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Nadia Yala Kisukidi, filósofa: “Ser negro es la sensación de ser muy visible a la vez que hiperinvisible”

La pensadora congoleña-francesa, referente del pensamiento africano, cree que EE UU está desmantelando la lucha por la igualdad en el país

Nadia Yala Kisukidi

Tras 15 años en el mundo académico, la filósofa Nadia Yala Kisukidi (Bruselas, 47 años) está considerada como uno de los referentes del pensamiento africano contemporáneo. Es autora, entre otros, de Dialogue transatlantique (diálogo transatlántico) y del ensayo Bergson ou l’humanité créatrice (Bergson o la humanidad creadora). Ha editado el volumen Afrocentricités (afrocentricidades) y escribe en el volumen Colonisations. Notre histoire (colonización, nuestra historia. Ninguno de sus libros ha sido traducido al español). En la actualidad enseña literatura francesa y pensamiento crítico en la Universidad de Nueva York (NYU), ciudad adonde llegó hace un año con su pareja y su hija, sin decidir aún cuánto tiempo se quedará.

Hija única de un congolés exiliado durante la dictadura de Mobutu Sese Seko y una franco-italiana, la infancia de esta filósofa congoleña-francesa estuvo marcada por los sentimientos ambivalentes que le produjo la diáspora en su padre: el deseo persistente de volver y la conciencia de que ese regreso, muchas veces, nunca llega a materializarse. Para Kisukidi, quienes viven en la diáspora tienen un don divino, el de vivir en dos lugares a la vez, mientras que su esencia está ligada a un lugar físico distinto al que habitan. Creció creyendo que volvería al Congo con su familia al acabar el régimen dictatorial, pero aquella idea terminó por desvanecerse con la muerte de su padre. De esa experiencia, que concentra la complejidad de la diáspora y un retorno que constantemente se pospone, hablará en su próximo libro, que se publica este año en Francia.

La conversación transcurre por las calles de un Nueva York nevado, a -14 grados, hasta llegar a la sala de juntas de la Maison Française, un edificio del siglo XVIII perteneciente a NYU, reconvertido en centro cultural. Allí repasa su trayectoria y comenta su participación el 18 de febrero en Black Urbanities, unas jornadas coorganizadas por el CCCB y el Macba en Barcelona, donde abordará la posibilidad de recuperar utopías tan pertinentes como el pensamiento decolonial. Se muestra, sobre todo, cauta. Por momentos, esquiva. Es muy consciente de que es una persona racializada y que ha llegado a EE UU como inmigrante en un momento dramáticamente convulso para las minorías.

Pregunta. Dentro de poco visita España para participar en una conversación sobre nuevos imaginarios negros en la ciudad.

Respuesta. Quiero hablar de archivos utópicos que han caído en el olvido y visibilizar que en el siglo XX África era un laboratorio de utopías e insurrección del que nadie se percató, pese a que África desarrolló este ejercicio de imaginación radical durante más de un siglo. De ahí surgió una de las utopías más relevantes: la decolonización. La utopía no está muerta, no ha desaparecido. Es más, es muy necesaria ahora que nos volvemos a enfrentar al imperialismo y hemos de alimentar nuestros sueños de independencia. Hay que leer a Lumumba (líder independentista y primer ministro del Congo), Eboussi Boulaga (filósofo camerunés), Mongo Beti (escritor camerunés).

P. Sigue defendiendo la laetitia africana, la reafirmación de la vida y la alegría pese a la tragedia de la historia.

R. Me posiciono contra la melancolía teórica, no quiero confundir el no-ser con el ser. En la actualidad hay tanta fascinación por la derrota, por las ruinas, por corroborar cómo el mundo que compartimos se derrumba, que a veces esa obnubilación no nos permite ver los pequeños movimientos de resistencia. Rechazar la melancolía es rechazar la prominencia del no-ser y alienarse con las fuerzas que se pretenden combatir.

P. No se trata de adoptar un positivismo forzado, sino de recuperar poder sin anclarse en la victimización.

R. Eso es. Yo no estoy contenta con este momento histórico, pero presto atención a lo que está vivo. Por poner un ejemplo, durante las elecciones de 2018 en la República Democrática del Congo (RDC) se dieron un cúmulo de circunstancias que incluían conflictos armados de las milicias y propagación del ébola, y en algunas zonas, como en Beni, se les prohibió a los ciudadanos votar, considerando que hacerlo podría poner en peligro sus vidas. Y aquí surge la historia de resistencia: la gente se organizó por su cuenta para crear una votación simbólica, aun sabiendo que sus votos no serían contabilizados oficialmente. Los ciudadanos decidieron hacer una demostración de lo que es la democracia delante del poder como una forma de decir “si a ustedes no les importa, a nosotros sí, porque existimos”. A este acto yo lo llamo revolución, aunque durase solo un día, y creo que debe darse a conocer. La laetitia africana tiene mucho que ver con cultivar la habilidad de ser capaces de identificar estos gestos de resistencia, que son recursos clave para recuperar nuestra fuerza.

P. Ha escrito mucho sobre la disociación que produce el racismo.

R. Es la sensación de ser muy visible a la vez que hiperinvisible porque la gente no nos ve como una persona con deseos, ve nuestra raza, la negritud. El racismo no son solo los insultos, sino también las jerarquías de poder fundadas mediante mentiras. Existimos porque somos el producto de la imaginación de otros, que nos inventan continuamente desde una mirada racista. Hablo de cómo se ríen de nosotros, de los monos, de los plátanos. Las personas racializadas tenemos que hacer un esfuerzo para reapropiarnos de nuestro cuerpo. Decir que los negros somos humanos, no monstruos; somos seres civilizados, no animales de la selva; somos hermosos, no feos. La otra opción es optar por escaparnos de este mundo.

P. A eso se refería en su novela La dissociation (la disociación) cuando la protagonista menciona que solo quería ser espíritu.

R. No desde una perspectiva cristiana o espiritual, sino del abandono del cuerpo racializado, que puede ser una gran decepción. La gente habla de violencia racial pensando que el deseo de vivir no tiene derecho a habitar nuestros cuerpos.

P. Lo que estamos presenciando, desde Gaza hasta la racialización de las comunidades negras y latinas, no es una suma de conflictos aislados, sino la persistencia de un sistema global que jerarquiza vidas. ¿Qué opina sobre la política del país y del mundo?

R. Es muy complicado para mí hablar de la situación de EE UU siendo una inmigrante aquí, que depende de una visa. Echo mucho de menos mi ciudadanía porque me siento impotente. Pero puedo decir que estamos ante un movimiento en el que un país se está reinventando a partir de un discurso racial y no creo que un régimen político fundado sobre la esclavitud pueda llamarse democracia. La democracia estadounidense existe gracias a la lucha de la población negra en este país y este legado es el que ahora está siendo desmantelado por la Administración.

P. Estamos normalizando la injusticia.

R. Si toleramos que alguien sea asesinado por su raza, estamos aceptando también que la democracia pueda ser destruida y que algunas personas tengan derecho a vivir mientras que otras no. En Francia hubo un caso en el que un ciudadano fue asesinado por el aparato estatal y los medios de derechas empezaron a presentarlo como un criminal, justificando su muerte como si no fuera un escándalo. En la actualidad se está normalizando la mirada racializada que decide no solo si alguien tiene derecho a vivir, sino quién merece justicia.

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