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Luciana Peker: “Los varones de izquierdas subestiman a las feministas”

Una de las periodistas feministas más reconocidas de Argentina edita ‘La odiocracia’, un libro en el que ahonda en los métodos y objetivos de la internacional ultraderechista que lideran Trump y su corte tecnofeudal. Y también en el poso colonialista y misógino que aún pervive en las supuestas fuerzas progresistas

Luciana Peker, retratada en Madrid el pasado mes de febrero.Ximena y Sergio

No hace mucho que tiene la nacionalidad española. El Consejo de Ministros se la otorgó por carta de naturaleza el 23 de septiembre de 2025 y al día siguiente se publicó en el Boletín Oficial del Estado. De no haber sido así es imposible saber si hubiese podido producirse esta entrevista en persona, con Luciana Peker sentada en una de las salas de la redacción de este periódico el martes 17 de febrero de 2026. Llegó a España el 20 de diciembre de 2023, 8 días antes de cumplir los 50 y 10 después de que La Libertad Avanza de Javier Milei llegara al poder en Argentina. No vino de vacaciones. No sabía si iba a volver a ese país donde es una de las periodistas feministas más reconocidas de las últimas dos décadas.

Aterrizó en Madrid con una visa de turista que caducó a los tres meses y después pidió asilo. La nacionalidad le llegó “en atención a las circunstancias excepcionales”, dice el BOE. Porque Peker emigró, no por gusto, como no cierran la puerta de sus casas ni se alejan de su familia ni se despiden de su vida la inmensa mayoría de las personas que empacan y marchan. Salió de allí porque llevaba varios años bajo las amenazas y el acoso de una ultraderecha que tiene en la mira las políticas sociales, al colectivo LGTBIQ+, a la cuarta ola feminista y sobre todo a las mujeres con voz pública para intentar devolverlas al silencio.

Su nuevo libro, el que acaba de publicar, ya no trata sobre el deseo, el sexo, el amor o los derechos reproductivos como lo fueron los seis anteriores, sino que se llama La odiocracia. Al fondo a la derecha (Libros del K.O.); y es un repaso periodístico, analítico, situado y crítico de cómo un hombre con una motosierra como estandarte se ha convertido en un “laboratorio de la internacional reaccionaria”. No es ya “un fenómeno local”, sino “la sede de la multinacional de la tecnocensura sin límites ni culpa” que tiene como líder a Trump y a un selecto grupo de milmillonarios de las tecnológicas como mecenas y corte.

¿Cuándo y cómo supo que quedarse en su país no era seguro para usted?

Denuncié en 2019 todas las amenazas, los ataques digitales y verbales, la persecución mediática que estaba sufriendo, y que escaló con todos los artículos que escribí sobre la querella por violencia sexual de Thelma Fardin [la actriz denunció en 2018 al actor Juan Darthés por violación; en 2025, este fue condenado a seis años de cárcel. El caso rompió el silencio social en Argentina al respecto de la violencia sexual]. Y subió más cuando publiqué en contra de la promesa de Milei, que aún no estaba en el Gobierno, de desregular el uso de armas. Escribí que eso potencia los feminicidios, que las mujeres corren más riesgo, que se posibilita más el asesinato porque se puede hacer a distancia. Y hay entonces una persona que me dice: “Mereces ser la próxima”.

¿Sabía quién era?

Sabía que no era odio anónimo, no era un troll en su departamento. Tras la investigación se revela que la dirección IP desde la que se mandó esta imagen pertenece al edificio Alas, que es el de la Fuerza Aérea Argentina. Una jueza concluyó que había habido una organización orquestada para hostigarme, para atemorizarme. Pero tú ya no te sientes segura en un lugar donde quien te amenaza de muerte tiene vínculos con el actual Gobierno, el poder y las fuerzas de seguridad. En cualquier caso, el hostigamiento es lo que demostró mi proceso judicial, y era un aviso de lo que iba a pasar en Argentina. Y de lo que ya está pasando en España, con todos los periodistas, sobre todo mujeres, insultados, amenazados y hostigados en redes de forma continuada y orquestada, también.

