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Los gazatíes se afanan en sobrevivir mientras Estados Unidos diseña su futuro a sus espaldas

Palestinos de la Franja relatan su día a día, que apenas ha mejorado en los casi cuatro meses de alto el fuego

La presentación que el yerno de Donald Trump, Jared Kushner, hizo el pasado jueves en el Foro de Davos del futuro de Gaza como una especie de Dubái lleno de rascacielos dedicaba una diapositiva al comité de tecnócratas palestinos que gestionará el día a día de la Franja. Pero el megalómano proyecto ha sido concebido tan lejos de Gaza que nadie se dio cuenta de que el nombre en árabe del comité era incomprensible: escrito de izquierda a derecha (el árabe va a la inversa) y con las letras desconectadas. Mientras Kushner hablaba de las oportunidades de inversión, los bombardeos israelíes en Gaza (que oficialmente está en pleno alto el fuego) mataban ese mismo día a cinco personas, un bebé perecía de hipotermia y cientos de miles se refugiaban de las lluvias y el frío en tiendas de campaña.

Faiza ―una gazatí relativamente privilegiada, porque vive de alquiler en un apartamento― andaba ese día haciendo todas las tareas a las que no estaba ”acostumbrada”: encender un fuego para poder cocinar (sigue sin haber electricidad), moverse por la capital “esquivando aguas residuales e inundaciones” y pagar por cargar cada aparato electrónico.

“Aquí, en Gaza, hacemos bromas del ‘plan maestro’ [presentado por Kushner]. Como riéndonos de que nos ha prometido que vamos a ser ricos y la Riviera de Oriente Próximo […] En realidad, escapamos de nuestros sentimientos porque lo que pasa está fuera de nuestras manos, de la gente corriente. Otros toman decisiones locas y estúpidas y nosotros pagamos el pato. Yo lo que estoy es esperando a que abran [el paso de] Rafah para marcharme y reunirme con mi familia [que se marchó en 2024, en los primeros meses de invasión]. Muchos piensan como yo”, explica Faiza por mensaje telefónico de voz, ya que Israel impide el acceso libre a Gaza a la prensa extranjera desde el inicio de la invasión, hace más de dos años.

La reapertura de Rafah ―el paso fronterizo entre Gaza y Egipto cerrado desde que Israel lo tomó hace año y medio― es un compromiso del alto el fuego que el Gobierno del primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha venido incumpliendo. Parte de su equipo presiona para abrirlo solo de salida, a fin de promover la limpieza étnica de Gaza, en vez de en ambos sentidos, como marca el acuerdo que Israel selló con Hamás el pasado octubre por mediación de Estados Unidos.

El jueves, en Davos, se anunció que el paso fronterizo finalmente reabrirá la próxima semana en ambas direcciones, pero Israel (que controlará quién lo cruza) quiere restringir el número de entradas para que sea inferior al de salidas, para vaciar Gaza poco a poco, según informó el viernes la agencia Reuters en base a tres fuentes al tanto de la decisión.

Kushner y el enviado de Trump para Oriente Próximo, Steve Witkoff, están en Israel desde el sábado para hablar del futuro de Gaza. A principios de mes, el presidente de EE UU anunció que entraba en vigor la segunda y última fase del alto el fuego, en la que teóricamente ha de producirse la reconstrucción de la Franja, el desarme de Hamás, la retirada de las tropas israelíes y el despliegue de una fuerza multinacional.

Sobre el terreno, sin embargo, la situación no dista mucho de la de los dos años previos. El ejército de Israel sigue causando a diario víctimas mortales en bombardeos o disparos. Tres este sábado, incluidos dos niños. Once, entre ellos tres periodistas y dos menores, el pasado miércoles, en vísperas de que Kushner presentase su plan, con el desarme de Hamás como prioridad y sin mencionar las vulneraciones israelíes.

Las tropas de Netanyahu no se han retirado del enclave, como debían, y tampoco hay fecha para que una fuerza multinacional asegure el control de la zona de Gaza —casi la mitad— que está aún en manos del movimiento islamista. “Creo”, elabora Faiza, “que hemos alcanzado un nivel en el que ya no sentimos. Es como una mezcla de enfado, miedo y tristeza. La gente en la calle, mis amigos, vecinos y colegas en el trabajo, todos nos sentimos perdidos”.

Con todo esto a su alrededor, otro gazatí, Tamer Nahed, carga contra los planes de EE UU de convertir Gaza en un nodo vibrante con pleno empleo. “Son ellos quienes destruyeron toda la ciudad con sus misiles y su incansable apoyo a Israel, y asesinaron aquí a más de 100.000 inocentes”, remarca, sumando la estimación de desaparecidos bajo los escombros a los más de 71.500 palestinos cuya muerte ya fue confirmada por las autoridades sanitarias.

Es el mismo hartazgo ante los planes diseñados desde fuera que trasladaba una madre desplazada, Manal al Quqa, a la cadena Al Jazeera: “Cada vez que anuncian algo sobre el pueblo palestino, nuestro sufrimiento no hace más que aumentar. ¿De qué paz hablan, si sobre el terreno no hay ni paz ni seguridad?”.

