Tadej Pogacar consigue su tercer Tour de Flandes doblegando la resistencia de Mathieu van der Poel
El esloveno ha ganado las tres carreras que ha disputado en 2026 y, tras imponerse en su 12º Monumento, se encamina hacia un histórico Grand Slam ciclista


A la gentrificación del Tour de Flandes —grandes carpas para vips, como si eso fuera un torneo de golf, en los caminos empinados de adoquines de la Bélgica antaño rural donde solo pasaban carros cargados de remolacha y heno, invitados maridando champán con pavés, sudor con ostras, gorras vintage con negocios, banderas del león fascista y muchas cervezas— solo la derrota la soledad, la verdad de los campeones que no reniegan de su destino, lo abrazan, pelean con él a espaldas de Tadej Pogacar, maillot arcoíris impoluto, que construye su grandeza al tiempo que aniquila las esperanzas de los demás. De ciclistas que llevan en la bocamanga de sus maillots ajustados los colores del arcoíris que distinguen a los que han sido campeones del mundo. De Mathieu van der Poel, el holandés que sería intocable si no existiera el esloveno; de Remco Evenepoel, y su casco con la marca dorada de los campeones olímpicos, otro monumento a la resistencia, y la conquista de Flandes y el amor de la afición, el folklore del que había huido siempre; de Wout van Aert, adorable y rendido, sus ojeras, su bondad; de Mads Pedersen, el quinto evangelista, la palabra.
Los árboles desconfían de la primavera y sus hojas apenas reverdecen, en Brakel las sepulta la lluvia. El invierno amenaza. Triunfa la primavera. La esperanza que siempre regresa.
El Tour de Flandes del 26, la tercera victoria en Oudenaarde de Pogacar, el tercer ataque matador, definitivo en el bistrot de Kwaremont, donde la cuesta declina, y los adoquines escupen barro, y Van der Poel mira su manillar, y medita, es un teatro perfectamente ensayado, y sus protagonistas pasan uno por uno, suficiente tiempo entre cada uno para disfrutarlos, aplaudirlos, gozar de su deseo, ante el cono dorado de la rotonda cónica de Kluisbergen junto al Escalda. Pogacar, desnudo de manos; Van der Poel, sus anchísimos hombros acogiendo su cabeza, su melenita; Evenepoel, compacto, la mirada en el horizonte que se aleja al bote de su Specialized sobre los pedruscos; Van Aert lamentando, Pedersen… Los combatientes.
Pogacar no se deja emborrachar por los números que atosigan a los aficionados. Duodécimo Monumento de una carrera en la que también hay cuatro Tours y un Giro al lado de un San Remo, tres Flandes, tres Liejas, cinco Lombardías… Solo le falta Roubaix, su obsesión, y ni siquiera aunque vuelva a derrotar a Van der Poel y al Carrefour de l’Arbre el próximo domingo, ni aun así le dejarán respirar. “No corro mucho, así que cuando corro, siento la presión de ganar. Hasta ahora todo me ha salido perfecto, así que no puedo estar más contento”, dice Pogacar, carita con mofletes infantiles y el pelo platino hortera de Eminem que llevan la contraria a la mirada cansada, a su ojos sin brillo, después de conseguir la tercera victoria en un año en el que solo ha corrido tres carreras, Strade, San Remo, Flandes, y en dos de ellas, ha hecho doblar el espinazo al Van der Poel que antes le torturaba, y que le espera en el Infierno del Norte el domingo. Y también le preguntan a Pogacar si no será ya este el año en el que haga lo que ni Eddy Merckx pudo hacer, ganando los cinco Monumentos, un grand slam de récord —San Remo, Flandes, Roubaix y Lieja en primavera; Lombardía sobre las hojas caídas del otoño— uno tras otro. Lleva dos de dos. “Dejadme disfrutar del momento”, dice a los impacientes que ya le agobian. “El domingo que viene va a ser muy dura. Pero lo voy a intentar. Va a ser difícil, no quiero ni pensarlo. No, no. Porque ganar una sola carrera, un solo Monumento, ya es difícil en el ciclismo. Aunque tengas las mejores piernas, todo tiene que encajar a la perfección. Ni siquiera después de San Remo o después de hoy pienso que este año pueda ganar las cinco”.
Los 280 kilómetros de Amberes a Oudenaarde, el laberinto, cáscara de caracol el mapa, de los muros, el Koppenberg del martirio, el Paterberg, el Viejo Kwaremont tres veces, y tanto pijo en la cuneta, los convierte Pogacar en un proceso de purificación, etapas de un striptease físico y espiritual hacia la soledad desnuda. Es un paso a nivel con bronca —rastreros sus compañeros de UAE, el entregado a la causa Bjerg, el policial Politt, negándose a parar pese a la orden de los comisarios—; es un mongol de Ulán Bator en fuga, Sainbayar, con la camiseta del Burgos, y su amigo Fagúndez, uruguayo como Pepe Mújica, que también corría en bicicleta y repartía flores antes de la revolución, es unas risas del esloveno con su nuevo mejor amigo, el portugués António Morgado… Viento de cara. Guantes negros de invierno que abandona cuando comienza la demolición. Purificación interna al despojarse de los guantes para ponerse unos de ciclista, sin dedos; depuración del pelotón llegando al Molenberg, el monte del molino, a 100 kilómetros de la meta. Todos a rueda de Pogacar y al frente su compañero Florian Vermeersch, puro flamenco, concejal de centroderecha en su pueblo, y dinamitero en el pelotón, que tras su aceleración queda reducido a 17. Director de escena, actor principal, empresario, todo, Pogacar derrocha energías sin miedo, acelera en cabeza, vuelve, regresa, acelera. Y en el segundo paso por el viejo Kwaremont, entre tablados y vallas, el segundo golpe. Van der Poel está lejos, descolocado; Van Aert, Remco y Pedersen a su lado. Al llegar arriba, el giro a la derecha, y el viento, solo tiene a Van der Poel y a Evenepoel a rueda. Con Evenepoel acaba enseguida en el Koppenberg demoledor; el más joven de los campeones les persigue como quien persigue un sueño que se evapora; para acabar con Van der Poel espera un poco, hasta llegar al lugar del sacrificio de 2023 y 2025, los tres cuartos de la subida al Viejo Kwaremont. Antes se quita los mitones de conductor de rallies. Manos desnudas en el manillar de alas de mariposa. Aceleración, de pie sobre los pedales, ya en la cuesta asfaltada, antes del monte. Después, sentado. Exhibición de todos sus músculos. De los glúteos de acero. La cuerda se rompe. Como siempre. En el Paterberg, el último monte, Van der Poel por fin, se rinde. Tampoco 2026 le dará el cuarto Tour de Flandes que le haría único por encima de todos. En la meta, los actores se abrazan. Se felicitan. Se citan. El combate proseguirá el domingo. Sin Remco ni Pedersen. Con Ganna. Con Pogacar al frente. Suena fuerte en la meta Umberto Tozzi, Gloria. Nadie baila.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