Es uno de los ejes de su libro, el examen de esa red de poder que se conecta de un país a otro y que, aunque con diferencias por territorio, está unida y de alguna forma estructurada: Javier Milei en Argentina, Santiago Abascal en España, Giorgia Meloni en Italia, Viktor Orbán en Hungría…

Es fundamental entender que esto no es la derecha clásica, no es el Partido Popular en España ni Cambiemos en Argentina, lo que fue el macrismo [Mauricio Macri gobernó entre 2015 y 2019], que puedes estar a favor o en contra, pero eran derechas clásicas y democráticas. En este fenómeno la democracia está fuera. Llegan al poder por vías democráticas, por elecciones, pero después no se comportan como democracias. No es democrático si violas la libertad de expresión, si reprimes la protesta social, si hay interferencia de otros países sobre el proceso electoral de un país. Están rompiendo las reglas del juego democrático y son una entidad transnacional.

Usted escribe: “La política está disgregada, el feminismo está disgregado, la sociedad civil está disgregada. La extrema derecha está coordinada”. Y ve especialmente ese hilo entre España y Argentina, entre España y América Latina.

Ahí hay una red que es muy potente y muy evidente. El caso de Javier Negre es paradigmático.

En La odiocracia, Peker recuerda que Negre tiene en la red social X 396.600 seguidores (cuando se escribe este texto ya alcanza los 407.671), que es copropietario del periódico digital La Derecha Diario, con más de medio millón de seguidores en esa misma red social, y es director de ese medio y de EDATV, con 5,3 millones de usuarios únicos al mes, según datos de julio de 2024.

Lo define como “un vocero de la multinacional de la derecha” y afirma que hay que fijarse en nombres como el suyo, al que cree que la izquierda en general ha subestimado.

Ese inmigrante que no se percibe como tal ya tiene la nacionalidad argentina. Fue directamente acreditado para la Casa Rosada [la sede del poder ejecutivo]; tiene relación con el presidente; aparece en esa famosa foto con Yuyito González, la exnovia de Milei, y con Ágatha Ruiz de la Prada en la Quinta de Olivos, la casa presidencial. Y no solo compró La Derecha Diario, el medio de extrema derecha en Argentina que fue clave para la elección de Milei, sino que ha ampliado su presencia. Está ya en Uruguay, Ecuador, Bolivia, Colombia, Honduras, México, República Dominicana, Israel, Estados Unidos y España. Tiene vínculos con grupos antiabortistas como Hazte Oír o el lobby ultraconservador CitizenGo. Es un conglomerado de desinformación y odio con una incidencia altísima y muchísimos fondos para promover la pérdida de la libertad de expresión en Argentina, donde se reguló el acceso a la información pública. Bueno, no se reguló, se desmanteló. Hay periodistas investigando cuántos de los fondos para estos pseudomedios proceden de la SIDE, la Secretaría de Inteligencia de Estado. ¿Cuántas de esas cosas pueden hacerse en España?

¿Cuántas?

Me lo pregunto. O las que ya se hicieron. Porque mientras Negre estaba en Argentina arengaba la violencia racista en Murcia a través de sus redes, en los episodios de Torre Pacheco en julio del pasado año. Y aquí está su hijo putativo, Vito Quiles [1,3 millones de seguidores en Instagram, más de medio millón en X].

¿Cree que no se está sabiendo medir el impacto de esto en España? ¿Sus consecuencias?

Creo que no se supo. Cuando esto comenzó en América Latina, en Argentina, y se pedía apoyo a la cooperación internacional, a España, no era solo porque es un acto democrático, ético, de solidaridad, de defensa de la libertad de expresión, es que no hacerlo es dispararse un tiro en el pie. No ayudar a que sobreviva el periodismo, en Argentina y en otros lugares donde está ocurriendo lo mismo, es dejar que esa bala avance en el pie. Ya estamos viendo ataques cada vez más extendidos a periodistas o activistas. Sobre todo mujeres, y sobre todo mujeres feministas.

¿Por qué cree que pasa?

