Valeria Vegas, folcloróloga pop: “Isabel Pantoja es la última de su especie. Hay que cuidarla un poquito más”
La escritora publica ‘Tan flamencas: Vida, obra y milagros de nuestras folclóricas’, un libro que reivindica a las grandes divas del folclore español, un género de estrella casi extinto. “Cualquier cosa podía acabar con ellas. Podía ser el bingo, Telecinco o los videoclubs. Tenían fecha de caducidad”, asegura

Como buena antropóloga de la cultura pop, Valeria Vegas (Valencia, 40 años) colecciona todo tipo de artefactos kitsch. En su casa, un apartamento de aires almodovarianos en el centro de Madrid, hay muñecas Barbie de Cher, Joan Collins y Gloria Estefan; imágenes de musas de John Waters; o merchandising de Elvira, reina de las tinieblas. La periodista y escritora también tiene enmarcados unos fotocromos de Carmen Sevilla de esa esplendorosa etapa en la que la artista protagonizó películas como Nadie oyó gritar, El techo de cristal o La loba y la paloma. “Yo soy un poco folclórica: no miro mis cuentas bancarias y voy a morir trabajando”, reconoce Vegas, que lleva toda su vida estudiando a Lola Flores, a Rocío Jurado, a Isabel Pantoja y al resto del elenco del divismo patrio. El resultado de esa investigación es Tan flamencas: Vida, obra y milagros de nuestras folclóricas (Aguilar), una obra que reivindica a las grandes estrellas del folclore español. “Tina Turner no tiene un emoji. Liza Minnelli no tiene un imán de nevera. Las folclóricas, sí”, dice.
Pregunta. ¿Cuál es su primer recuerdo de las folclóricas?
Respuesta. En mi casa no eran nada de las folclóricas. Mis padres escuchaban a Ana Belén y Víctor Manuel, a Paco Ortega e Isabel Montero, a Lluís Llach, a Massiel... Descubrí a las folclóricas viendo a Marifé de Triana en televisión. Me fascinaba por esa cosa dramática que tenía. Me impactaba ver a una señora casi llorando y cantando María de la O. También recuerdo a María Jiménez. Entonces no había Spotify. Mi madre se recorrió todos los mercadillos para conseguir un casete que incluyera la canción Al alba. Todavía lo conservo porque tiene un valor sentimental enorme.
P. De las 27 artistas sobre las que escribe en su libro, solo quedan vivas siete. ¿La folclórica está en vías de extinción?
R. El flamenco y la copla siguen existiendo. Hay una nueva generación de cantantes excelentes como Diana Navarro, Pastora Soler y María Peláe, pero, afortunadamente para ellas, no las vemos en la puerta del AVE cagándose en todo como Rocío Jurado o haciendo de su vida una novela por capítulos como Lola Flores o Carmen Sevilla. La folclórica con la bata de cola, la peineta y una vida extrema está en vías de extinción, por no decir que ya ha desaparecido. Solo nos queda la Pantoja. Es la última de su especie. Hay momentos de la vida de Pantoja que están más interesantes que algunas temporadas de Stranger Things. Se le murió el marido en la plaza de toros delante de todo el mundo, se convirtió en la viuda de España, apareció Encarna Sánchez en su vida, luego el alcalde de Marbella, luego acabó en la cárcel.
P. ¿La tratamos como se merece?
R. No la tratamos como se merece, pero es verdad que ella tampoco ha tenido mucha mano izquierda con la prensa. Pero, como te decía, es la última de su especie. Hay que cuidarla un poquito más.
P. ¿El pop mató a la folclórica?
R. A finales de los 80 una revista le preguntó a Lola que es lo que había terminado con las folclóricas y ella respondió: “La culpa es del bingo”. Me gusta mucho esa frase porque en realidad viene a decir que cualquier cosa podía acabar con las folclóricas. Podía ser el bingo, Telecinco o los videoclubs. Tenían fecha de caducidad. Las folclóricas, como los dinosaurios, estaban condenadas a desaparecer. La historia de la música tenía que avanzar. Ese tipo de folclore solo consiguió perdurar durante décadas porque a Franco le parecían mal los Beatles.
