¿Qué deben hacer las derechas moderadas ante el ímpetu ultra?
Muchos partidos de derecha parecen vivir atrapados en una crisis de identidad. El dilema es si acercarse a los postulados más extremos, como ha hecho el PP al pactar con Vox en Extremadura, o si luchan por mantener un perfil más centrado, como el conservador y europeísta húngaro Péter Magyar, que derrotó a Orbán con votos de centro y de izquierda moderada. ¿Qué es lo que pueden (o deben) hacer los liberal-conservadores ante la ola iliberal?


El auge de la extrema derecha es uno de los grandes asuntos de nuestro tiempo: suele citarse como una amenaza para la democracia y uno de los mimbres de las distopías por venir. La izquierda, como le corresponde, reacciona entre el horror, el desánimo y la llamada a la resistencia. En mitad del sándwich, la derecha tradicional parece vivir en la indecisión, descabalgada de la época, debatiéndose entre arrimarse al toro, con los riesgos que conlleva (la tan señalada preferencia por el original ante la copia), o mantenerse en una moderación responsable.
En España, esa indecisión parece haberse despejado con el pacto de gobierno del Partido Popular y Vox en Extremadura anunciado este jueves, que cede a la formación ultra el área de familia e incorpora propuestas del partido de Abascal, y de manera notable, algunos de sus postulados en materia de inmigración. En otros países, sin embargo, se registran movimientos en la otra dirección. En Hungría, la hegemonía de Viktor Orbán ha sido desbancada por el conservador, europeísta y no iliberal Péter Magyar, que ha cosechado apoyos de forma transversal, más allá de ideologías, entre el centro y la izquierda moderada. En Estados Unidos, Donald Trump comienza a causar rechazo entre sus filas por sus aventuras bélicas en Irán (o su célebre meme mesiánico encarnando en algo parecido a Jesucristo); y dentro de la propia derecha hay quien duda de su salud mental. Incluso la presidenta italiana, Giorgia Meloni, de raigambre posfascista, parece moderarse en el cargo y romper con las políticas trumpistas.
Y con todo, en España, a pesar del reciente pacto PP-Vox, comienzan a escucharse voces liberales y conservadoras que abogan por no dejarse llevar por los cantos de sirena de los ultras y mantener posiciones de respeto a las instituciones democráticas y contra la degradación del debate público.
Se empieza, por tanto, a configurar la respuesta a esta pregunta: ¿qué puede (o debe) hacer la derecha tradicional para lidiar con la ultraderecha?
La escisión entre ambas derechas no es novedosa: se obró en el fin del Antiguo Régimen y los albores de la modernidad. Una abrazó los nuevos tiempos y siguió los vientos de la Ilustración: quiso limitar el poder arbitrario, separar el poder político del eclesiástico, fomentar las libertades individuales o apostar, con el tiempo, por la economía de mercado. Otra luchó por mantener las jerarquías y tradiciones, los viejos privilegios, la unión del trono y el altar, en un mundo que empezaba a cambiar a toda velocidad, un cambio que pronto fue visto como decadencia. La derecha ultra, al calor de la policrisis contemporánea, prospera frente a los partidos más centrados, aupando a líderes autócratas, negando la ciencia, el igualitarismo o la democracia, dominando la conversación en las redes sociales, hipnotizando a un creciente número de jóvenes varones.
“La escisión en la derecha ha existido siempre; ahora se ha vuelto la una contra la otra”, explica Armando Zerolo, profesor de Filosofía Política y del Derecho de la Universidad San Pablo CEU y coordinador del libro La derecha desnortada (2026, Península), en el que diferentes autores afines a la derecha liberal critican la deriva autoritaria y populista. “Es curioso que se plantee que ambas derechas puedan ir en unidad, porque son incompatibles por concepto”, añade el profesor. Cree que en la derecha liberal, que ha abarcado un amplio espectro de sensibilidades, no puede caber el nacionalismo. Y se sorprende de que no se reaccione con más fuerza contra el fenómeno de los patriotas y gobernantes como Donald Trump o el ya defenestrado Orbán.
Si el centro derecha ha tratado tradicionalmente de ofrecer una imagen de moderación y solvencia, muchas veces alejada de lo ideológico, la ultraderecha actual no oculta su fuerte contenido ideológico, que expone en las batallas culturales, aun queriendo muchas veces disfrazarlo de sentido común. Si el centro derecha ha querido en ocasiones asemejarse a una aséptica tecnocracia, con llamadas a la modernización y la flexibilidad (de ahí las acusaciones de derecha “cobarde” o “acomplejada”), la ultraderecha tiene más bien un componente revolucionario.

