Netanyahu reescribe los términos del alto el fuego en Gaza
El primer ministro israelí utiliza su posición de fuerza para aplicar la tregua con un enfoque distinto del inicial, con la luz verde de Trump

Lo dijo dos veces, para que no quedasen dudas. Este martes, en el Parlamento, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dejó claro que, tras la recuperación del cadáver del último rehén en Gaza, la siguiente fase del alto el fuego “no es la reconstrucción” de la devastada Franja, sino “el desarme de Hamás y la desmilitarización de Gaza”.
Lo viene apoyando en sus últimas declaraciones el padre de ese mismo alto el fuego, Donald Trump: en diciembre aseguró que no le preocupaba “nada de lo que Israel está haciendo” y ha amenazado a Hamás con la destrucción si no se desarma, pese a que el plan lo presentaba inicialmente en paralelo al despliegue de una fuerza internacional (aún no anunciada) y a nuevas retiradas israelíes, que controla más de la mitad de Gaza.
Netanyahu, que utiliza desde hace meses su posición de fuerza para incumplir otros apartados del alto el fuego e imponer a Hamás una adherencia total, coloca ahora el desarme como prerrequisito, a la vez que reitera que “nunca habrá un Estado palestino” y ordena bombardeos a diario. Expertos israelíes y palestinos pronostican que el enfoque llevará el alto el fuego a un callejón sin salida.
Cuando, en los próximos días, Israel permita la reapertura de Rafah, el paso fronterizo entre Gaza y Egipto, será una de las escasas buenas noticias para los más de dos millones de habitantes de la Franja (la mayoría, aún desplazados) desde el inicio del alto el fuego, el pasado octubre. El resto ha sido, más bien, un alivio parcial. Los bombardeos israelíes son bastante más limitados, pero han matado a más de 500 personas durante el alto el fuego.
La presencia de un último rehén en Gaza (a cuyo hallazgo guio Hamás y que implicó la apertura de más de 200 tumbas) era uno de los argumentos que Israel esgrimía para mantener Rafah cerrado. La presión de EE UU le lleva ahora a abrirlo y, como marca el alto el fuego, en ambas direcciones.
Pero Netanyahu pretende contentar a su vez a Washington y a sus socios más radicales de coalición (que aspiran a la limpieza étnica de Gaza) asegurándose de que salga más gente de la que entra. Aunque el paso estará gestionado por fuerzas palestinas con presencia de la Unión Europea, Israel controlará las listas de quiénes pueden o no cruzarlo. Es una vulneración del espíritu del acuerdo de alto el fuego, que estipula: “Nadie será forzado a abandonar Gaza, y quienes deseen irse serán libres de hacerlo y de regresar. Animaremos a la gente a quedarse y les ofreceremos la oportunidad de construir una Gaza mejor”.
El concepto de desarme de Hamás y desmilitarización de Gaza son, además, lo suficientemente vagos como para mantener a cientos de miles de palestinos malviviendo años en tiendas de campaña. Se encuentran en el más del 40% de la Franja en manos de Hamás. Sin embargo, la reconstrucción (según el rimbombante proyecto al estilo de Dubái que presentó la semana pasada en Davos el yerno de Trump, Jared Kushner) comenzará en Rafah, en el sur que Israel controla y sigue convirtiendo en escombros, con demoliciones, pese a la tregua. Kushner ―como Trump, magnate inmobiliario― manifestó en Davos que no habrá reconstrucción sin desmilitarización, tergiversando el contenido original del plan y llevando en la práctica agua, electricidad e infraestructuras allí donde no vive prácticamente nadie y manda el ejército de Israel.
El punto 16 del acuerdo (más preciso sobre la primera fase que permitía a Israel recuperar los rehenes que sobre la segunda, que busca convertir el cese temporal en permanente) dibujaba el desarme en el marco de un triángulo de factores que avanzasen al unísono: “A medida que la misión internacional establezca control [en Gaza], el ejército de Israel se retirará basándose en plazos [pendientes de negociar] vinculados a la desmilitarización”. El texto contempla el despliegue de una fuerza internacional ―todavía en formación― que debe expandir su presencia en el enclave a medida que las milicias palestinas se desarmen y que las tropas israelíes se replieguen hasta limitarse a una franja de unos pocos kilómetros, que pretende controlar permanentemente.