Por una visión colonial y cierta soberbia eurocéntrica los medios de aquí no se abren a escuchar a las periodistas latinoamericanas. Ni a mujeres, ni a periodistas del sur, es como si la experiencia que ya tenemos acumulada de nuestros países no fuese algo de lo que se puede aprender. Es también una posición muy extractivista, porque cuando hay alguna experiencia como fue la huelga de mujeres, desde Europa, desde España, se olvidó inmediatamente que el origen de aquella explosión fue primero en América Latina.

En 2017.

Y en 2018 ya en todo el mundo. Pero cuando América del Sur, por las debilidades y desigualdades estructurales, necesita ayuda para poder sostener la voz, se le suelta la mano. La ultraderecha es colonialista, sí, y quiere América Latina colonizada, llamada Hispanoamérica y con una superioridad europea, pero no subestima el valor estratégico de América Latina ni se suelta la mano. En cambio, una España más cercana al progresismo no es capaz de escuchar y estrechar los lazos.

El capítulo V de su libro se titula ‘Europa come caramelos mientras los multimillonarios juegan a los superhéroes’ y en él habla de cómo la extrema derecha hace un juego global que no se aplica por igual en todas partes, pero sí en todas partes hay mayor o menor incidencia de los tecnócratas, en las sociedades y en la política. Pone el ejemplo de la entrada de Elon Musk en la campaña alemana para las elecciones de febrero de 2025. La AfD no ganó, pero acabó siendo el segundo partido en votos.

Fue una interferencia directa en la política interna de un país, en unas elecciones europeas. Como también lo fue su opinión en agosto de 2024 en la ola racista que llevó al intento de quemar el Holiday Inn Express de Róterdam. Él posteó: “Es inevitable una guerra civil”.

Usted define como “demoledores” sus tuits por el alcance que tienen.

Acumula unos 133.000 millones de visualizaciones [desde 2024], según The Washington Post, 15 veces más que los de Trump. Volviendo un segundo a Alemania y la columna de Musk, quien hace el contacto para que eso suceda es Martín Varsavsky, un millonario que vive en Menorca, y que está decidido a que a España la gobierne la ultraderecha. Publicó una de las viñetas de Nik, un ilustrador afín a Milei, en la que se ve a Argentina y Estados Unidos chocando puños, España a la derecha con flechas que van hacia ella y el texto: “Próxima meta: salvar a España. MEGA. Make España Great Again”. El año pasado Musk posteó: “Vox ganará las próximas elecciones”. Y ya salió varias veces a atacar a Pedro Sánchez, por la regularización de inmigrantes y por el proyecto de prohibir las redes a menores de 16 años. Europa podría haberse plantado de alguna forma contra todo esto hace dos años.

En La odiocracia pone el ejemplo de cómo lo hizo el presidente de Brasil, Lula da Silva.

Cuando la justicia brasileña investigaba la propagación de noticias falsas y pidió que retiraran contenido y que tenían que tener un representante legal en el país, Musk amenazó con cerrar X en Brasil. Lula se plantó y dijo que no eran una colonia y que a la justicia brasileña se la respeta. ¿Qué hubiese pasado si la Unión Europea hubiese llegado ahí a un acuerdo con Brasil para unificar exigencias? Nada, desde la UE se le acabó imponiendo una multita. Por eso creo que, en principio, la posición tan fuerte del Gobierno de Sánchez de querer poner límites es una posición muy importante. Y es la única posición que puede hoy salvar a España y a Europa. Si Europa no se enfrenta hoy al tecnofeudalismo, dejará de ser lo que es. La única salida para la Europa democrática es enfrentarse el tecnofeudalismo.

¿Qué opciones cree que hay?

La UE tiene dos caminos: la valentía o la burocracia. Con valentía se puede salvar y con burocracia se puede hundir. La burocracia es ponerle la multa y poquito más. Con eso ya vimos qué pasa: se alían los tecnofeudalistas, van a la Casa Blanca y Donald Trump amenaza con subir aranceles a los países que no eliminen trabas a esos tecnooligarcas. Así, Trump acaba censurando a través de aranceles, porque todos esos milmillonarios dueños de las grandes tecnológicas no soportan un mínimo de regulación, y están dispuestos a todo.

