La guerra de Trump y Netanyahu contra Irán: 30 días de caos y un futuro incierto
El primer contingente de refuerzos de Estados Unidos, que incluye 3.500 infantes de Marina y marinos de la Armada, ha llegado este sábado a Oriente Próximo

La guerra en Irán que Donald Trump ve “casi terminada” no deja de extenderse. Casi un mes después de que Estados Unidos lanzase la ofensiva, junto con Israel —al matar al líder supremo, Ali Jameneí, en una oleada de bombardeos—, este sábado sumó un nuevo actor: los rebeldes hutíes de Yemen, con el lanzamiento de sus primeros misiles contra Israel. Es el enésimo signo de escalada y caos, con un futuro incierto.
Mientras Estados Unidos e Israel proclaman haber atacado más de 10.000 objetivos en Irán y hundido más de 150 barcos, el conflicto no da señales de finalizar. Al contrario: parece entrar en una fase más amplia, intensa y peligrosa. Este sábado han llegado, además, unos 3.500 soldados estadounidenses a la zona —2.500 infantes de marina y mil marinos de la Armada—, a bordo del grupo anfibio liderado por el buque Tripoli y otros 5.000 más se encaminan a la zona para una posible ofensiva terrestre.
El 28 de febrero, al comenzar la ofensiva, el presidente de EE UU prometió pulverizar el programa de misiles de Irán, diezmar su flota y aniquilar para siempre su programa nuclear, convencido de que iba a repetir el rápido éxito que logró un mes antes en Venezuela. La operación, aseguró, sería rápida. “Dos o tres días”, llegó a decir. Sus llamamientos aquel primer día a la población civil iraní a sublevarse quedaron rápidamente aparcados. El convencimiento de que las grandes protestas de enero en Irán eran una señal de la debilidad del régimen (una de las razones que le llevaron a dar luz verde a los ataques), también.
La guerra, en cambio, entra en su quinta semana con el régimen de Teherán en pie y más radical tras los denominados “asesinatos selectivos” de Jameneí y otros de sus dirigentes. Rechaza toda cesión ante Washington y bloquea el estratégico estrecho de Ormuz, fundamental para el tráfico de petróleo y otros bienes, en una grave amenaza para la economía mundial.

La milicia de los hutíes de Yemen, apoyada por Teherán, pero independente en su toma de decisiones, abrió este sábado otro frente, con el lanzamiento de sus primeros misiles contra Israel. Ya en 2025 fue la última en dejar de lanzar proyectiles y drones contra el país, en represalia por la masacre de Gaza. Su portavoz militar, Yahya Saree, justificó la implicación en el conflicto “en apoyo de la República Islámica de Irán y los frentes de resistencia en Líbano, Irak y Palestina, en vista de la continua escalada militar, los ataques contra infraestructuras y la perpetración de crímenes y masacres”. Y prometió continuar hasta el logro de todos sus objetivos y el “cese de la agresión contra todos los frentes de la resistencia”, en referencia a los grupos armados aliados de Teherán.
En esta ocasión, el ejército israelí informó del lanzamiento de dos misiles, que fueron interceptados, aunque la censura militar impide contar y grabar los eventuales impactos o víctimas en objetivos militares.
Importa más, sin embargo, su capacidad —con la que ya amenaza— de impedir, una vez más, el paso de buques de mercancías por Bab al Mandeb. Estamos librando esta batalla por etapas y cerrar el estrecho [...] es una de nuestras opciones”, aseguró a los medios locales su viceministro de Información, Mohammed Mansur.
Bab al Mandeb da acceso al canal egipcio de Suez, por el que transita buena parte del comercio de mercancías mundial, punto de cruce hacia el Mediterráneo, y por tanto a Europa, para las exportaciones procedentes de Asia. Sumado al bloqueo iraní de Ormuz, podría devolver las costas oriental y occidental de la península arábiga, importantes corredores marítimos para materias primas y bienes esenciales, a los días de ataques mutuos y secuestros de embarcaciones.

