Amigas, un huerto y un amante: dieta para una vejez saludable
La comunidad científica solo ha conseguido ponerse de acuerdo en dos recomendaciones que siguen vigentes: mejor comer comida casera que prefabricada, y mejor en compañía que en soledad


Hay cosas que no entiendo de los médicos. Se empeñan en recetar dietas, pastillas, sudokus y paseos a la gente mayor, cuando podrían animarlos a tener un amante y un huerto.
Considerad a Concepción, sin ir más lejos. Es la única abuela del pueblo que no toma pastillas de forma habitual. Tiene 378 años, tomates y un señor que la visita. Cada viernes se reúne con el grupito de amigas a merendar en el bar, y se pide una napolitana de chocolate y un café en vaso de cristal “con cuatro gotas de veneno”, como ella dice. Las demás la miran con una envidia que se las come por dentro, y yo estoy convencida de que una parte de sus problemas de tensión vienen de ahí.
“Tendrías que hacerte mirar la presión”, “eso no te va nada bien para el azúcar”, la atosigan, inquisitivas. Ella, de entrada, hace como que no se entera. Pero cuando se le acaba la paciencia, las manda a freír espárragos, se levanta de golpe —todo lo erguida que puede levantarse una viejecita rígida con indicios de chepa— y se va, no sin antes soltar, con desdén, “¿qué se me ha perdido a mí en casa del médico? Si voy, me dará pastillas, como a vosotras. Mirad qué surtidos lleváis en el bolsillo. ¡Os pasáis el día rumiando como las vacas! ¡Todo el día royendo! Yo no quiero pastillas”. El drama se repite cada semana, con ligeros retoques de guion. “Hay que ver, qué pronto tiene”, suspiran ellas. Pero si un viernes Concepción no apareciese a la cita, barrerían cielo y tierra hasta encontrarla.
Hace cuarenta años, su hijo pequeño, que era un cabra loca, se compró una moto. El día que la trajo al pueblo, recién salida del concesionario, ella la quiso probar. Se arremangó la bata, se encaramó a la bestia, apretó el gas a fondo, salió disparada cuesta arriba y la estampó contra el primer árbol del parque. Los mejores juglares de la comarca aún cantan odas a su gesta.
Concepción trabaja un poco cada día en su huerto. Cuidar un huerto es una actividad que implica ejercicio físico. Hay que labrar, plantar, arrancar malas hierbas, ahuyentar caracoles, clavar cañas para las tomateras y atarlas, y asustar a los estorninos y las urracas, que si una no está al loro se lo comen todo.
También pide gimnasia mental. Hay que estar pendiente de las tareas que necesita cada planta, observar atentamente tallos y hojas en busca de manchas sospechosas, estar al caso del parte meteorológico, y mirar al cielo.
Cuidar un huerto es una fuente inacabable de sentido de propósito vital y conexión con la naturaleza. También asegura una provisión regular, siempre de temporada, siempre de proximidad, de pepinos, calabacines, tomates, pimientos, espinacas y lechugas, ingredientes todos ellos fundamentales en una alimentación saludable.
Se podría hablar en términos parecidos de un amante, sustituyendo la lista de hortalizas por un pastelito de nata en bandejita de cartón dentro de un envoltorio de papel fino atado con un cordel, o un tarro de miel, y habría que añadir además conversación agradable, risas, compañía y el antídoto contra los peores de los males: el desamparo y las ganas de morir.
Se han escrito decenas de miles de teorías y de estudios académicos de nutrición. Según recuentos oficiales, hasta el año 2012 eran 195.011 en todo el mundo. Desde entonces, y de eso ya hace más de una década, la cifra ha crecido a un ritmo de más de 10.000 al año. Cada semana se publican estudios nuevos.
Hace cuatro días, comerse más de tres huevos a la semana era jugar a la ruleta rusa con el colesterol. Hoy, podemos comer huevos a diario, tantos como queramos, por su valioso contenido en nutrientes de calidad. Cada cinco años cambian las recomendaciones dietéticas oficiales. Cada día descubrimos nuevas evidencias y salen a la luz datos que refutan o matizan certezas anteriores. Y una, en fin, hace lo que buenamente puede para cuidarse lo máximo posible.
A lo largo de las décadas, la comunidad científica solo ha conseguido ponerse de acuerdo, de forma unánime, en dos recomendaciones que siguen vigentes hoy: es mejor comer comida casera que comida prefabricada, y es mejor comer en compañía que comer en soledad.
Meriendas frecuentes con un grupo de amigas, un huerto y un amante. Ese es mi plan para la jubilación.
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