¿Quién incendió los cables? Un mes después, Alemania no da con el culpable del gran apagón de Berlín
La recompensa de hasta un millón de euros no logra romper el misterio en torno a Vulkangruppe, la organización de extrema izquierda que reivindicó el atentado


Ha pasado más de un mes y el misterio sigue abierto. ¿Quién provocó el 3 de enero el incendio que en plena ola de frío dejó durante varios días a 45.000 hogares en Berlín sin electricidad, internet ni calefacción? Se sabe el nombre de la organización de extrema izquierda que reivindicó el sabotaje: Vulkangruppe, el Grupo Volcán. Poco más.
Tal es el desconcierto de los investigadores y tales las dificultades para conocer la identidad precisa de los autores, que el Gobierno federal ha ofrecido una recompensa de hasta un millón de euros para quien ayude a aclarar el caso. El episodio evidencia la fragilidad de las llamadas infraestructuras críticas. Y suscita interrogantes. ¿Y si el apagón se repite? ¿Y si los ataques como este van a más?
Para llegar al lugar del incendio ―un puente de cables que conecta la orilla oeste del canal de Teltow, en el sur de Berlín, con la central eléctrica de Lichterfelde― hay que cruzar una de esas colonias típicas alemanas con casitas de madera y huertos, y caminos ahora cubiertos por la nieve. Las casas están vacías, los inquilinos suelen frecuentarlas cuando viene el buen tiempo.
En los comercios cercanos y en los postes de las calles del barrio cuelgan carteles con la recompensa. “¿Conocen algún indicio sobre el ataque o sus autores?”, se lee en el cartel. “No vi nada”, dice una de las pocas vecinas presentes este sábado, mientras saca nieve del jardín. “En invierno no hay casi nadie y, además, fue de madrugada”. Una valla impide llegar al canal.
Vulkangruppe, que los servicios de inteligencia alemanes sitúan “en el espectro anarquista”, es el principal sospechoso. El problema es que se desconoce quién integra el grupo. En el texto reivindicativo, denunciaba que, “con la avaricia por la energía, la Tierra está siendo agotada, exprimida, quemada, maltratada, devastada, violada, destruida”, y animaba a “desconectar las centrales eléctricas”.
Vulkangruppe se fundó en 2011 y ya contaba en su historial con otros ataques a instalaciones eléctricas, antenas de radio y líneas de datos, aunque con un impacto menor que el del canal de Teltow. El mayor golpe hasta ahora era un incendio en 2024 en una torre de electricidad que provocó un apagón en la factoría de Tesla, propiedad del magnate trumpista Elon Musk, cerca de Berlín.
Sobre la autoría del último sabotaje, se publicó otro comunicado en el que otro Vulkangruppe denunciaba que el primero usurpaba su nombre. Al mismo tiempo, circuló la teoría que señalaba a Rusia. “No hay que excluir nada”, dijo Roderich Kiesewetter, diputado de la Unión Democristiana, el partido del canciller, Friedrich Merz.
Un argumento de algunos defensores de esta teoría era que localizar el cable y anticipar el impacto de la acción requería unos conocimientos técnicos de los que al parecer carecen los grupúsculos de extrema izquierda. Otro argumento era que el primer texto reivindicativo contenía expresiones que parecían traducidas del ruso.
“Mirando las acciones de Rusia en el pasado, tanto en Alemania como en Europa, no se puede descartar en absoluto que actores rusos pudieran haber perpetrado algo así”, dice Felix Neumann, especialista en extremismo y terrorismo de la Fundación Konrad Adenauer. “Pero viendo la historia de Vulkangruppe y la carta de reivindicación, creo que podría tratarse de un atentado de extrema izquierda. Mientras no se aclare definitivamente el asunto, habrá que esperar al resultado de las investigaciones”.

La dificultad para aclarar la identidad de los autores, según Neumann, se explica porque, para grupos de extrema izquierda como este, el carácter anónimo es fundamental. Esto lo distingue del terrorismo islamista o ultraderechista, cuyos miembros, a menudo, ya son conocidos por las autoridades o actúan a la luz pública como en los atentados con cuchillos.
Hans-Jakob Schindler, director sénior del centro Counter Extremism Project, no duda de la autoría. Y esgrime tres motivos. El primero es que “este grupo y el extremismo de izquierdas en general practican en Alemania desde hace años la violencia contra las infraestructuras”. Las cartas reivindicativas, además, son características de estos grupos.
El segundo motivo es que también son características las disidencias internas, como muestran las distintas corrientes que se manifestaron tras el sabotaje. El tercero, porque, pese a estas divisiones, es típico de estos ambientes el aislamiento y la dificultad para las autoridades de lograr información y penetrar en ellos. “El extremismo de izquierdas”, añade, “no ha sido una de las prioridades para los servicios de seguridad alemanes”.
Klaus Pflieger fue fiscal en la Fiscalía federal durante los años de la Fracción del Ejército Rojo (RAF, por sus siglas alemanas), y se ocupó de investigaciones relacionadas con este grupo terrorista de extrema izquierda. Pflieger, ya jubilado, describe un patrón que observó en el pasado, y que teme que podría reproducirse en la lucha por el medio ambiente. Primero, manifestaciones. Después, al comprobar los activistas que las protestas no funcionan, “violencia contra objetos”, el punto actual en el caso de Vulkangruppe. Finalmente, violencia contra personas.
Nadie ha dado este paso, ni se deduce de los textos reivindicativos. Pero el veterano fiscal cree, teniendo en cuenta estos antecedentes: “La idea de que nos encaminemos hacia una RAF del clima no me parece totalmente injustificada”.
“Estoy muy descontento con el hecho de que en el pasado no se haya logrado identificar a estos grupos extremistas”, declaró el sábado el ministro del Interior alemán, el conservador Alexander Dobrindt. “Debemos intensificar la lucha contra la extrema izquierda en Alemania”.
La Oficina para la Protección de la Constitución ―los servicios de inteligencia interna alemanes― define el extremismo de izquierdas como los grupos que quieren “derrotar el orden social y estatal vigente y con ello el orden fundamental liberal y democrático”. Añade que, para lograrlo, están dispuestos a usar la violencia. Hay en Alemania, según el último informe de este organismo, 38.000 personas activas en la extrema izquierda. La extrema derecha, según el mismo informe, cuenta con 50.250 miembros.
El apagón ha dejado secuelas y lecciones. El alcalde de Berlín, el democristiano Kai Wegner, afrontó críticas y demandas de dimisión por haberse ido a jugar al tenis el día del sabotaje. El coste político, por ahora, es limitado: solo ha perdido un punto en los sondeos y su partido sigue siendo el favorito para ser el más votado en las elecciones del próximo septiembre.
Otra lección atañe al estado de las infraestructuras alemanas, degradadas por años de racanería en el gasto. Esto sucede cuando el país se prepara ante la escalada de la llamada guerra híbrida por parte de Rusia. Y, ante los escenarios que maneja el Gobierno federal sobre una hipotética guerra europea ―escenarios en los que son clave las carreteras, puentes, ferrocarriles y también la red eléctrica―, el apagón de enero envía otra señal: Alemania no está a punto.
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