En esta posición imperialista del poder que usted describe en el libro hay también una relación continua con el racismo, el colonialismo y la misoginia. Una visión patriarcal de la economía, de la política, del mundo.

Se puede percibir en todo. En el caso Epstein, por ejemplo. Esas mujeres como monedas de cambio, esa isla, esos correos muestran cómo es el mundo para la derecha y para la izquierda, porque también hay líderes de izquierda, como Noam Chomsky, que ahí decide ayudarlo [a Jeffrey Epstein] con estrategias frente a las denuncias de violencia sexual. Y de repente en torno a este caso escucho a periodistas varones que cuestionan, pero a la vez les parece fascinante. Escuché la palabra fascinante, aquí en España. A nosotras nos parece repugnante y a ellos hay algo que les fascina. Ahí hay una alianza entre varones de izquierda y de derecha que ya es muy obvia y muy peligrosa. Se unen y vemos por qué se unen: frente a una violencia sexual que es sistemática y alcanza a todas partes.

El pasado 16 de febrero, un grupo de expertos independientes del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas emitió un comunicado sobre lo que se conoce hasta ahora del caso Epstein en el que, entre otras cuestiones, se afirmaba: “La escala, la naturaleza, el carácter sistemático y el alcance transnacional de estas atrocidades contra mujeres y niñas son tan graves que varias de ellas podrían razonablemente cumplir el umbral legal de crímenes de lesa humanidad”.

¿Usted lo cree?

Más allá de todas las complejidades de los debates feministas, sí creo que debiera serlo. Por lo sistemático, el nivel de tortura, el trauma que deja, la impunidad con la que se maneja, y la reacción que hoy castiga a las víctimas, criminaliza a las que denuncian e intenta silenciar a las periodistas feministas que quieren hacer públicas esas denuncias, informar. Y aquí también hay que recordar que las primeras han sido las latinoamericanas y el fallo del Tribunal Constitucional colombiano en el caso de Catalina Ruiz-Navarro y Matilde de los Milagros Londoño, directoras del medio digital Volcánicas. Un fallo que dice que la libertad de expresión del periodismo feminista es un derecho fundamental para la democracia.

En 2020, las periodistas publicaron un artículo en el que ocho mujeres acusaron de acoso y violencia sexual al director de cine Ciro Guerra, que las demandó por la vulneración de su derecho al honor, al buen nombre y a su presunción de inocencia, y solicitó que se retractaran o retiraran el artículo de la web. Tras el paso por dos tribunales, la Corte Constitucional colombiana seleccionó el caso para su revisión y el 12 de diciembre de 2022 falló a favor de las dos periodistas. Alegó que el periodismo feminista y la información sobre violencia de género debían tener una especial protección “en razón a que constituye un asunto de interés público y tiene connotaciones políticas, de reivindicación de derechos humanos de un grupo tradicional y estructuralmente discriminado”.

¿Es este otro ejemplo de cómo puede aprenderse del trabajo del feminismo en América Latina?

Creo que estaría bien pararse un momento a mirar los caminos que se tomaron allá. Con la criminalización a periodistas, con el hostigamiento o con la imposibilidad de publicar, se corta la posibilidad de denunciar, de escribir sobre la violencia, de hablar sobre la violencia. Esto es posible también por este espadeo de varones de derecha e izquierda que hizo debilitar al feminismo, que empezó a querer silenciarlo, y la mayor fuerza del feminismo fue y es acabar con el silencio.

Una fuerza que usted dice que entendió mejor la ultraderecha.

Absolutamente. Los varones de izquierda subestiman a las feministas, también a las periodistas feministas. La extrema derecha no lo hace. Nos amenaza en parte precisamente porque no nos subestima.

Le leo algo que usted introduce muy al principio de La odiocracia: “No hay manera de responder separados a un movimiento unificado. Ellos están unidos. Nosotras tenemos que estarlo”.

Lo creo así. El feminismo tiene que encontrar la manera de respaldar a esas mujeres con voz pública y a la vez de seguir articulando en lo social. Y tenemos que juntarnos, protegernos, cuidarnos, escucharnos. Si no, no hay salida. No la habrá frente a algo que es tan voraz.

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