Ese carácter revolucionario y antiestablishment tiene que ver, a juicio de algunos analistas, con el elemento populista. “Así aparece una derecha que impugna las líneas maestras del orden existente, mientras que el conservadurismo clásico tendía a guardar respeto por la tradición y las instituciones”, explica Diego Garrocho, profesor de Filosofía Moral de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de obras como Moderaditos. Una defensa de la valentía política (2025, Debate). “El populismo es un signo de nuestro tiempo”, añade.
Un relato extendido sobre la escisión la narra como fruto de las tensiones en el campo liberal-conservador, cuando los conservadores comenzaron a pensar que el liberalismo había ido demasiado lejos. Así pudo ocurrir entre el Partido Popular y Vox. “Pero no creo que Vox y otros partidos similares sean tanto partidos conservadores como partidos de ruptura”, opina Garrocho. Desde este punto de vista, el eje indicado para comprender la coyuntura no sería el que se tiende entre la izquierda y la derecha, sino el que diferencia a los populistas de los que defienden las instituciones. Hay quien afirma, como Zerolo, que esa ultraderecha ni siquiera merece el nombre de derecha, que es otra cosa con la que media una diferencia no solo cuantitativa, sino también cualitativa. Aun así, sectores de la derecha tradicional se habrían perdido por la madriguera de los movimientos ultras.
La peripecia personal de Antonella Marty es descriptiva de esta deriva. Esta politóloga argentina, autora de libros como El manual liberal o La nueva derecha (ambos en Deusto), participaba muy notoriamente en think tanks de la órbita liberal hasta que detectó la creciente presencia de corrientes autoritarias o ultrarreligiosas, lo que consideraba contrario a sus principios. “En algunos terrenos, la derecha tradicional ha tendido a correrse hacia posiciones más extremas, en parte por cálculo electoral y en parte por la presión de estas nuevas fuerzas que marcan la agenda con violencia y polarización, incluso sacándose al centro de encima”, explica. Pone como ejemplo el de varios cuadros clave de Juntos por el Cambio, el otrora partido de centro derecha de Mauricio Macri en Argentina. “Buena parte de sus dirigentes y votantes fueron desplazándose hacia posiciones alineadas con Javier Milei, hasta el punto de que figuras centrales como Patricia Bullrich terminaron integrándose en su Gobierno, y múltiples congresistas electos se pasaron a su partido”. Si en principio los dos espacios políticos competían, finalmente uno acabó absorbiendo al otro.
Otro caso notorio es el del Partido Republicano, el Great Old Party, tradicional representante del centro derecha estadounidense, ahora en manos del trumpismo. “El movimiento MAGA, que no es conservador sino radical, ha eliminado casi por completo al centro derecha. Los republicanos de centro derecha, seguidores de Reagan, que aún existen, a menudo temen expresar sus opiniones, han cambiado de parecer o se han retirado de la política”, explica por correo electrónico la analista estadounidense Anne Applebaum, autora de ensayos como Autocracia S.A. Los dictadores que quieren gobernar el mundo (2024, Debate). Para la pensadora estadounidense, las diferencias son tanto ideológicas como metodológicas: mientras que, históricamente, los republicanos han creído en el libre comercio, el Estado de derecho y la idea de que Estados Unidos debería ser el líder de las democracias del mundo, “por el contrario, el movimiento MAGA ha apoyado los aranceles, una injerencia estatal sin precedentes en los mercados y las empresas, y una corrupción a una escala nunca vista. Desafía y socava la constitución y el Estado de derecho; no cree que Estados Unidos deba liderar el mundo democrático y, en cambio, ve al país como un Estado transaccional y depredador sin aliados permanentes”.
¿Cómo responder a la ultraderecha?
¿Qué puede hacer la derecha de toda la vida ante este ímpetu ultra? El caso húngaro es un ejemplo: tratar de atraer a un electorado transversal y no necesariamente siguiendo el eje izquierda-derecha. Algo parecido sucedió en Polonia en 2023 cuando el moderado Donald Tusk consiguió relevar al radical Partido Ley y Justicia. Anteriormente en Hungría se optó por coaliciones de partidos de todo signo contra Orbán, pero sin éxito. En el caso de Magyar, la campaña se ha centrado en la denuncia de la corrupción sistémica: “Los húngaros han aprendido que la división política más importante es la que existe entre autoritarios y cleptócratas, por un lado, y quienes creen en la democracia, la transparencia y el estado de derecho, por el otro. Ante una amenaza autoritaria, es fundamental crear coaliciones amplias y diversas desde el punto de vista ideológico”, dice Applebaum. La derecha moderada también puede esforzarse en ofrecer respuestas menos incendiarias a los asuntos en la agenda ultra. La fórmula sería una mezcla de límites claros, eficacia política y liderazgo.

