Gaza sufre sin futuro y a la sombra de otra guerra en Oriente Próximo
Con el alto el fuego más nominal que respetado y en una suerte de estancamiento, cientos de miles de palestinos siguen viviendo en tiendas de campaña y haciendo cola para obtener agua potable

Yahya Sarraj describe con una palabra (“espera”) la sensación prevalente entre la población de Gaza ahora que otra guerra en Oriente Próximo concentra la atención y su único horizonte parece un alto el fuego inmóvil y más nominal que respetado. “Es”, dice, “una espera sin claridad, sin plazos, sin certeza”, en la que la vida ha mejorado para más de dos millones de personas, pero sigue marcada por el sufrimiento y constreñida al 48% de la minúscula Franja que gobierna Hamás. El resto lo ocupa el ejército de Israel, que sigue lanzando bombardeos (puntuales, pero diarios) y mantiene la urgente reconstrucción casi en punto muerto.
En los dos años transcurridos entre la brutal ofensiva israelí, a raíz del ataque de Hamás, y el alto el fuego de octubre de 2025, las conversaciones con los gazatíes solían incluir frases como “cuando esto termine”. Hoy su vida parece congelada en una realidad menos peligrosa, pero similar. Cientos de miles siguen viviendo en tiendas de campañas, dañadas e inundadas de nuevo estos días por el frío y las lluvias de primavera, y haciendo horas de cola para obtener agua potable.
Y, contando muertos casi a diario, tras casi 72.300 registrados, sobre todo menores y mujeres. Van 716 en casi cinco meses de alto el fuego. Los tres últimos, este sábado. La mayoría, en bombardeos aéreos contra objetivos como policías del Gobierno de Hamás. También al menos 200 por disparos contra quienes rebasan la Línea Amarilla, que divide (en teoría temporalmente) las dos Gazas, no siempre marcada y cuyos límites ha modificado Israel, ganando metros. Se trababa en la mayoría de casos, según la ONU, de civiles que la rebasaron sin darse cuenta, querían ver sus antiguos hogares o buscaban entre escombros leña para hacer un fuego u objetos que revender.
“La vida cotidiana en Gaza hoy está marcada por una búsqueda constante de normalidad en circunstancias muy anormales”, resume Sarraj, exprofesor universitario de Ingeniería civil elegido alcalde en 2019 por el Gobierno de Hamás tras consultar a las principales familias históricas. “Al recorrer los mercados, se ve a gente intentando sobrevivir: verduras cuando las hay, algunas conservas, artículos de primera necesidad, pero la variedad es limitada y muchos productos esenciales escasean o simplemente no existen. Los productos frescos van y vienen, la harina y el combustible son difíciles de conseguir, y muchas familias dependen de lo que encuentran ese día”, lamenta en un intercambio de mensajes, ya que el ejército israelí impide a los periodistas acceder libremente a Gaza desde 2023 (incluido tras el alto el fuego) y el Tribunal Supremo de Israel acaba de conceder al Estado la octava prórroga en un año en el proceso iniciado por la Asociación de la Prensa Extranjera.

Hay más comida y a menor precio que en las fases de la invasión en las que Israel la usó con más ahínco como arma de guerra, llegando a provocar una hambruna en torno a la capital, con niños muriendo de hambre cada semana. Pero, matiza el alcalde, los productos disponibles “son extremadamente caros para lo que la gente puede pagar”, sobre todo teniendo en cuenta la “falta generalizada de empleos e ingresos”, con “muchas familias sin medios estables para cubrir incluso sus necesidades más básicas”. “Quizás aún más pesada que la escasez material sea la carga emocional que soportan las familias [...] Hacen todo lo posible por resistir, apoyarse mutuamente y crear pequeños momentos de resiliencia para los hijos. Pero vivir en este tipo de incertidumbre prolongada tiene un alto costo”, añade.
El último informe del organismo de monitoreo global del hambre Clasificación Integrada de las Fases (IPC, por las siglas en inglés), alertó en diciembre de que la situación en el enclave “sigue siendo muy frágil y depende de un acceso humanitario y comercial sostenido, ampliado y constante”.
Otra guerra de Israel, la que empezó con EE UU hace más de un mes en Irán, ha añadido la enésima dificultad para los gazatíes, al elevar de nuevo los precios e interrumpir suministros desde Israel. El inicio tuvo repercusiones inmediatas. La autoridad israelí encargada de los asuntos civiles en los territorios palestinos ocupados (Cogat) anunció el cierre de todos los pasos fronterizos, bloqueando tanto la entrada de ayuda humanitaria, suministros comerciales y combustible, como las evacuaciones médicas y el regreso de los gazatíes en el extranjero, ambas ya muy limitadas.
En un territorio que lleva años al albur de cierres y aperturas que no controla, el precio de los bienes básicos se disparó. Muchos empezaron a escasear o a desaparecer. La ONU anunció el racionamiento de las limitadas reservas de combustible y la suspensión de servicios como la recolección mecanizada de residuos sólidos, mientras recordaba que la ración de comida que ofrece a más de la mitad de la población cubre solo “el 50% de las necesidades calóricas mínimas”.
Las autoridades militares israelíes han reabierto desde entonces los pasos, aliviando la enésima crisis. Pero sigue latente. “Nos ha obligado a recortar muchas compras domésticas que antes considerábamos normales”, explica a través de mensajes de texto Ansam Iyad, una periodista que vive con su familia en Ciudad de Gaza. Las verduras, la carne, el pollo, el aceite y el azúcar cuestan más. Algunos, el doble que antes de la presente guerra. “Nos afecta mucho, sobre todo porque los precios ya eran altos antes de la reciente escalada”, asegura.
Claire Nevill, portavoz del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, menciona el preocupante resultado de sus encuestas recientes posteriores a la distribución de comida: “El 80% de las personas pide dinero prestado para cubrir sus necesidades alimentarias y más de la mitad declaró haber agotado sus ahorros y comer menos veces al día”. “El flujo de ayuda a Gaza está muy por debajo de lo que las familias desesperadamente necesitan para evitar que se reviertan los avances logrados desde el alto el fuego”, agrega.
Plagas
La vida en Gaza no es ya una sucesión de desplazamientos forzosos sin apenas medios de transporte, pero otros problemas se han acentuado, como las plagas de roedores. Sobre todo en los lugares donde se hacinan los desplazados, en condiciones lamentables. Un periodista palestino ha difundido la foto de una niña con mordeduras de rata en la mejilla. La agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA, en sus siglas en inglés) señala en su último informe de situación, publicado el martes, la “necesidad urgente” de pesticidas y materiales químicos para combatirla. Las autoridades militares israelíes impiden su entrada, por considerarlos de doble uso (civil y militar), como casi todos los materiales de construcción.
La UNRWA alerta de que también faltan piezas de recambio (baterías, neumáticos,...) y aceite lubricante para los escasos vehículos (imprescindibles para las operaciones humanitarias) y para los generadores eléctricos, en un territorio aún sin electricidad.