Los hutíes (que controlan desde 2024 buena parte del noroeste de Yemen, incluida la capital, Saná, tras expulsar a las fuerzas del Gobierno internacionalmente reconocido) atacaron más de 200 buques mercantes con misiles y drones, dañaron 30 barcos y secuestraron uno entre noviembre de 2023 y enero de 2025, en paralelo a la invasión israelí en Gaza que ha dejado más de 72.000 muertos. En 2024, Trump inició una campaña contra los hutíes que acabó semanas más tarde y, desde entonces, cesaron el acoso a las embarcaciones y los bombardeos en Yemen.
Ahora, unos y otros vuelven al mismo escenario, sin más horizonte de mejora que los discursos triunfalistas, la pausa en la amenaza de atacar instalaciones energéticas y los esfuerzos contra el reloj de los mediadores por acercar posiciones.
La tozuda realidad es que la guerra se sigue extendiendo por Oriente Próximo, ha empantanado las relaciones entre Washington y sus aliados europeos y ha sembrado el caos en los mercados financieros y las rutas aéreas del mundo. Israel ha aumentado recientemente sus ataques en Irán (incluido este viernes instalaciones nucleares y empresas siderúrgicas). Y el precio del petróleo está desbocado: este viernes, el barril de Brent rondaba los 114 dólares, 45 más que antes del conflicto. Sus subidas amenazan con poner un palo en las ruedas al resto de la economía global si la paz no llega pronto.
El conflicto golpea ya a 14 países en la región, con la mayoría de muertos en Irán: unos 3.300, según las cifras oficiales, casi 1.500 de ellos civiles, según Human Rights Activist News Agency. Israel ha invadido el sur de Líbano tras sumarse Hezbolá a la batalla. Y Estados Unidos se mueve a bandazos: un día su presidente afirma que la guerra está “casi acabada”, al siguiente —o cinco minutos después— amenaza con “desencadenar un infierno”, pocas horas más tarde habla de “comenzar una retirada” y termina hablando de bombardear “todo lo que nos pida el corazoncito”.
Sin final a la vista
Aquellos optimistas “dos o tres días” van camino de un sine die: Trump los transformó rápidamente en un “entre cuatro y seis semanas”, y su secretario de Estado, Marco Rubio, apuntaba este viernes ante una reunión de ministros de Exteriores del G7 en París que aún hay para hasta cuatro semanas más. La Administración Trump pide al Congreso 200.000 millones de dólares más para los gastos de su ofensiva y constata que gasta a toda velocidad la munición en sus arsenales sin suficiente producción para reponerla. Rubio reconocía en la capital francesa este viernes que desviar armamento destinado a Ucrania para emplearlo en el golfo Pérsico es una posibilidad.
No se avista un final, pese a los contactos indirectos bajo la mediación de Turquía, Egipto y Pakistán. Ninguna de las partes quiere ceder, sus posturas están aún más distantes que antes del comienzo de la guerra, la desconfianza es máxima y cada lado está convencido de que lleva las de ganar.