P. Muchas terminaron pobres u olvidadas. ¿Hemos sido ingratos con ellas?
R. Nos acordamos de ellas cuando ya no pueden pisar un escenario. Entonces ya es tarde para que puedan monetizar algo el recuerdo. Casi todas empezaron a tener problemas en los años 80 porque en ese momento la música se abrió a otros géneros: el disco, el rock, el pop. Durante décadas fueron la única opción porque la música americana no se comercializaba en España. A las folclóricas el fin del franquismo y la Transición les vino mal. En los años ochenta dejaron de reinar. Salvo excepciones, como Pantoja o Jurado, que se volvieron melódicas, todas se quedaron sin casa discográfica. Se las ha tratado con cierto desdén porque han estado muy asociadas con el régimen. Eso les pasó mucha factura.
P. De hecho, muchas tuvieron mucha cercanía con el franquismo. Algunas, como Imperio Argentina o Estrellita Castro, incluso fueron relacionadas con el nazismo. ¿Las folclóricas necesariamente tienen que ser fachas?
R. No creo que tengan que ser fachas, pero les tocó vivir una época con bastante falta de conciencia. Vivían muy acomodadas, tenían un trato de favor y decían titulares tremendos como: “Le debemos mucho a Franco”. Con la llegada de la democracia, tendrían que haber tenido un poquito más de conciencia de clase y darse cuenta de que no todos vivieron la dictadura como ellas.
P. ¿Las hay progresistas?
R. Me voy a mojar con dos: Rosa Morena, a la que le encantaba el mariconeo, y Martirio, que ha sido tremendamente progresista a través de sus letras. Con una ironía super inteligente, Martirio habla del ama de casa, de la que se separa y no tiene paga, de la que está harta de que el marido no se lo haga bien…
P. Casi todas tienen en común unos orígenes humildes. ¿Eso es una condición indispensable para ser una folclórica de ley?
R. La folclórica tiene que venir de abajo. Hay excepciones, como Juanita Reina o Carmen Sevilla, pero la que viene de abajo se pasa media vida manejando ese relato y restregándolo todo el rato.
P. Algunas fueron lesbianas o bisexuales, aunque nunca lo admitieron. ¿La homosexualidad sigue siendo un tabú en el folclore?
R. Yo he intuido de unas cuantas. Sobre todo de todas aquellas con alguna vinculación con Encarna Sánchez. En ese momento, salir del armario habría supuesto un escarnio público importante.
P. Sin embargo, todas tienen legiones de fans gais. ¿Por qué al colectivo le gustan tanto las folclóricas?
R. Porque es lo más próximo que tenemos a las drag queens. Son la hipérbole personificada, son la exageración y el dramatismo para interpretar y para vivir. La folclórica es un modo de vida. Eso conecta muy bien con el público LGTBIQ+. Valoramos mucho esos extremos.
P. Muchas tienen fama de antipáticas o altivas. ¿Las hubo amables y cercanas?
R. Nos mola cuando las folclóricas pierden los papeles o se enfadan. Pero, ojo, no creo que hayan sido más altivas que otros señores de este país. A los hombres se les consiente más perder los papeles que a las señoras.
P. ¿Por qué elegían tan mal a sus parejas?
R. Muchas elegían a hombres que estaban casados en una época en la que no existía del divorcio. De modo que ellas eran “la otra”. Marifé, Estrellita Castro, Concha Piquer, Imperio… todas estuvieron con hombres casados y que tenían familia. Creo que elegían mal porque tampoco tenían mucho de dónde elegir. Caían en el empresario o en el torero, en el estereotipo del hombre exitoso, cuando en realidad ellas eran mucho más poderosas que cualquier hombre. Las que llevaban el pan a casa eran ellas.
P. Algunas tuvieron serios problemas con Hacienda, como Lola o Pantoja. ¿Hoy estarían casi todas canceladas?
R. Hoy estarían muy canceladas. Los reels de Lola Flores nos hacen gracia porque lo vemos en pasado, nuestro cerebro lo asimila como pasado. Pero muchas cosas, si las dijeran hoy, serían juzgadas de otra manera. Las cancelaríamos por altivas, por apología de las drogas o por promover el amor tóxico. Las folclóricas eran muy estáticas, estereotipos, pero había mucha verdad en sus mentiras. Eso es lo bonito de ellas: había mucha verdad en su artificio.
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