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Blogs / El Viajero
El blog de viajes
Por Paco Nadal

Qué ver en Groenlandia, uno de los destinos de naturaleza más impactantes del hemisferio norte

La gran isla helada es accesible sin necesidad de ir equipado como un explorador polar, sobre todo en la costa sur y en la occidental. Pero es mejor visitar sus pueblos y fiordos con agencias especializadas que tengan allí infraestructura para alojarse y moverse

Qué ver en Groenlandia

Groenlandia está de rabiosa actualidad, muy a pesar de los groenlandeses. El afán del presidente estadounidense Donald Trump de quedarse con esta isla, que es un territorio autónomo de Dinamarca y, por lo tanto, de la Unión Europea, ha hecho que todo el mundo vuelva la vista hacia un rincón del planeta al que probablemente no habían mirado o consulten en Wikipedia o en herramientas de Inteligencia Artificial quién diablos vive y de qué forma lo hace en esa mancha blanca de tamaño descomunal en una esquina del continente americano.

Groenlandia es uno de los destinos turísticos más singulares del hemisferio norte. Un lugar que me fascina, al que he viajado en multitud de ocasiones y donde aprendí a amar los desiertos blancos, los grandes espacios vacíos y helados y un estilo de vida que sigue apegado a las tradiciones y a una naturaleza hostil, que solo los inuit han sabido dominar para convertirla en su hogar.

Además, aunque suene a aventura remota, Groenlandia no está tan lejos de Europa. Queda a apenas cinco horas de Copenhague en vuelo directo. O a dos horas de Reikiavik, si se hace escala en Islandia, hasta donde hay vuelos todos los días desde España a unos precios irrisorios. Una aventura, por tanto, accesible al gran público sin necesidad de ir equipado como un explorador polar, sobre todo en la costa sur y en la occidental, las que por climatología están más habitadas y humanizadas. Eso sí, olvídate de viajar por este territorio a tu aire y por libre. No existe una sola carretera que conecte dos ciudades y la única manera de desplazarse es en helicóptero, en barco o en motonieve en invierno. Es el típico destino que mejor hacerlo a través de alguna agencia especializada que tenga allí infraestructura para alojarte y moverte.

Hasta hace bien poco, la puerta de entrada a esta Groenlandia asequible eran dos pistas de aterrizaje que construyó el Ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial para sus bombarderos, reconvertidos luego en los dos únicos aeropuertos internacionales de la isla: Narsarsuaq, al sur, y Kargelussuaq, al oeste. Hasta que el 28 de noviembre de 2024 se inauguró el nuevo aeropuerto internacional de Nuuk, la capital, un hito en la historia local que marcó un antes y un después porque por primera vez Nuuk podía recibir vuelos directos de grandes aviones comerciales (como el Airbus A330-800neo que tiene Air Greenland) procedentes de Europa y América del Norte, sin tener que pasar obligatoriamente por la antigua base militar de Kargelussuaq. La broma costó 5.000 millones de coronas danesas y fue financiada mayoritariamente por Dinamarca.

Yo siempre entro, y me gusta seguir haciéndolo, por el aeropuerto de Narsasuaq, porque da acceso al gran sur y porque nada más poner pie en tierra coloca al viajero en situación: no hay nada más que la cinta negra de asfalto, unos depósitos de combustible, un hotel, algunos viejos barracones y un supermercado que vende de todo, desde chocolate a rifles. Todo en medio de un paraje de horizontes infinitos, sin árboles y con los primeros icebergs flotando en el vecino fiordo. ¡Toda una declaración de intenciones para iniciar la aventura!

Desde Narsarsuaq se cruza en lancha neumática al otro lado del fiordo de Erik hasta Qassiarsuk, un típico poblado groenlandés. No es más que un puñado de casitas pintadas con los colores del parchís y distribuidas de forma anárquica al pie de una bahía con apenas un centenar de habitantes dedicados a la pesca y la ganadería. Son inuits, que en el idioma local significa “la gente”. Los extranjeros los llamamos esquimales, pero para ellos es un nombre ofensivo porque significa comedores de carne cruda.

Qassiarsuk es una visita importante en todo viaje a Groenlandia porque aquí están las huellas de los vikingos, los primeros europeos que pusieron un pie en la isla. Llegaron hacia el año 1000 siguiendo a Erik el Rojo, jefe de un clan familiar en Islandia condenado al destierro por el Parlamento de la isla. Erik navegó con su drakkar hacia Occidente y se topó con una isla que en aquella época vivía un cierto periodo cálido y dejaba crecer pastos para el ganado en las costas del sur. Estos vikingos islandeses fundaron aquí su primer asentamiento. Lo llamaron Brattahlíð y en él aguantaron casi 400 años.

