersonal reduce el engaño y concluye que las mentiras no dependen solo de la relación de confianza, sino también de la personalidad. Así, incluso en un entorno familiar donde existe confianza, una persona puede mentir si los factores personales influyen más en su comportamiento.

Para la psicóloga clínica y psicodramatista Constanza Vásquez, una de las cuestiones más relevantes para entender el engaño es tratar de centrarse más en el vínculo con la persona que en el contenido de la mentira. “Mentir no es una anomalía, sino una conducta humana, universal y, a veces, hasta funcional. Un niño puede mentir para adaptarse o regularse emocionalmente, lo que le lleva a evitar castigos, conflictos o consecuencias negativas por parte de sus progenitores”, argumenta esta especialista.
Tal y como expresa Vásquez, cualquier persona que miente, sea adulta o niña, puede hacerlo para proteger su autoestima. “Tiene que ver con cómo me muestro ante los otros para evitar la vergüenza o la culpa, o bien para conseguir ventajas materiales o simbólicas”, explica. “No se trata de decir ‘eso es mentira’, sino, más bien, de cambiarlo por: ‘Me cuesta confiar en ti cuando las cosas no son claras’”, agrega. De esta forma, según explica, se desplaza el foco de la acusación a la relación, lo que ayuda a mantener límites claros.
No se trata de tolerar conductas que dañan, manipulaciones o engaños, sino de entender la función de la mentira. “Puede ayudarnos preguntarnos: ¿para qué le sirve a esta persona mentir?”, pregunta Vásquez. Para esta experta, marcar límites sin atacar o no entrar en discusiones sobre cada mentira es una buena forma de afrontarlo, algo que enlaza con el debate sobre las llamadas “mentiras piadosas”. Existen también rasgos de personalidad por los que una persona miente, como la necesidad de respuestas rápidas —si mentir resuelve algo, lo hacen—, la incomodidad frente a la duda o la incertidumbre, o una visión de las situaciones en términos de resultado práctico. “La mentira no se corrige desenmascarándola; entender la necesidad psicológica que la sostiene suele ser más eficaz, ya que la confrontación constante puede reforzar el problema”.
Por ejemplo, las mentiras “piadosas” buscan proteger al otro, quedar bien o reducir la fricción social. “Algunas mentiras o ‘mentirijillas’ facilitan la convivencia para adaptarme a la realidad en la que vivo, pero otras pueden dañar el vínculo y erosionar la relación con el otro”, apunta Constanza Vásquez. En este último caso, o cuando la mentira se vuelve patológica, lo más apropiado es consultar con un profesional.
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