Trump, siempre alérgico a la autocrítica, sostiene que la ofensiva “va muy bien” y “más rápido de lo previsto”. Insiste en que Irán está derrotado militarmente, que sus autoridades lo saben y suplican llegar a un acuerdo. Sus negociadores, ahora encabezados por el vicepresidente J.D. Vance —que se había opuesto a desatar la guerra—, han presentado a los mediadores una propuesta de quince puntos. Básicamente, la misma que en las conversaciones previas a la guerra: no al programa nuclear iraní, no a su programa de misiles, no al patrocinio de grupos radicales islamistas en Oriente Próximo.
Irán, de hecho, está instalado en una retórica victoriosa y recuerda casi a diario a Trump que no son ellos quienes imploran un alto el fuego. Todo lo contrario: exigen nada menos que el fin de la agresión, compensaciones millonarias y garantías de que no se repetirá. Es decir, más que cuando negociaban un acuerdo para evitar esta guerra. Trump ya ha prorrogado dos veces su ultimátum para llegar a un acuerdo o intensificar la guerra. Vence ahora el 6 de abril, después de la Semana Santa que observan los católicos de su Gabinete, como Rubio o Vance.
El régimen se ve fuerte: no ha habido levantamientos ni deserciones, pese a los llamamientos de Estados Unidos e Israel a la sublevación de la población civil. “Se está moviendo hacia un sistema militarizado de gobierno donde la autoridad se concentra cada vez más en la Guardia Revolucionaria”, indica un análisis del Soufan Center, think tank independiente con sede en Nueva York.
Washington presume de haber desmantelado su capacidad de ataque, pero los análisis indican que solo ha destruido con seguridad un tercio del arsenal de misiles iraní. El cierre del estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo y gas mundiales, y un tercio de los fertilizantes, amenaza con poner de rodillas a la economía global beneficiando a la suya: ingresa ahora más por su petróleo que en tiempos de paz, y Estados Unidos ha levantado algunas sanciones a su crudo.
Desde su punto de vista, para ganar la guerra solo necesita sobrevivir; Washington, en cambio, tendría que aniquilarlo en un territorio tres veces mayor que el de Irak y de orografía mucho más difícil. O pactar un acuerdo mutuamente aceptable, que para Teherán pasa por la retirada total de las sanciones, la marcha de las fuerzas estadounidenses y el reconocimiento de su autoridad sobre Ormuz.

Hay razones para el déjà vu: como en febrero, mientras Trump habla de negociación, su Administración refuerza a marchas forzadas su presencia en la región, donde ya cuenta con 50.000 soldados, más de una docena de barcos y numerosos aviones. Ahora llegan o se encaminan hacia allá unos 7.000 militares que podrían participar en una posible operación en tierra: unos 2.000 paracaidistas de la 82 División Aerotransportada, y unos 5.000 infantes de Marina, además de dos grupos de buques de asalto anfibios. Un portaaviones más, el George Bush, también ha recibido órdenes de dirigirse a la zona, según la cadena de televisión CBS. Y el periódico The Wall Street Journal ha publicado que el Pentágono se plantea movilizar otros 10.000 uniformados más.
“Washington parece creer que un despliegue abrumador de poderío militar forzará a los iraníes a la mesa de negociaciones. Pero no puede esperar ganar en la paz lo que no ha sido capaz de ganar en la guerra, un extremo que los iraníes han dejado claro”, apunta el Soufan Center en su análisis. EE UU da por hecho que, dada la degradación de sus capacidades militares, “la Guardia Revolucionaria debe de estar buscando una salida”, pero pasa por alto que “puede ver la situación de modo muy diferente, y probablemente ya está preparando el terreno para una potencial operación de Estados Unidos en tierra”, agrega.
Rubio sostenía el viernes que no será necesario un despliegue de tropas sobre el terreno. En el Congreso, legisladores republicanos advierten que ese paso sería la gran línea roja en una guerra muy impopular; cruzarla podría representar una hecatombe para sus filas en las elecciones de noviembre. Pero las nuevas movilizaciones pueden apuntar a que, quizá, las negociaciones solo son para Trump una manera de ganar tiempo para que lleguen los nuevos contingentes militares y lanzar una nueva fase de la guerra.

“La preferencia de Trump sigue siendo intensificar la guerra para llevarla a una salida”, indica un análisis de la consultora Eurasia Group. “Estados Unidos está desplazando más barcos y tropas de tierra a la región y estará mejor preparada para intensificar el conflicto a mediados de abril”.
Esas tropas de tierra podrían intentar tomar la estratégica isla de Jarg, donde Irán mantiene el núcleo de su sector petrolero. U ocupar algunas de las islas o parte de la costa continental iraní en Ormuz, para forzar la apertura del estrecho. Un tercer objetivo podría ser hacerse con el uranio enriquecido con el que cuenta Irán, aunque esa es una opción más complicada: las fuerzas estadounidenses tendrían que adentrarse en territorio iraní y tener localizado el lugar exacto en el que se encuentra ese elemento químico. “Tenemos distintas opciones, pero todas van a intensificar el conflicto y pueden quedar fuera de nuestro control”, apunta el analista del Middle East Institute y antiguo secretario de Defensa adjunto Mick Mulroy.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































