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Islas Feroe: la Europa salvaje que resiste al turismo masivo

Frailecillos, acantilados y carreteras que conducen al fin del mundo: este archipiélago del Atlántico norte limita el acceso a algunos senderos y anima a los viajeros a comer en casa de los locales

Mykines, la isla de los frailecillos, en las Islas Feroe.Anton Petrus ( GETTY IMAGES )

Las Islas Feroe no son un destino fácil. El clima es impredecible. Los precios son altos. Las carreteras son estrechas. Pero precisamente por eso, son más atractivas. De momento, estas islas al norte se protegen de la llegada del turismo masivo con tasas turísticas, limitando el acceso a algunos senderos y promoviendo experiencias lentas y diferentes, como comer en casa de los habitantes locales.

Las Islas Feroe apenas llaman la atención en el mapa: son 18 islas volcánicas perdidas en el Atlántico norte, entre el Reino Unido, Noruega e Islandia, muy lejos de Dinamarca, de la que forman parte con un estatus especial de “nación constituyente”, como Groenlandia. El paisaje de estas islas todavía no ha conseguido ser domesticado, a pesar de estar a poco más de dos horas desde Copenhague y de que su aeropuer­to internacional, en Vá­gar, tiene vuelos directos desde Copenhague y, de forma estacional, desde algunas ciudades de España, Escocia o Francia.

¿Y por qué ir hasta un lugar tan remoto y solitario? Tal vez por eso: por el aislamiento y la originalidad. Vale la pena explorar sus faros solitarios y pueblos atemporales, recorrer senderos de montaña y observar aves, pero siempre hay que ir preparado para un tiempo realmente impredecible, con viento, lluvia y niebla. Es un destino para viajar sin prisas: aquí el tiempo avanza a otro ritmo. Lentamente. Las carreteras no nos llevan a ciudades, sino a acantilados, en los que habrá que luchar contra el viento. La sensación de aislamiento radical es su mayor atractivo, con montañas de basalto, estrechos marinos y acantilados repletos de aves. Aquí llueve o nieva más de 250 días al año, y quizá por eso, el visitante aprende pronto que viajar en Feroe no consiste en acumular lugares, sino en aceptar el clima, el silencio y la incertidumbre. El lujo no está en la comodidad, sino en experiencias como viajar por carreteras sin tráfico, con ovejas que se cruzan en el camino.

En las Feroe todavía es posible sentir, como viajeros, que hemos llegado a una Europa distinta, más real. Menos domesticada. Se pueden visitar las 18 islas, 17 de ellas habitadas y diferentes entre sí: unas resultan misteriosas, envueltas en bruma y viento, otras son verdes e incluso tienen cierta vida cultural. Las hay atendidas por algún café o alojamiento, y otras por las que solo cabe ir por cuenta propia con el bocata y acometer rutas de senderismo que solo conocen las ovejas. Aquí la expresión “fuera de las rutas marcadas” está fuera de lugar, pues todas las islas parecen vírgenes.

Quizá el modo más bonito de ver las Feroe sea en barco, en goletas de madera con velas rojas, pero hay muchas otras formas de aproximarse a las islas y de recorrerlas, incluso en autobuses locales.

Más información en la guía Lonely Planet de Dinamarca y las islas Feroe y en www.lonelyplanet.es

Tórshavn, la capital más pequeña (y más inesperada)

Tórshavn es el mejor punto de partida para entender las Feroe: con solo catorce mil habitantes y calles que se recorren en minutos, tiene una vida cultural inesperada. La capital de las Feroe no impresiona por su tamaño, sino por su capacidad para condensar cultura, historia y gastronomía en un espacio mínimo, casi en el fin del mundo. Allí, en la península de Tinganes, entre casas de madera oscura con tejados de césped, se levanta uno de los parlamentos más antiguos del mundo, en el que hace más de mil años, los vikingos se reunían para decidir el destino de las islas. Hoy, el lugar sigue siendo el centro político del archipiélago, pero también un espacio íntimo, casi doméstico.

La vida en Tórshavn gira en torno al puerto. Barcos pesqueros, cafés y restaurantes donde la tradición se reinventa. Aquí se come cordero fermentado, pescado secado al aire, recetas que nacieron de la necesidad y que hoy forman parte de una cocina sofisticada. La experiencia más reveladora, sin embargo, no ocurre en los restaurantes, sino en las casas. La heimabliðni —esa hospitalidad feroesa que invita a comer con los locales— transforma la visita en algo más cercano a la convivencia que al turismo. Además de comer en casas particulares, podremos pasear por el casco antiguo hasta el fuerte de Skansin, visitar el museo nacional para entender la cultura feroesa o cenar en restaurantes como Rae Ræst o Áarstova, donde la tradición de la fermentación de los alimentos se convierte en alta cocina.

