Miguel Ángel Arenas, ‘Capi’, descubridor de Alejandro Sanz y Mecano: “Mi gran éxito ha sido luchar más por los demás que por mí”
El legendario cazatalentos de los años ochenta y “padre” de la Movida madrileña va a cumplir medio siglo de carrera. En su largo haber: los Pecos, Tequila o Alaska. “Nadie tiene un currículum como el mío, ni los presidentes”, asegura


A los cinco años, Miguel Ángel Arenas, Capi, vio a Dios. “A ver, yo no era Santa Teresa de Jesús. Era solo un crío, pero se me presentó y tuve unas percepciones que me han acompañado toda mi vida. Sé ver más allá. Y cuando veo algo, en el fondo me molesta. No quiero tener esas sensaciones de adelantarme a los acontecimientos, pero no lo elijo. Es un don”, explica Arenas (Madrid, 68 años) con una normalidad arrolladora. Una antigua talla de San Jorge, el soldado romano convertido en mártir, vigila el salón de la casa del legendario cazatalentos. En el techo de este piso palaciego en el madrileño Barrio de las Letras se despliega un fresco que recrea un firmamento celestial.
Capi, hijo de un artista imaginero, lleva casi 50 años obrando sus propios milagros, empleando el don de la clarividencia para predecir quién será la próxima gran estrella de la música española. En 1978, con 20 años, lanzó el primer trabajo del grupo Tequila. Luego descubrió a los Pecos, Radio Futura, Mecano, Alaska y los Pegamoides, Nacha Pop, Tijeritas y Alejandro Sanz, entre otros. También produjo a monstruos sagrados del flamenco como Paco de Lucía o Arturo Pareja-Obregón. Alguien dijo una vez que cuando Capi estornuda, la industria vive 10 años más. “Nadie tiene un currículum como el mío, ni los presidentes”, sentencia. “Nadie que haya pasado por mi filtro ha fracasado. Todos mis descubrimientos han sido y son muy grandes, son historia de la música. Solo me faltó descubrir a los Hombres G, y mira que los conozco desde que eran jovencitos”.
Miguel Bosé siempre dice que es “hijo de Capi”. Ana Torroja hizo una mención especial al cazatalentos cuando recibió el Premio a la Excelencia Musical en los Latin Grammy de 2023. Bibiana Fernández, lanzada a la música por él en los años ochenta, asegura que si le hubiera hecho más caso hoy sería Madonna. Alejandro Sanz confiesa en su nuevo documental, Cuando nadie me ve (Movistar Plus+), que no sabe dónde estaría si no fuera por el starmaker y productor.
“Cuando conocí a Alejandro, me dijo: ‘Yo quiero estar contigo y ponerte cafés’. Al final terminé yo llevándole las maletas”, recuerda Arenas entre risas. Trabajaron juntos durante 15 años. Acompañó a Sanz desde sus inicios, a finales de los ochenta, hasta el lanzamiento de Más, en 1997, el álbum más vendido de la carrera del cantante (más de seis millones de copias). “No hay disco más grande que Más. ¿Qué le iba a enseñar yo a Alejandro después de eso y qué me iba a enseñar él a mí después de eso? Estoy muy contento de haberlo dejado ir, de haberme quitado del medio”, asegura. En realidad, sigue muy presente en la vida del cantante. Capi es la estrella inesperada de Cuando nadie me ve, el documental que repasa la carrera de Sanz.
También está muy cerca de sus otros descubrimientos. “Para mí, Nacho es como un hermano. El día que lo conocí, en el 79, él tenía 15 años. Recuerdo que me dijo: ‘Pienso formar el grupo más importante de la historia de España’. Y lo hizo”. Nacho es Ignacio Cano, cofundador de Mecano. “Hace poco me llamó José María y me dijo que ha vuelto a componer”. Ahora habla del otro Cano, la otra mitad del grupo pop español más exitoso de todos los tiempos. “Una vez estuve a punto de convencerles para que volvieran. Pero hay unos rencores, unos problemas, que solo Jung o Freud podrían arreglar”.
Capi fue “il capo di tutti capi” en los años de la Movida madrileña. Formaba la crème de la crème con Fabio McNamara, Alaska, los Zombies, Pedro Almodóvar o los Costus. “Éramos los raros de Madrid. Fabio y yo íbamos al Vips de Velázquez con plataformas. Los chiquillos del barrio de Salamanca, todos con sus abrigos loden, se acercaban a nosotros fascinados. Nunca nos llamaron maricón. Nos llamaban raras, que era mucho más divertido”, recuerda. Nunca estuvo dentro del armario. Creció fantaseando con el trío que formaban David y Angie Bowie y Mick Jagger. “Desde muy pequeño supe que no existía una sola forma de vida, de matrimonio o de amor. Además, los maricones siempre terminamos siendo los más famosos de nuestras familias”.

