Ábrete Abril
No pocas sobremesas y conversaciones con familiares y amigos destilaban referencias e incluso citas de la mejor novela jamás contada, ‘El Quijote’, pero con la vergonzosa simulación de no haberla leído


Cada mes de abril leo el Quijote de Cervantes desde septiembre de 1987 al llegar a España cumplidos 25 años exactos. En casa e infancia siempre hubo algún ejemplar o ejemplares de diferentes ediciones, pero mi primer Quijote oficial me lo compré en la Casa del Libro de la Gran Vía a los o tres días de haberme bajado de un tren con la primera ilusión de doctorarme en su Complutense. La edición de bolsillo y dos volúmenes de Alianza editorial, con un yelmo en portada creo diseñada por Daniel Gil se volvería salvoconducto para una aventura que perdura y alivio para una deuda íntima: no pocas sobremesas y conversaciones con familiares y amigos destilaban referencias e incluso citas de la mejor novela jamás contada, pero con la vergonzosa simulación de no haberla leído. No pocos parientes y compañeros de estudio referían parlamentos y situaciones del Quijote que en realidad no emanaban del milagro de su lectura, sino del recuerdo de la versión cinematográfica donde Cantinflas se reinventó en Sancho Panza o en el musical Hombre de la Mancha donde Sofía Loren se volvió Dulcinea del Toboso.
Desde el primer día empecé por cerrar septiembre y andar un octubre con la cajita portátil, leyendo en El Retiro, barrio de las Letras, Atocha, Plaza Mayor y todo un rosario de bancas y praditos que conducen al barrio de Argüelles y colinas aledañas a la Ciudad Universitaria, pero al paso de los meses la liturgia de esa lectura volvió para abrir abril porque es el mes que signa cada día 23 la fecha en que murió Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare (aunque en otro calendario). Por lo mismo, sostengo hasta la fecha que el mal llamado Manco de Lepanto en realidad no estuvo cautivo en Argel, sino dramaturgo en Londres y por ende, ambos bardos son uno y el mismo.
En 39 años he leído diversas y diferentes ediciones con sus respectivos pies de página e ilustraciones. Leído en inglés quizá para verificar la broma de Borges que aseguraba que la magna obra era en realidad una mala traducción y escuchado en audio libro con voces recias, mas nunca dramatizadas. Durante el confinamiento por pandemia mi hijo Bastián y yo la leímos a dos voces y meses después fuimos mudos testigos de la primera vez que la leyó Santi llorando en voz alta a la mitad de un párrafo casi al final de la Segunda Parte.
He subrayado párrafos enteros con una edad que ya no concuerda con lo que subrayo este año, con canas y quizá más cansado. Hubo un año en que leí el Quijote convencido de que sin Rocinante no hay novela viable y otros en que mi Sanchismo merece espejo; se suman varios años-lecturas en que Don Alonso se crece más y más, a contrapelo del año en que sostengo que el cuento de Marcela y Grisóstomo contiene un notable Manifiesto Feminista. De abril en abril me parece que Don Miguel tenía cuentos y entremeses empolvados en el cajón derecho de su mesa de trabajo que abría de cuando en cuando para hilar y alargar la maravillosa aventura del Caballero de la Triste Figura.
La he leído en El Toboso y en Guanajuato, en trenes que parecían antiguos y uno de altísima velocidad, pero sobre todo la leo de noche y de madrugadas que amanecen para cada día de abril como quien comanda que se abra una cueva secreta en Las Mil Noches y una Noche. Es una elevación de las ganas de contar historias y un perfecto plan de evasión que no impide soñar en estos días que un viejo caballero que frisa los 50 años de edad y su fiel escudero sabio cabalgan con justicia para abatir a un inmenso imbécil de piel naranja y espumoso pelo rubio para callar sus mentiras, castigar sus perversiones, desfacer todos los mortales entuertos que ha provocado con su estulticia y estupidez y el mundo entero vuelve a ser la infinita extensión de un paisaje apacible moteado de desgracias diversas, pero abierto como abril para milagro de que un año tras otro se vaya leyendo la vida.
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