Kirkjubøur, el origen medieval del archipiélago

Basta alejarse unos kilómetros de la capital para que la escala cambie por completo. En Kirkjubøur, a menos de media hora, en la misma isla principal, el paisaje se abre hacia el mar. Es el lugar donde empezó todo: las ruinas de la catedral de San Magnus, sin techo y con muros que resisten el viento desde hace siglos, dominan un pueblo que fue el centro religioso y cultural del archipiélago. A su lado, una iglesia del siglo XII sigue en uso. No hay reconstrucciones espectaculares ni museos grandilocuentes. Solo piedra, silencio y continuidad. Es un lugar donde la mayor experiencia consiste en caminar por senderos históricos o visitar Roykstovan, una granja habitada por la misma familia desde hace siglo.

Saksun, el anfiteatro natural

El verdadero carácter de las Feroe, sin embargo, se revela en movimiento, en la carretera, que parece diseñada no para llegar a un destino, sino para atravesar el paisaje. Al norte de la isla principal, por ejemplo, las curvas que llevan hacia Saksun avanzan entre montañas hasta desembocar en una escena casi irreal. Porque Saksun no es un pueblo: es una escena, una aldea aislada al final de una carretera estrecha, rodeada de montañas y abierta a una laguna mareal de arena negra. Con una iglesia blanca que parece colocada con precisión escénica. Todo es tan perfecto que parece irreal. Pero es real, tanto que sus habitantes han empezado a poner límites al turismo, recordando que ese paisaje no es un decorado, sino un lugar vivido.

A Saksun se va para caminar hasta la laguna Pollurin, o hacer senderismo hacia Tjørnuvík. Y si no queremos movernos, nos queda la opción de visitar el museo Dúvugarðar en una casa tradicional

Tjørnuvík, surf en el Atlántico más frío

En una bahía en forma de U, Tjørnuvík ofrece una de las imágenes más potentes del archipiélago: mar abierto, arena oscura y los farallones de Risin y Kellingin emergiendo del océano. El mar entra en una bahía abierta donde siempre sopla el viento y los dos farallones que emergen del agua frente a la costa, parecen figuras mitológicas petrificadas. Según la leyenda, son un gigante y una bruja que intentaron arrastrar las islas hasta Islandia. No lo lograron y el amanecer los convirtió en piedra. En días de oleaje, el Atlántico golpea con fuerza y convierte la playa en un lugar inhóspito, pero, sorprendentemente, alguien decidió en algún momento surfear aquí, con trajes gruesos, guantes y capucha, desafiando temperaturas que rara vez superan los ocho grados. Nada que ver con surfear en Hawaii. Aquí saltar las olas es un deporte extremo. La otra opción es observar aves desde los acantilados o caminar hasta miradores naturales.

Funningur y Slættaratindur, la cima de las islas

Funningur parece un decorado: casas al abrigo de montañas y una carretera en zigzag que desciende entre ovejas hasta un puñado de casas. Poco más. Desde allí se puede ascender al Slættaratindur, el punto más alto de las islas. La subida es exigente, el terreno cambia y el clima también, pero en un día claro, la recompensa es total: una panorámica que abarca todo el archipiélago, como si el mundo se hubiese reducido a un conjunto de islas dispersas en el océano. La aventura consiste en pararse en miradores improvisados en carreteras imposibles.

Nólsoy, la isla del silencio

Hay lugares donde la sensación de aislamiento se intensifica aún más, si eso es posible. Nólsoy, a solo veinte minutos en ferry desde Tórshavn, parece estar a años de distancia. Un único pueblo, senderos que cruzan colinas húmedas, un faro al final de la isla... para un turista convencional aquí no hay nada que hacer. Y precisamente por eso resulta atractivo, especialmente para ese tipo de viajero que va en busca de lo diferente: caminar, observar aves, escuchar el viento, entender el ritmo de una comunidad pequeña. Una opción es recorrer la ruta de 13 km que lleva hasta el faro Nólsoyar Viti. Otra, observar aves marinas. Y para algunos, lo mejor será la visita de las casas tradicionales, del siglo XVII. Casi ningún turista llega hasta aquí, y en esto consiste su verdadero lujo.

Vágar, cascadas y paisajes imposibles

Vágar, al sur, es la isla del aeropuerto, la puerta de entrada, pero también uno de los lugares más espectaculares de las Feroe. La cascada de Múlafossur cae desde un acantilado directamente al mar, con el pequeño y aislado pueblo de Gásadalur como telón de fondo. Es una de las imágenes más fotografiadas del archipiélago, sobre todo al atardecer, pero llegar hasta ella —recorrer la carretera, atravesar el túnel, caminar hasta el mirador— sigue teniendo algo de descubrimiento. Cerca de allí, el lago Sørvágsvatn parece suspendido sobre el océano, un efecto óptico que desafía la percepción y que resume bien la capacidad de las Feroe para sorprender. Es la postal feroesa por excelencia.