En el año 2000, con motivo de la celebración del primer milenio de la llegada de los vikingos a Groenlandia, se levantó la gran estatua de color negro que preside Qassiarsuk desde lo alto de un roquedo. Representa a Leif Erikson, hijo de Erik, quien a bordo de naves a vela y remo llegó con sus seguidores a las costas de Terranova, en Canadá. En justicia, él y sus hombres fueron los primeros europeos que “descubrieron” el continente americano. También se reconstruyó una de las casas en las que vivían, abierta al público como Museo de Etnografía, y el pequeño templo que Leif Erikson construyó para su mujer. Como geográficamente Groenlandia pertenece al continente americano, esta iglesia sería la primera cristiana en América, 500 años anterior a las que los conquistadores españoles construyeron en América del Sur.

Explorando el sur

Qassiarsuk es una buena base para iniciar la exploración del sur. En él no hay que perderse Igaliku, la aldea más pintoresca. Aquí tuvo su sede el primer obispo cristiano de la Groenlandia vikinga, que llegó en 1126 procedente de Noruega. Un hecho que se recuerda en el pequeño museo instalado en la iglesia. Se visitan las ruinas de lo que fue la primera catedral de la isla y de la casa obispal anexa.

También hay que visitar Tasiusaq, una granja perdida en un recodo del fiordo Sermilik, a dos horas de marcha desde Qassiarsuk. Por este fiordo desagua el glaciar Eqalorutsit, de los más activos del sur de la isla, que cada primavera manda al mar cientos y cientos de icebergs que pasan por delante de Tasiusaq. Es posible hacer desde aquí una excursión en kayak, navegando entre grandes bloques de hielo que a veces cierran el paso hasta para estas pequeñas embarcaciones. Anota también el glaciar Qooroq, con un frente de hielo que impresiona —aunque está en franco retroceso—.

Desde Narsarsuaq se puede tomar una lancha que funciona como trasporte público hasta Narsaq, que con unos 1.700 habitantes es de las poblaciones más grandes del extremo sur. El poblado de casitas de planta baja y techo a dos aguas con vivos colores repartidas de forma desigual por la llanura, al pie de la gran montaña Kvanefjeld, contrasta con el blanco de los icebergs que quedan varados en el fiordo y a veces interrumpen incluso la salida y entrada al puerto. En la llanura donde se asienta Narsaq crecen en primavera extensos pastos verdes que permiten el mantenimiento de varias granjas de animales. Es la despensa de carne de Groenlandia.

Aunque la joya de la naturaleza del sur groenlandés es el fiordo Tasermiut, una estrecha lengua de agua de 70 kilómetros de longitud que hace algunos miles de años estuvo cubierta por un glaciar, sin vestigios de vida humana en el interior y flanqueada de enormes torres de roca negra y grandes paredes verticales de hasta 1.500 metros de desnivel. Un escenario casi irreal con la más rutilante naturaleza y algunos de los mejores paisajes de la isla. Se puede recorrer en barco y en kayak. A Tasermiut se accede desde Nanortalik, que está a unas seis horas en barco desde Narsarsuaq o apenas 20 minutos en helicóptero.

Nuuk, la capital, está en la costa oeste, la más poblada y más asequible para la vida de la isla. Pese a llamarse capital, es un pueblo un poco más grande que otros, con unos 20.000 habitantes (el 36% del total de población) y donde se encuentran los dos únicos conjuntos de semáforos de una isla con dos veces la extensión de España. Aquí es altamente recomendable la visita al Museo Nacional, una excelente muestra etnográfica sobre la historia de la isla y del pueblo inuit.

La tercera ciudad más grande (4.500 habitantes) y el gran atractivo turístico de la costa oeste es Ilulissat, en la bahía de Disko, 560 kilómetros al norte de Nuuk. Sus coloridas casas contrastan con el blanco azulado del espectacular paraje que la rodea: el Ilulissat Icefjord, un fiordo atascado por gigantescos icebergs por el que desagua el Jakobshavn Isbræ, el glaciar más activo de todo el hemisferio norte —él solo lanza al mar cada año entre 20.000 y 25.000 millones de toneladas de agua congelada; cantidad solo superada por la Antártida—. Se cree que el iceberg que hundió el Titanic salió de aquí. Una senda que parte del pueblo permite caminar varios kilómetros por la ribera de este impresionante río de hielo. Navegar por el Illulisat Icefjord en un pequeño bote de pescadores locales es una de las mejores experiencias que puedas vivir en Groenlandia.

Groenlandia es un sitio muy especial, cuyos habitantes han sobrevivido en una de las zonas más aisladas y frías del planeta con una cultura propia desde hace siglos. No es la Arcadia feliz, ni la llegada de los vikingos primero y posteriormente de los daneses fue un camino de rosas. La relación de Groenlandia con la metrópoli fue y sigue siendo conflictiva, pero la isla ha alcanzado un grado de desarrollo, un bienestar y una autonomía política como nunca se habían vivido. Si Trump alcanza sus pretensiones, como decía el replicante de Blade Runner, “todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.

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Sobre la firma

Paco Nadal
Soy periodista de viajes, que no influencer. He hecho del viaje una forma de vida nómada… Y soy feliz así. Viajo por todo el mundo con mis cámaras y mis drones filmando documentales desde los que intento mostrar que el mundo, pese a todas nuestras agresiones, sigue siendo un lugar bellísimo y lleno de gente maravillosa.
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