Inès de la Fressange: “Cuando era niña, una mujer de 60 años era una abuela con moño. Hoy hace deporte, sale a cenar, es activa”
La modelo y diseñadora dialoga con el escritor Erri De Luca en ‘La edad experimental’ sobre una etapa inédita: una vejez activa, sin guion heredado y llena de posibilidades, en la que la elegancia, el deseo, la amistad y la libertad deben redefinirse

Es un hecho, la población envejece. En España, con una de las esperanzas de vida más altas del mundo (84,01 años en 2024, según datos del INE), viven casi 10 millones de personas mayores de 65 años (según cifras del CSIC). En 2050, una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años (el 16% de la población), según la ONU. En este contexto, no sorprende la acogida entusiasta del minidocumental sobre la escalada y la vejez del escritor Erri De Luca (Nápoles, 75 años) en el Mendi Film Festival de Bilbao. Su nuevo ensayo, La edad experimental (Seix Barral), retoma esa reflexión y la amplía con la voz de la modelo, diseñadora y empresaria Inès de la Fressange (Gassin, Var, Francia, 68 años), amiga del autor. El resultado es un diálogo entre la mirada poética y ascética de De Luca, y una perspectiva vital y femenina. Ambos parten de la misma intuición: la vejez contemporánea es un territorio inédito. Nunca antes una generación había llegado a esta etapa con tanta salud, tiempo y autonomía.
Desde esa altura, los árboles del bosque se espacian, y entra la luz, no se contempla el pasado con nostalgia, sino que se ensayan formas nuevas. La vejez no como declive sino como laboratorio de posibilidades. Esta generación, además, carece de modelos. No hay un guion heredado para envejecer: toca inventar nuevos códigos. De la Fressange aboga por mantenerse fiel a uno mismo y curioso, relativizar, aprender a decir no sin sentir culpa, escuchar a los jóvenes y aceptar que el presente exige adaptarse.

Pregunta. Como señala Erri De Luca en La edad experimental, es la primera vez que una generación alcanza la vejez con tanta salud y energía. Les vuelve a tocar inventar nuevos códigos. ¿Cuáles son, en su opinión, esos nuevos códigos?
Respuesta. Mi juventud ha quedado plasmada: cada día descubro en Instagram fotos mías de joven que ni siquiera conservo. Tengo una especie de doble virtual, una Inès siempre joven y en forma. Antes, si perdíamos imágenes lo hacíamos para siempre. Hoy mucha gente posee un diario visual online. Este fenómeno, reservado antaño a celebridades, afecta a casi todo el mundo. Ante esas fotos, me doy cuenta del tiempo que perdí de joven sintiéndome incómoda con mi cuerpo o con mi estilo. Con 20 años, podemos ponernos prácticamente cualquier cosa. Con el tiempo, aprendes lo que te favorece, pero sobre todo, aprendes lo que es el bienestar: escuchar al cuerpo, parar, cuidarte sin sentir culpa.
P. De Luca la evoca con admiración, en particular por un episodio en el que usted apoyó a un amigo a costa de perder un contrato importante. En un mundo caracterizado por el éxito, la productividad y la visibilidad, ¿qué significa hoy la lealtad? ¿La edad la vuelve a una más libre?
R. Sí. Con los años, aprendemos que lo prioritario son los amigos, las personas que queremos y la salud. Un gesto aparentemente heroico no lo es tanto: se trata de sabiduría, de la manera correcta de comportarse. Luego todo se recoloca. Hoy no me apetecería estar en una alfombra roja en Cannes; las cosas están bien así.

P. ¿Cómo nace esta colaboración con Erri De Luca?
R. Por casualidad. Erri me mandó un enlace a un documental sobre él. Intercambiamos algunos correos y luego me propuso escribir este libro juntos. Pensaba que sería un pequeño proyecto, algo sencillo; escribí algunos de mis mensajes en aeropuertos antes de apagar el móvil… y él los conservó. Esa espontaneidad da al libro calor y cercanía.
P. ¿Cómo ha evolucionado su relación con la amistad?
R. Me gusta hacer nuevos amigos. Nunca me he sentido identificada con la frase “Los amigos se cuentan con los dedos de la mano”. Eso sí, es importante decidir si alguien es un amigo o no. Los tiempos han cambiado: antes nos juntábamos y salíamos más; hoy las relaciones pasan a menudo por mensajes. ¡Concertamos citas para hablar por teléfono! La tecnología ha transformado los vínculos. Curiosamente, a los amigos que viven lejos, como Erri, los veo más. Sé que debo aprovechar la oportunidad cuando viene a París.

