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Israel suma victorias en su plan para cambiar Oriente Próximo

El ataque a Irán consolida la apuesta que Netanyahu hizo en 2023 por imponer su ley en la región y controlar más territorio ajeno

Una unidad de artillería israelí desplegada en un lugar no revelado en la frontera israelí bombardeaba objetivos en territorio libanés, el 14 de marzo.ATEF SAFADI (EFE)

El 9 de octubre de 2023, dos días después de que Hamás causase la jornada más letal para Israel (unos 1.200 muertos) con su ataque sorpresa, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronunció una frase que sonó más a desideratum que a plan: “Vamos a cambiar Oriente Próximo. Este es solo el principio”. Su fuerza aérea lanzaba entonces sobre Gaza casi mil bombas al día, matando a cientos de personas a diario.

Dos años y medio de guerras más tarde, la franja palestina es ya un escombro sepultado en las preocupaciones de las cancillerías (con el ejército israelí sin prisa ni presión por cumplir su compromiso de replegarse de más de la mitad de Gaza que controla) y Netanyahu está ahora embarcado en culminar su “sueño” (en sus palabras) desde hace décadas: intentar derribar el régimen de Irán, su gran competidor regional.

Es el último episodio de un camino en el que Israel nunca había atacado tanto, tan lejos y en tantos sitios. Desde 2023 ha bombardeado siete territorios (Irán, Yemen, Qatar, Cisjordania, Siria, Líbano y Gaza) y controlado más terreno en varios de ellos, con vocación de permanecer “para siempre”, como ha dicho su ministro de Defensa, Israel Katz.

La guerra lanzada hace dos semanas contra Irán es una victoria para Netanyahu desde su primer minuto, por el mero hecho de involucrar a Donald Trump, el único presidente que ha embarcado en semejante aventura a la mayor potencia militar global, Estados Unidos. También por otra razón: “[Netanyahu] puede presentar casi cualquier resultado imaginable como prueba de que siempre tuvo razón: que había que hacer frente a Irán, que el uso de la fuerza era inevitable y que la demora solo habría hecho que la amenaza fuera más peligrosa”, escribía este viernes Mairav Zonszein, analista sénior sobre Israel del think tank [laboratorio de ideas] International Crisis Group, en un artículo de opinión en The New York Times.

Un gran mérito del primer ministro israelí ha sido condicionar el debate desplazando el radio del problema. Desde hace años, siempre había sido el programa nuclear de Teherán. Netanyahu llevaba dos décadas diciendo que Teherán estaba a pocos meses, o semanas, de generar una bomba atómica, para convencer a EE UU de esgrimir la amenaza militar. Fue, de hecho, la voz más agria contra el acuerdo nuclear con Irán que Barack Obama forjó en 2015 y que Trump enterró en 2018, en su primera legislatura, al sacar a EE UU.

Netanyahu introdujo, sin embargo, en el debate últimamente el programa de misiles balísticos de Irán, pese a que Israel también lo tiene y a que no inquietaba a la comunidad internacional. En diciembre, Trump y Netanyahu se reunieron en Florida y los periodistas preguntaron al estadounidense si apoyaría un ataque de Israel a Irán por el mismo programa nuclear que, en teoría, habían destrozado apenas seis meses antes, en la anterior guerra. “Inmediatamente”, respondió. ¿Y si es contra el programa de misiles? “Absolutamente”, insistió.

Es lo que el comentarista del diario Haaretz Zvi Barel llamaba el mes pasado la versión israelí de un Oriente Próximo libre de armas: se aplica a todos los otros países, “sean armas de las que solo se puede hablar en el extranjero [nucleares] o una pistola para uso personal”. “Es el Estado de Israel”.

Esta nueva guerra culmina, en cualquier caso, el camino recorrido por Israel desde el ataque de Hamás en 2023. Ha abrazado un militarismo y expansionismo particularmente agresivo, tras apostar durante dos décadas por ofensivas periódicas (como en Gaza en 2008, 2012, 2014 y 2021), en una estrategia llamada “cortar el césped”.