En ese brete se encuentra en España el Partido Popular, siempre en un extraño baile con Vox, del que no sabe muy bien si alejarse para mantener el aire de moderación o acercarse para competir en su propio terreno, con el antes citado riesgo de confundirse con los ultras y salir perdiendo. Mientras tanto, Vox marca con frecuencia la agenda y polariza el debate. No siempre es así: en Alemania los partidos tradicionales tienden un cordón sanitario para aislar a los ultraderechistas de Alternativa por Alemania, no sin voces críticas desde la derecha tradicional, que creen que ese aislamiento favorece a los ultras al presentarles como la única alternativa al sistema. También sucede en Francia, a pesar de que Marine Le Pen logró un proceso de “desdiabolización” del Frente Nacional heredado de su padre y consigue absorber a votantes de la derecha tradicional.
Otra vía podría ser la denuncia de los discursos. “Seguir llamándoles ultras o extremistas ya no sirve como voz de alarma”, dice Diego Garrocho, “es preciso señalar sus contradicciones, mostrar las incoherencias concretas en su programa, no combatirlos solo desde el miedo”. En Estados Unidos, la adhesión del movimiento MAGA y el silencio de la derecha tradicional parecen resquebrajarse por las políticas erráticas de Trump, las consecuencias de la guerra de Irán y su discurso mesiánico y apocalíptico: “Una civilización entera morirá esta noche”, escribió el presidente en redes sociales. No todo el mundo quiere acompañarle en esas diatribas.
La derecha tradicional puede además llevar a cabo un activismo democrático, en el sentido en el que lo describe Anne Applebaum: para la vigencia de la democracia no basta con la existencia de las instituciones, no hay que darla por sentada, sino ponerse manos a la obra. Combatir la apatía, defender las reglas, señalar los abusos y el autoritarismo, proteger esas instituciones. La democracia no se defiende sola.
“La derecha liberal debe existir, recordar su historia y hacerla”, dice Armando Zerolo. Opina el profesor que la derecha española ha tenido una mala maestra y ha ejercido otro tipo de activismo: “Desde la época de Zapatero se ha fijado en los métodos de la extrema izquierda: la protesta en la calle, los escraches, el activismo en redes. La actividad parlamentaria es muy lenta, poco visible y poco eficaz, así que se optó por la agitación cultural”. Tampoco es algo exclusivo de la derecha española. En su genealogía de las nuevas derechas, el investigador Franco Delle Donne, autor del libro (y podcast) Epidemia ultra (2025, Península), cifra su origen en la idea de decadencia de la civilización occidental, que emana de la obra del filósofo alemán Oswald Spengler y contribuye al surgimiento de los fascismos de los años treinta. Derrotados en la Segunda Guerra Mundial, el hilo se retoma en la Nouvelle Droite francesa de Alain de Benoist, que toma como inopinado referente al teórico comunista italiano Antonio Gramsci: la batalla por la hegemonía debía librarse en el campo de la cultura. Esa inspiración se ha hipertrofiado en esta era apocalíptica y digital. “Cuando la derecha aprende de la izquierda los métodos gramscianos, ahí se produce la derrota de la derecha”, piensa Zerolo.
El antisanchismo es la corriente que adjudica al presidente Pedro Sánchez todos los males del mundo, sin ofrecer demasiada alternativa. Ejemplo: en la reciente derrota de Orbán, la diputada Cayetana Álvarez de Toledo llamaba a acabar con el presidente definiéndole como “el Orbán del sur”. Una rémora para la derecha moderada española que, según Zerolo, vive obsesionada con este enemigo total: “La derecha liberal lleva años ahorrándose un debate interno: el antisanchismo ha sido la gran excusa para no debatir sobre lo que se quiere hacer. Sánchez no es el comodín para cualquier cosa”. El profesor aboga por presentar un programa ilusionante que vaya más allá de la expulsión del líder socialista: “A los votantes españoles no nos basta con acabar con Sánchez. Queremos oír hablar de economía social y de mercado, de Estado de derecho, de la Unión Europea y la OTAN, de la Monarquía y la Constitución. Queremos repensar las libertades individuales”.
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