P. En el libro, confiesa que no duda de la existencia de una vida después de la muerte y que la fe no necesita pruebas. ¿Envejecer inaugura una relación diferente con lo misterioso y lo trascendente?
R. No temo a la muerte, pero como todos, temo la enfermedad, el dolor y la dependencia. Estoy convencida de que existe otra forma de vida, de que la conciencia no muere. Esta creencia me empodera. No obstante, me parece hipócrita decir que envejecer es maravilloso. Estar más cansada, darse cuenta que la memoria nos falla, de que todo cueste más, no es maravilloso. Lo que sí es magnífico es saber poner la cosas en perspectiva, entender que no todo es tan grave y dejar ir.
P. Sus hijas la corrigen por expresiones que consideran sexistas. ¿Cómo vive ese diálogo intergeneracional?
R. Es un error no escuchar a los jóvenes; suelen tener razón. Su visión sobre el humor, el lenguaje, o las cuestiones de género ha evolucionado. Cosas que nos parecían normales hoy no lo son. Decir “era mejor antes” no es una receta para la felicidad. Debemos ser curiosos, admirar, entusiasmarnos y descubrir.

P. El concepto de elegancia ha cambiado, como afirma en el libro, no es el de sus abuelos, pero tampoco el de su juventud. ¿Se trata de una actitud, de una libertad, de una conciencia política del cuerpo?
R. En francés hablamos de mise en beauté [literalmente, “puesta en belleza”, embellecimiento] más que de maquillaje: la belleza es salud, piel, alimentación, yoga… Exige más que antes. En los años cincuenta o sesenta bastaba con seguir una tendencia, adoptar el look en boga: la falda de Brigitte Bardot, el peinado del momento… Hoy se trata de un estilo propio, de combinar lujo y sencillez, de proyectar que nos sentimos bien en nuestro cuerpo. Se exige personalidad. La elegancia es más compleja. Y más interesante.
P. Prefiere la moda masculina por su simplicidad, su corte y su atemporalidad. ¿Esto refleja una búsqueda de libertad frente a las exigencias impuestas al cuerpo femenino?
R. Los hombres compran menos, pero eligen buenos tejidos y conservan su ropa durante más tiempo. Una chaqueta de franela gris desafía las estaciones. Es un enfoque más sostenible.
P. No se valora igual el envejecimiento de las mujeres y el de los hombres. ¿Cree que ese enfoque está cambiando?
R. Basta con echar un vistazo a las revistas, no es fácil encontrar mujeres mayores de 40 años. Los medios convirtieron la presencia de modelos maduras en el desfile de Chanel en un acontecimiento. Las cosas cambian, pero lentamente. Una mujer de 60 años hoy no se reconoce en ningún modelo. Cuando era niña, una mujer de 60 era una abuela con moño. Hoy hace deporte, sale a cenar, es activa. Sin embargo, el imaginario colectivo sigue inamovible.
P. ¿Cómo desafía los estereotipos asociados a la edad?
R. Practico la curiosidad: soy activa en las redes sociales, visito tiendas para jóvenes, descubro artistas para mi newsletter. Escucho música actual: Rosalía, Lola Young, Ed Sheeran, Bad Bunny… Dejar de descubrir y de sorprenderse al envejecer es un error.
P. ¿Por qué el deseo femenino tras los 55 sigue siendo tabú?
R. El deseo femenino incomoda incluso a los 20. Creo que eso está cambiando: la generación de mis hijas vive los vínculos y la orientación sexual con más fluidez que la mía. Pero todavía sorprende que una mujer tenga varias parejas, mientras que no ocurre lo mismo con un hombre. Y cuando se trata de mujeres maduras, se habla aún menos de su deseo, como si dejara de existir.

P. ¿Ha habido un momento decisivo en su vida en lo referente a la percepción de la edad?
R. Sí, cuando en las sesiones se empezó a poder ver en el plató las fotografías y en las imágenes yo parecía cansada o triste cuando no lo estaba. Aquello me enfrentó a mi imagen externa, a la idea de mí que yo proyectaba. Podemos encajar en el estereotipo de una mujer mayor o negarnos a hacerlo: en mi opinión, debemos erguirnos, movernos, decirnos que somos afortunadas. A esta edad toca elegir: quedarse en casa o salir. Quedarse es la mejor manera de envejecer demasiado rápido. Es mejor darse un pequeño empujón.
P. ¿Qué rituales la ayudan a disfrutar de esta edad experimental?
R. Solo hago lo que me apetece o lo que es necesario por trabajo o para ayudar a alguien. He aprendido a decir “no” y ya no me siento culpable por no hacer algo. Leer, ver una serie, pasar una tarde tranquila: eso es el lujo. Desconfío de la obsesión por cuidarse a uno mismo: prefiero comer con una amiga que pasar tres horas en la peluquería. Cuando estamos tristes, quedar con alguien a quien queremos es el mejor remedio.
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