Inundaciones

Nahed, por ejemplo, vive con toda su familia, de alquiler, en una sola habitación tras mucho tiempo en una tienda de campaña. Paga el equivalente a casi 600 euros: con tantas casas en ruinas, los precios en Gaza por cuatro paredes superan a los de algunas capitales europeas. Las dos viviendas de su familia son hoy escombros, cuenta. “No hemos podido acercarnos a ellas para intentar recuperar algún mueble, ropa o mantas. Nada. Nos impiden llegar porque está considerada zona peligrosa, aunque está echada abajo entera”.

Esa “zona peligrosa” es más allá de la Línea Amarilla donde EE UU pretende comenzar a reedificar. “Creíamos que sería algo mejor vivir en una casa que en una tienda, pero, como las ventanas resultaron completamente destruidas en un bombardeo, la lluvia inunda la casa igual y no se puede calentar”, lamenta por mensajes de WhatsApp.

El relato de sus miserias cotidianas es muy similar al de los días más duros de los bombardeos: “Nos faltan mantas. Yo tengo tres o cuatro camisetas, dos de las cuales me ha dejado un amigo. Cocinamos con leña porque no hay gas y, cuando lo hay, es muy caro. Tengo que llevar cargando agua potable dos kilómetros para que podamos beber y, para asearnos, la subo a mano hasta el séptimo piso del edificio cuatro días por semana”, relata.

Sí han cambiado algunas escenas en el 42% de la Franja que está bajo mando del Gobierno de Hamás, es decir, donde vive prácticamente toda la población. Hay menos gente cargando heridos entre gritos o niños esqueléticos muriendo de hambre. Donde más se ha notado la mejoría es en los mercados, tras meses de bloqueo completo en la entrada de alimentos que figuran entre los motivos por los que una comisión independiente de investigación nombrada por la ONU concluyó el pasado septiembre que Israel estaba cometiendo genocidio en Gaza, en línea con la mayoría de expertos en el ámbito.

Aunque Israel sigue incumpliendo el compromiso de entrada de ayuda humanitaria (un mínimo de 600 camiones diarios) que firmó en octubre, los gazatíes coinciden en que la situación ha mejorado, con más productos accesibles y precios más bajos. La entrada de más camiones comerciales ha generado la paradoja de que se pueda encontrar una barrita del popular chocolate de Dubái en torno a los 25 shekels, cerca de siete euros, según los testimonios en redes de quienes lo prueban como si fuese un tesoro. “Permiten que entre pollo o chocolate, pero están a precios desorbitados que no nos podemos permitir”, explica Nahed.

Mientras, siguen faltando por ejemplo medicamentos básicos. Ante su escasez, farmacéuticos o auxiliares negocian informalmente trueques de aquellos que tienen en stock para tres meses por los que les faltan, a fin de cubrir las necesidades más básicas, explica un trabajador humanitario extranjero que se encuentra en Gaza. “Las unidades sanitarias están empezando a desinfectar gasas para reusar. Antibióticos, paracetamol, ibuprofeno o medicamentos para enfermedades no transmisibles (antihipertensivos, insulina…) están agotados o casi agotados. Algunas unidades sanitarias que dependen del Ministerio de Sanidad [del Gobierno de Hamás en Gaza] llevan más de cinco semanas sin recibir suministros, cuando los deberían recibir semanalmente”, añade.

Son todas las cosas que marcan la vida de más de dos millones de personas, pero no aparecen ni siquiera mencionadas en el plan de Kushner. Por ejemplo, cómo se gestionará la retirada de municiones que están aún por explotar en el territorio donde más bombas por metro cuadrado han caído desde la Segunda Guerra Mundial. Cada día resultan heridos niños al jugar entre los numerosos escombros. Esta misma semana, un vídeo mostraba a un pequeño en Rafah buscando papel y plástico dentro de un contenedor para que su familia pudiese alimentar una hoguera y cocinar. La madera está cara y varios niños han muerto por fuego israelí al intentar conseguirla al otro lado de la Línea Amarilla.

Tampoco explicó Kushner dónde vivirán los gazatíes durante la reconstrucción, que comenzará teóricamente con una “nueva Rafah” (ahora un manto de ruinas controlado por el ejército israelí) y terminará en la capital, Ciudad de Gaza, hoy bajo Gobierno de Hamás. La mayoría de la población está en una franja de tierra que abarca partes de Ciudad de Gaza y la mayor parte de la costa.

El vicesecretario general de Nacionales y director ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos, Jorge Moreira de Silva, ha subrayado esta semana, tras regresar de Gaza, que la Franja sigue siendo “básicamente escombros y tiendas de campaña inseguras”, con más de 60 millones de toneladas de escombros (30 toneladas por persona de media) que podría llevar más de siete años retirar. “El verdadero asunto es el calendario […] Lo que necesitan en Gaza son servicios básicos inmediatamente. Mientras esperamos a los edificios de la reconstrucción, no procrastinemos”.

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