En el salón de su casa cuelga un gran retrato suyo de juventud hecho por los Costus, el dúo de artistas que revolucionó Madrid en los ochenta con su pintura figurativa plagada de iconos pop. “El Reina Sofía me ofreció comprármelo, pero me daría pena deshacerme de él. Mira qué guapo era”, dice. Los Costus lo inmortalizaron en su plenitud, con un esmoquin color blanco y perla.
Las paredes de la casa rebosan de cuadros. Le gusta hablar de arte. Se codeó con Andy Warhol —“No tengo fotos con él porque siempre tuve complejo de gordo. Entonces yo me escondía. Ahora no tengo complejo de nada”— y con Salvador Dalí. “Nos invitaba a los Pecos y a mí a merendar al Palace. No hablábamos nada porque éramos unos chiquillos. Qué le iba a decir yo a Dalí. Lo único que él hacía de vez en cuando era tocarnos, pasarnos la mano por la cara, y preguntarnos si estábamos a gusto”. El maestro del surrealismo le regaló una obra. Dice que la vendió hace años porque estaba harto de ver el dalí.
Su poder durante los años de la Movida llegó a límites insospechados. Prácticamente, no hay artista de aquella época que no haya acudido a él en algún momento en busca de apoyo económico o moral. Ayudó a Ariel Rot a fundar Los Rodríguez y a Paco Martín a lanzar a los Hombres G. “Entonces era como Mae West: por la mañana estaba en la Paramount y por la noche, en la Fox. Tenía éxito, un éxito que me permitía tener un dinerito que el resto no tenía. Así que siempre estaba ayudando a alguien”, reconoce.
También le echó una mano a Almodóvar durante el rodaje de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), la primera película comercial del director manchego. “Todos ayudábamos. Aquello no tenía ni presupuesto ni nada. Pedro luchó durante dos años para sacar adelante la cinta. Durante la grabación en casa de los Costus, yo bajaba a la tienda de enfrente para comprar patatas fritas, bebidas y lo que fuera… Nadie tenía dinero para gin-tonics, salvo yo”.
No es capaz de cuantificar cuántas pesetas se gastó en esa época. Lo que le quedó, lo perdió en la crisis de 2008. “Pero nunca me importó el dinero o el éxito”, aclara. “Llevo toda mi vida haciendo una tesis sobre el éxito. En España el que tiene éxito tiene que ir toda su vida con una pancarta pidiendo perdón. ¿Me entiendes? Es ridículo”, dice. “Mi mayor fracaso es haber sido muy cobarde y no haber luchado por mis intereses. Y mi gran éxito ha sido luchar por los demás más que por mí”.
Por cierto, ya no se habla con Almodóvar. Hace años tuvieron una bronca monumental y desde aquel día no se dirigen la palabra. “Hemos llegado a estar juntos en funerales, sentados codo con codo, sin hablarnos. Y todo por una gilipollez. Pero lo sigo admirando. Yo creo que es el último autor del siglo XX”.

Puede estar horas hablando del pasado, pero no se considera un nostálgico. No echa de menos la Movida, no escucha la música que descubrió y no pierde tiempo repasando los éxitos que consiguió o lamentando las oportunidades que dejó pasar. Asegura que tiene escritas sus memorias y que hay varias plataformas interesadas en llevarlas a la pantalla; “Pero tampoco me muero si no salen”. Tampoco parece morirse por recibir un homenaje. “El mayor homenaje es que estoy vivo. ¿Me entiendes? No estoy gagá, la cabeza me funciona. Prefiero ser un enfant terrible a recibir un homenaje como si fuera una abuela”.
Los adivinos como Capi prefieren ver el futuro. “Ahora quiero tener un artista del siglo XXI, un millennial”, anuncia. Su nuevo proyecto es un jovencísimo artista gallego llamado Daniel da Silva. Se mueve entre el jazz, el hip hop, el piano y el canto y acaba de publicar Bailando en la luna, un tema inspirado en la ópera Turandot de Puccini. Pero el productor es consciente de que crear un éxito es cada vez más difícil. “Ahora un artista dura 15 días. Ahora tienes que ser famoso antes de ser artista. Un cantante debería hacerse famoso por su arte, no porque te saquen en un programa de televisión follando con una o por participar en uno de esos concursos de talentos. Es ridículo. Todos los viernes entran en Spotify entre 850.0000 y un millón de canciones nuevas, sin contar el archivo universal. De esas 850.000 canciones, solo una se hace conocida y el algoritmo manda”, explica. “Ya no hay nada, no hay talento. Todo suena igual”.
El mundo está cambiando rápido, pero él no corre. Se mueve por su casa-palacio con una parsimonia de duque o marqués. “Arriba, en el tercero, estaba la casa de putas a la que iba Alfonso XIII. Pero, ojo, en mis fiestas solo hay arte. No doy rayas de coca y no pongo mujeres u hombres en las esquinas. La gente que viene a esta casa son señores y señoras”, aclara. Por su apartamento pasan ejecutivos de discográficas, artistas consagrados y del underground, aspirantes a estrella y nobles de la vieja guardia.
Fue íntimo de Luisa Isabel Álvarez de Toledo, la legendaria duquesa roja que fue a la cárcel por enfrentarse a Franco. Llegó a vivir con ella en el palacio de los Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda, entre una tonelada de papeles con ocho siglos de historia. Pero no parece epatar con nada ni con nadie, ni siquiera con sus amigos de la Grandeza de España. “Yo soy muy monárquico. Pero ¿para qué sirven los títulos? Sirven si eres el barón de Frankenstein, el conde Drácula o la duquesa de Alba. Hay como 3.000 títulos en este país, pero los importantes son siete”, señala. Tras una pausa, recapacita. “Bueno, los títulos no dan de comer, pero quedan graciosos. No me molestaría que me hicieran Grande de España, un primo del Rey. Así las amigas hablarían. Me gustaría que me llamen ‘excelentísimo’. ‘Excelentísimo Capi”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