Mykines, la isla de los frailecillos

La isla más occidental es también una de las más salvajes, donde la naturaleza recupera el protagonismo absoluto. Es la isla de los frailecillos, donde miles de aves anidan en acantilados que caen a pico sobre el Atlántico. El acceso depende del tiempo. El viento, la niebla, el mar deciden, y eso forma parte del viaje. En Mykines podremos hacer senderismo hasta el faro de Mykineshólmur, fotografiar aves en libertad o adentrarnos por caminos sin apenas infraestructuras. Caminar hasta el faro, rodeado de aves que apenas temen la presencia humana, es una de esas experiencias difíciles de contar. Todo un placer para amantes de la soledad.

Las islas del norte y el faro de Kallur, el fin del mundo

En las Feroe septentrionales (Kalsoy, Kunoy, Borðoy, Viðoy, Svínoy y Fugloy) es donde se siente real­mente eso del aislamiento. Incluso más que en las otras islas, que ya es decir. En cuanto se pasa la segunda población más grande del archipiélago (Klaksvík, 5001 hab.), aparece un mundo de fiordos de afilado contorno surcado por carreteras sinuosas, túneles estrechos que perforan montañas altísimas y caminos que llevan hasta un puñado disperso de casas en el fin del mundo.

Si nos gusta esa imagen tan poética, podremos seguir conduciendo a Viðareiði, donde la carretera desemboca en una pequeña iglesia histórica con vistas de los farallones a lo lejos, o a la aldea abandonada de Múli, un pueblo fantasma en el norte de Bordoy. Su último habitante se fue en 1992. Para algo más taquillero, hay que ir a Kalsoy, isla que apareció en la última película de James Bond con Daniel Craig, Sin tiempo para morir.

Kalsoy es el lugar que sintetiza mejor el espíritu de las islas: una isla estrecha, atravesada por túneles, con pequeñas aldeas dispersas. En su extremo norte, el faro de Kallur se alza sobre una cresta imposible y es una de las visitas más icónicas de Europa. Llegar hasta él implica caminar por un sendero que se estrecha entre pendientes abruptas. El viento es constante. El mar, omnipresente. La sensación es clara: no hay nada más allá.

Islas del Sur, escaparse del mundanal ruido

Al sur de Tórshavn están las islas meridionales de Sandoy y Suðuroy. Desde el 2024, Sandoy está comu­nicada con Tórshavn por un túnel submarino, por lo que es fácil llegar en coche desde la isla principal. Pese a todo, sigue siendo poco frecuen­tada y parece a años luz del ajetreo de los principa­les puntos de interés del archipiélago. Sandoy consiste solo en pastos suaves, granjas y vistas marinas, es bastante llana y, en general, más tranquila que el resto, pero transmite serenidad. Se atraviesa al volante de norte a sur en unos 30 minutos.

Está proyectado un túnel a Suðuroy, aunque por ahora el ferri sigue siendo la única forma de llegar, por lo que queda aún más apartada del mundanal ruido. Suðuroy es la más meridional, con un paisaje agreste de columnas de basalto, carreteras sinuosas y mon­tañas espectaculares. Es sensa­cional para hacer excursionismo, bastante vacía inclu­so en temporada alta. Las carreteras acaban en acantilados llenos de aves y con un faro en la punta sur. Las vistas del indómito océano y de la singular isla deshabitada de Lítla Dímun, cubier­ta de nubes, inspiran tanto a artistas como a excursionistas. Y todavía nos quedan por descubrir lugares al margen de todo, como Stóra Dímun, donde solo vive una familia y solo es accesible en helicóptero.

Pero curiosamente, en Sandoy o en Suðuroy, si nos cansamos de tanta caminata y tanto avistamiento de aves, hay algunas pequeñas propuestas culturales: museos o galerías de arte, vinculados a la original cultura feroesa.

Cerrado por mantenimiento

Cada mes de abril, las Feroe cierran al público un fin de semana y acogen a 100 voluntarios internacionales que llevan a cabo trabajos de mantenimiento en sus puntos de interés. El programa nació en el 2019 y, desde entonces, no ha dejado de recibir participantes de todo el mundo. Estos, elegidos al azar, se pagan los gastos de viaje, pero reciben alojamiento y comida mientras pasan tres días tra­bajando en los cerca de 12 proyectos en marcha, entre ellos la reparación y cons­trucción de senderos o la instalación de letreros y miradores. Hablan maravillas de la experiencia, hacen amigos de por vida y desarrollan un fuerte apego por el archipiélago. Es una iniciativa creativa pensada para demos­trar que el turismo puede aportar toda clase de valores más allá del meramente económico, y se tiene como un ejemplo de turismo regenerativo en todo el mundo.

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