La pasión del ciclismo según Mateo, Pogacar, Wout y Remco
Los ‘cuatro evangelistas’ de las clásicas del pavés y los muros se enfrentan a la quincena santa del Tour de Flandes y la París-Roubaix


¿Quién es más belga? ¿Pogacar, que ha nacido en Eslovenia, o Van der Poel, holandés?
Uno recuerda a Merckx y solo a Merckx; el otro a Tom Boonen o a Rik van Looy o a Roger de Vlaeminck, incluso.
¿A quién recuerda Remco Evenepoel, el menos belga de todos los ciclistas belgas, tan poco belga que ni siquiera ha corrido hasta ahora, hasta los 26 años ya cumplidos, De Ronde, el Tour de Flandes, el campeonato del mundo de todos los belgas?
¿Y Wout van Aert? Wout van Aert es el más belga de todos en el sentido místico, religioso casi, el prototipo de quien pelea siempre aun teniendo todo en contra. Gana pocas veces. Sufre muchas más. Fatalista, triste, herido, derrotado. Luchador condenado a no encontrar nunca la paz. Lamentaciones de Jeremías en su poema por la grandeza perdida.
Todos los cuatro, escriben cada día un evangelio ciclista. Cada uno con sus letras, sus notas. La misma pasión cantada con cuatro voces diferentes.
En el ciclismo de muros y adoquines, en la católica Flandes y en el norte de fronterizo de Francia, donde el ciclismo es la religión verdadera, y el mito, no se habla de Semana Santa, poca cosa, sino de su quincena santa de montes y pavés rural, de procesiones rituales a pedal y sudor, que empezó el pasado 27 con la carrera de la autopista (el GP E3), el pequeño Tour de Flandes en el que Van der Poel ensayó el valor estratégico del Taaienberg, el monte favorito de Tom Boonen tierno, y del Paterberg, pavés primitivo en un muro recién inventado, y comprobó los límites de la navegación en solitario.
Dos días grandes, dos domingos de abril soleados, y alguna nube, y las ramas de los álamos y robles ya no son los esqueletos del invierno. El 5, de Amberes a Oudenaarde, en las Ardenas flamencas, el Tour de Flandes. El 12, de Compiègne a las minas de hulla abandonadas y la Francia de la crisis industrial de Lille hasta el velódromo del Roubaix del esplendor de los años 20 del siglo pasado.
Dos domingos de pasión para medir la grandeza de los campeones. De Pogacar, que nunca ha ganado en Roubaix (pero solo lo ha disputado una vez, y fue segundo), el Monumento que le falta; de Van der Poel, que no cree en la historia pero la ha mamado, y vive en ella; de Remco, que necesita raíces belgas para dar espesor a su personaje único, una semilla en su flor de cada uno de los grandes, un poquito de Merckx, de Van der Poel, de Pogacar, un ser único que choca con sus límites más de lo que desea; de Van Aert, que ha ganado el Monumento más complicado, la San Remo veraniega del año de la pandemia, el 2020 en el que nació el nuevo ciclismo. Van Aert lo inauguró, y después lo habitó, secundario: una vez segundo, otra tercero y otra cuarto en Roubaix; una vez segundo en Flandes, y dos veces cuarto; tres veces más tercero en San Remo, y una vez en Lieja. Trece veces entre los 10 primeros en los Monumentos, rodillas rotas, el esternón, el tobillo, clavículas… Derrotas homéricas en los últimos metros (el gigante Ganna empequeñeciéndolo en los últimos 500m de la llegada a Waregem el miércoles) de carreras convertidas en desafíos personales.
Entre los cuatro han ganado el 75% de los 30 Monumentos de los últimos seis años: 37%, Pogacar; 27%, Van der Poel; 8, Remco; 3% Van Aert).
Remco busca existir en el folclore flamenco; Van Aert pelea contra sí mismo, contra un destino que le maldice.
Van der Poel y Pogacar, los abusones, luchan entre sí y contra la historia. Como los barones del capitalismo de la edad dorada de Nueva York, Rockefeller y sus cárteles, se reparten la riqueza. Entre los dos han ganado 14 de los 16 últimos monumentos (el 88%), los disputados desde 2023: ocho, el 50% (San Remo, dos Flandes, dos Liejas y tres Lombardías) para el esloveno; seis (dos San Remo, un Flandes y tres Roubaix) para el nieto de Poulidor. Y los 10 últimos, a partir del Flandes de 2024, solo llevan sus firmas: seis para Pogacar, cuatro para Van der Poel.
Buscan el récord que ilumina el deporte, que atrae las miradas del mundo.
“El Tour de Flandes y la París-Roubaix son las carreras en las que quiero hacer historia; todavía me quedan unos cuantos años para conseguirlo”, dice Van der Poel, que viaja en avión privado de Bélgica a Alicante para preparar las clásicas en su jardín de Calpe, y, como todos los aficionados convierte la poesía en números, la retórica de la aritmética. La historia para Van der Poel es ganar De Ronde 40 años después de que lo hiciera su padre, Adri, y así convertirse en el primer ciclista de la historia que gane cuatro Flandes, rompiendo el empate a tres con Tom Boonen, Fabian Cancellara, Johann Museeuw, Éric Leman, Fiorenzo Magni y Achiel Buysse.
Con la victoria, además, elevaría a siete su número de triunfos en los dos Monumentos de pavés, empatando con su admirado Boonen (cuatro Roubaix y tres Flandes).
Al salir de Imperia, camino de San Remo, el asfalto de la vía statale Aurelia le dio un buen mordisco al culotte, y algo de carne, de Pogacar caído, lo que reveló una musculatura hipertrofiada, de sprinter, de rodador fuerte, en muslos y glúteos del esloveno, músculos de clasicómano preparado para los 280 kilómetros de esfuerzos repetidos, sprints breves en los adoquines verticales del Koppenberg o el Viejo Kwaremont encadenado con el Paterberg hacia Oudenaarde.
La huida del viento del mar del Norte, el encuentro con las sombras del Taaienberg oscuro, las casitas blancas de Melden que anuncian el martirio recto del Koppenberg, el bistró de la plaza del pueblo de Kwaremont, a tres cuartos de la subida más larga, kilómetro 263, allí donde el monte parece que se aplana, donde empieza lo más difícil. Es el punto P, de Pogacar, de la carrera. “Anda más musculado que otros años, sí”, explican en su UAE. “Todo el primer bloque de trabajo está orientado a las clásicas, puro y duro. Este invierno ha hecho más pesas en el gimnasio e intentamos trabajar bien las semanas de las pruebas. Luego, ya, después de Lieja, cambio de chip: solo el Tour en el punto de mira”.
El Viejo Kwaremont será solo una etapa. De Ronde ya figura dos veces en la vitrina del esloveno, en la que hay un hueco reservado para el pedrusco de Roubaix. Los mismos glúteos de acero y dinamita entrarán en acción el 12 botando en la recta de Arenberg y arrancando en el Carrefour de l’Arbre o Mons en Pévèle hacia el velódromo. Será la oportunidad para ganar ya, a los 27 años, los cinco Monumentos, y subirse al carro de los más grandes, de los tres únicos que lo han conseguido, todos belgas como él: Merckx, Van Looy y De Vlaeminck.
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