Aunque tiene uno de los ejércitos más poderosos del mundo y uno de los pocos con armamento nuclear, ha parido un cambio estratégico, a raíz de aquella jornada letal, que consiste en desconfiar de la diplomacia, ir a por las capacidades ajenas (sean una amenaza real o percibida) y expandir sus fronteras. Cuanto más, mejor, alegrando tanto a los militares deseosos de la denominada “profundidad estratégica” como a los nacionalistas religiosos que aspiran a colonizar la Tierra de Israel, un concepto territorial, de origen bíblico y sin límites claros, que abarca las actuales Israel y Palestina y partes de Jordania, Líbano, Siria e Irak.

Aunque afloran sus diferencias de objetivos al empantanarse una operación que pretendían rápida, alistar a EE UU contra Irán ha sido otra victoria. Al menos a corto plazo. Israel sigue contando con plácet para lanzar guerras porque puede (militar y diplomáticamente) cuando ve la oportunidad. Ha sucedido ahora: Teherán venía de reprimir las protestas ciudadanas a sangre y fuego y apenas contaba con milicias aliadas a las que pedir ayuda. Solo se ha sumado la libanesa Hezbolá.

Superioridad incuestionable

En sus últimos dos años y medio de guerra en guerra, Israel no solo ha reafirmado su incuestionable superioridad armamentística y de inteligencia, sino también la solidez del vínculo con EE UU, incluso con una acusación de genocidio en el Tribunal de La Haya y con Netanyahu bajo orden de arresto por presuntos crímenes de guerra y contra la humanidad en Gaza. También la dificultad de otros socios para renunciar a los giros lingüísticos en las condenas que emiten con claridad en otras partes del mundo.

Líbano y Siria son dos buenos ejemplos de su posición de fuerza. En noviembre de 2024, firmó un alto el fuego con el primero tras dos meses de guerra en el que se comprometía a abandonar por completo el territorio libanés y detener los bombardeos. En vísperas de la retirada plena, anunció que mantendría cinco posiciones militares. Vulneraba el acuerdo, pero EE UU —garante del pacto, con Francia, y quien de verdad decide— lo legitimó.

El texto, lleno de cabos sueltos, le daba en la práctica carta blanca para actuar militarmente ante lo que percibiese como una amenaza. El resultado: durante año y medio de tregua, Hezbolá no lanzó un solo proyectil, hasta el pasado día 2, en apoyo a Irán.

En el mismo periodo, las Fuerzas Armadas de Israel mataron en bombardeos casi diarios en Líbano a casi 400 personas, más de 130 de ellos civiles, acusando a la milicia de intentar reorganizarse a escondidas. Preguntado al respecto, Trump dijo: “Hezbolá se está portando mal”.

Es una situación similar a la de Gaza. El alto el fuego del pasado octubre atraviesa un impasse que conviene a Netanyahu. Las milicias de la Franja no han lanzado un solo proyectil, pero los bombardeos israelíes siguen siendo diarios. Cuando el ejército da cuenta de un opaco ataque previo contra sus tropas, los muertos han llegado al centenar. El resto suele ser una rutina de un solo dígito. Trump ha asegurado que no tiene “ningún problema” con el comportamiento de Netanyahu en el alto el fuego, pero que Hamás vivirá “un infierno” si no se desarma (otro compromiso del acuerdo) en un “periodo de tiempo muy corto”.

En Siria, Israel aprovechó la sorpresa ante la caída relámpago de Bashar El Asad y el fin de 13 años de guerra civil para ganar territorio. Ya ocupaba los Altos del Golán desde la Guerra de los Seis Días de 1967 y ha avanzado desde entonces, en vulneración del armisticio de 1974.

En este contexto, su principal reto ahora es transformar estos éxitos tácticos en estratégicos y duraderos, sabiendo que el uso de la fuerza puede hacer olvidar los límites del propio poder. Es lo que avisa la analista Zonszein al recordar “la pregunta central que ha impulsado la política israelí desde hace décadas: si el dominio militar en Oriente Próximo puede, en realidad, traducirse en seguridad duradera”. “Un Israel que emerge de esta guerra como militarmente imbatible podría salir aún más aislado políticamente. Una potencia dominante no solo disuade”, advierte. “También concentra resentimiento”.

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