La parálisis de la vida en Gaza se ha extendido a las altas esferas. El comité tecnocrático palestino, designado por la grandilocuente Junta de Paz de Donald Trump para gestionar el día a día de la población (mientras los inversores extranjeros se lucran levantando una especie de Dubái sobre los escombros), pretende habilitar 200.000 viviendas temporales para desplazados sin hogar, pero sus miembros ni siquiera han ingresado al territorio, dos meses después de su formación. Estaba considerado -como la fuerza internacional de estabilización- un elemento central de la actual fase, la segunda, del alto el fuego.
¿Por qué la [aplicación de la] fase dos está durando tanto? No lo sé […] ¿Por qué el comité palestino no está aún en Gaza? No lo sé. Lo que sabemos de momento es que se ha aplicado muy poco en lo relativo al alto el fuego que lo parece solo en el nombre”, denunciaba esta semana Philippe Lazzarini, comisionado general de la UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, a la que Israel impide desde hace un año llevar personal humanitario y ayuda a Gaza.
Hay también, sobre el papel, 5.000 policías palestinos listos para imponer el orden en el 48% de Gaza donde hay personas y algunos edificios en pie. Es decir, para reemplazar a Hamás, que lo sigue controlando con puño de hierro.
La realidad y el plan
La realidad avanza en otra dirección. El Gobierno del movimiento islamista se ha mostrado dispuesto a ceder el testigo al comité, pero viene reafirmando su autoridad. En las últimas semanas, testigos y vídeos dan cuenta de nuevos puestos de control en las calles. El propio Ministerio del Interior del Gobierno de Hamás difundió el pasado 10 de marzo imágenes de agentes “comprobando los precios de los bienes en Gaza y tomando medidas estrictas contra los comerciantes que vulneran la ley”. Algunos llevaban el rostro descubierto, a diferencia de octubre de 2025, tras el alto el fuego, cuando aún iban enmascarados, conscientes de las capacidades israelíes de reconocimiento facial.
Tratan de ganar puntos ante la población atajando la ley de la selva en los mercados: han topado los precios y cerrado puestos de shawarma que los rebasaban. También están gravando productos, como desde que se hicieron con el control de Gaza, en 2007.

Cuando Israel cerró los cruces al inicio de la guerra, algunos comerciantes gazatíes aprovecharon para acaparar bienes básicos e imponer precios abusivos. Interior anunció más controles en mercados, tiendas y centros comerciales. Y una unidad policial creada en 2024 para perseguir a saqueadores y colaboradores con Israel ha advertido de que confiscará el 70% del valor de las ventas de cualquier comerciante que se prueba que ha especulado.
El principal motivo del impás es que Israel y EE UU han reinterpretado el acuerdo de alto el fuego, convirtiendo el desarme de Hamás en condición sine qua non y sin excepciones para todo lo demás. La idea original era un proceso paralelo de avances, incluida otra retirada de las tropas israelíes.
Hamás insiste en que entregar ahora las armas, sin un horizonte de fin de la ocupación, solo serviría para dejarlo indefenso ante las bandas que Israel arma y financia dentro de Gaza o ante nuevas ofensivas que ordene el Gobierno de Netanyahu.
Y, mientras, el ejército israelí se asienta cada vez más en la Línea Amarilla. Un análisis reciente de imágenes satelitales por el diario Haaretz revela que construye una barrera terrestre, ha establecido nuevos puestos militares avanzados a lo largo de la línea, efectuado obras de infraestructura y trasladado equipos e instalaciones. Y siguen las demoliciones. Un soldado difundió recientemente un vídeo dinamitando una estación de agua que, antes de la invasión, proveía a un tercio de los residentes de Rafah, la ciudad del sur que ya solo existe en los mapas. El soldado lo acompañaba con un rótulo sarcástico: “Especializados en obras de pintura y pequeñas reformas. Para más detalles, mándenos un mensaje directo”.
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