“Todos estos factores están entrelazados”, advierte Yehuda Shaul, codirector de Ofek, un centro de análisis israelí que busca una resolución pacífica al conflicto. Alega que Hamás no entregará las armas sin un horizonte soberano para los palestinos inexistente en el plan, lo que impedirá el despliegue de la misión internacional. “Y sin esa fuerza en Gaza, el ejército israelí no se irá. Así que no veo cómo todo esto puede llegar al final”, detalla por teléfono. Shaul se pregunta “qué incentivo tiene Netanyahu para frenar ahora” y denuncia que la comunidad internacional tenía que haber “doblado la presión” sobre las partes en el momento en el que nació la tregua, pero ha sucedido “lo contrario”.
Suhail al Hindi, uno de los miembros del Buró Político de Hamás, se pronunciaba en este sentido este martes, en la cadena de televisión Al Araby, sobre la exigencia de desarme. “Antes de hablar de [la entrega de] las armas de la resistencia [las facciones armadas palestinas], hay que preguntar: “¿A qué se ha comprometido la ocupación? [Israel]”, lamentaba.
Hamás busca ahora incorporar a sus 10.000 policías a la nueva administración tecnocrática palestina para Gaza, respaldada por Estados Unidos y a la que se ha comprometido a ceder el poder, según ha informado la agencia Reuters. También está dispuesta a una tregua de larga duración y a entregar algunas de sus armas, y neutralizar otras, pero teme quedar desprotegida y exige un horizonte que pinte distinto ante los suyos que una rendición casi incondicional.
EE UU ha presentado este enero algunos de los órganos que deben constituir la gobernanza transitoria del enclave al margen de Hamás. El mencionado comité tecnocrático palestino asumirá el día a día de Gaza y la Junta de la Paz, presidida por Trump, supervisará el gobierno del enclave. Pero las incongruencias y salvedades del propio plan, que legitima la ocupación mientras Gaza resulte “una amenaza”, desincentivan el desarme palestino.
“Este proceso debería de tener un canal de seguridad y otro político en paralelo”, considera Xavier Abu Eid, asesor del equipo negociador de la Organización para la Liberación de Palestina durante más de una década hasta 2020. El canal de seguridad es el desarme palestino. “Pero, ¿cuáles son las garantías políticas?”, se pregunta por vía telefónica desde Ramala.
El acuerdo de alto el fuego también ponía negro sobre blanco el “comienzo inmediato de la plena entrada” de ayuda humanitaria, con 600 camiones diarios como mínimo. Israel, en cambio, ha jugado con la cifra en función de los avances en la entrega de rehenes. El Gobierno de Hamás cifra hoy el número que entra en 261 diarios. Israel asegura que está cumpliendo sus obligaciones.
Los gazatíes se quejan, además, de que buena parte de los bienes no corresponden al canal humanitario, sino al comercial, que no siempre responde a las necesidades de la mayoría. Hoy, en Gaza, faltan bienes básicos y medicamentos, pero se pueden encontrar ―a precios desorbitados― otros prescindibles. Solo ahora, por vez primera en más de dos años de invasión, ha permitido Israel la entrada de kits de aprendizaje para niños en las escuelas, con lapiceros y cuadernos de ejercicios, según informó este martes la agencia de la ONU para la Infancia, Unicef.
“Lo que estamos viendo puede ser el nuevo statu quo”, dice Shaul, en referencia a la Línea Amarilla, supuestamente temporal, que separa la parte en manos de las tropas israelíes de la otra, donde permanecen encapsulados dos millones de palestinos. “¿Puedes imaginar al pueblo gazatí en esa reducción de territorio sin que haya una explosión de violencia? Para mí, es difícil”.
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