De Coruña del Conde a Santa Cruz de la Salceda: mucho más que vino en la Ribera del Duero
Un aviador de 1793, una farmacia de 1725 y un museo dedicado al olfato. Sorpresas de una ruta por el sudeste de la provincia de Burgos, donde también asoma el gran yacimiento romano de Clunia Sulpicia

La noche del 17 de mayo de 1793, un vecino de Coruña del Conde se subió a lo más alto del cerro del castillo y se lanzó al vacío pilotando un avioncejo que había construido con hierro, madera y plumas de aves rapaces. Diego Marín Aguilera, que así se llamaba el ingenioso burgalés, voló —bajito, pero voló— 431 varas castellanas, unos 360 metros, y no lo hizo más porque se rompió el anclaje de un ala, porque sus paisanos quemaron enseguida el invento y porque la Inquisición bendijo en diferido la chamusquina. Hoy un monumento homenajea a aquel pionero de la aviación castellana a la entrada del pueblo y lo hace nada menos que frente a una estatua del Cid, que también pasó volando por aquí en 1081, camino del destierro. Claro, que el Campeador lo hizo a caballo y cuando Coruña del Conde, en la comarca de la Ribera del Duero, aún no se llamaba así, sino Cluña, Crunnia, Crunna, Cruña o Curuña, nombres todos derivados de Clunia Sulpicia, la importante ciudad romana cuyos restos alfombran otro cerro que hay al noreste de la población, el alto de Castro.
A un lado, Coruña del Conde, que tiene 95 habitantes. Al otro, pegada a la entrada del yacimiento arqueológico de Clunia, Peñalba de Castro, que tiene 67. Y en medio, sobre el alto de Castro, que es una meseta amplia y pelada, las ruinas de la ciudad más boyante que hubo en el norte de Hispania, que tuvo 30.000. Tan grande era —¡130 hectáreas!—, que lo poco que se ha desenterrado de ella —ni un 10%— obliga a moverse en coche, apeándose en los aparcamientos señalizados para ver esto o aquello.
Un teatro para 10.000 espectadores
Conviene llegar puntual a las 10.00, cuando abre el yacimiento, y acercarse primero al teatro, al revés de lo que se recomienda en la entrada, para disfrutar a solas de esta enormidad para 10.000 personas (4.000 más que las que cabían en los teatros de Mérida o Tarragona) y contemplar sobre el escenario derruido, que en su día tuvo columnas de 20 metros de altura, el valle del río Arandilla, afluente del Duero que riega estas soledades del sudeste de Burgos. Alrededor, a esta hora, solo hay algún pastor con su rebaño de ovejas y algún jubilado de Peñalba de Castro que viene a echar la mañana buscando setas de cardo en la meseta cimera y que cuenta con gusto al forastero cómo vio de niño el colosal graderío que los romanos habían excavado en la ladera rocosa del cerro: cubierto de tierra bien abonada y de huertos. No hace mucho, en la primera década del siglo XXI, aún se desenterró en la orquesta una pesada losa a la que, al parecer, eran atados con una argolla animales salvajes. Sobre ella, una inscripción revela que, en el año 169, el teatro dejó de utilizarse como tal y empezó a albergar luchas con fieras (venationes) y, quizá, de gladiadores.

Después de alucinar con el teatro, hay que volver a conducir para visitar las termas, el foro y las casas principales, alguna tan inmensa como la de Taracena, de más de 4.000 metros cuadrados.
Antes de salir por donde se entró, se ha de hacer una última parada en el aula de interpretación arqueológica para ver algunas piezas halladas en las excavaciones —la más llamativa, la estatua de la Diosa Fortuna que decoraba el teatro—.
La ermita y el castillo de Coruña del Conde
Con piedras de Clunia se erigió la ermita del Santo Cristo de San Sebastián, en Coruña del Conde. De origen visigótico (siglo VI) y traza románica (siglo XI), este precioso santuario exhibe en su fachada oriental un cuerno de la abundancia y, en el exterior del ábside cuadrangular, una figura femenina vestida con falda plisada. Al lado de esta, hay un sillar labrado con la palabra “mori”, que quizá acabó aquí por casualidad, pero hace pensar en el famoso adagio latino Memento Mori: “Recuerda que morirás”.

La ermita es lo más valioso de Coruña del Conde y desde donde mejor se ve la población, con su maltrecho castillo, del siglo X, en lo alto. En 2001, el Ayuntamiento puso a la venta la fortaleza por un euro, con la condición de que el comprador se comprometiera a conservarla y restaurarla. Al final, no la quiso nadie y sigue siendo una pobre ruina, pero está mejor así, triste y sola, que acompañada por un avión a reacción Lockheed T-33 del Ejército del Aire. Eso es lo que se colocó a su vera en 1994 para conmemorar el vuelo de Diego Marín Aguilera, que acabó siendo retirado en 2013 porque era un quebradero de cabeza mantenerlo allá arriba, más que el propio castillo.
Peñaranda de Duero: villa medieval y botica dieciochesca
A 12 kilómetros de Coruña del Conde, río Arandilla abajo, se descubre otro castillo en mucho mejor estado, el de Peñaranda de Duero. En su torre del Homenaje está el Centro de Interpretación de los Castillos, con cinco plantas y siete salas donde se cuenta cómo se vivía, luchaba y moría en cualquiera de ellos. Lo mejor, sin duda, es la vista desde la cubierta, pues se obtiene un plano casi cenital de esta villa medieval ejemplar, con su muralla y sus dos puertas de acceso, con su palacio y su templo tremendos en el centro y con sus viviendas populares de adobe con entramado de madera alrededor.
Rara es la casa que no tiene una bodega con su lagar y sus características zarceras o respiraderos. Bajo el Ayuntamiento se encuentra y se puede visitar la bodega de la Cárcel y degustar después un vino de la cooperativa local Santa Ana. Poco más allá, en la espléndida plaza Mayor, se alzan la excolegiata de Santa Ana, el monumental rollo jurisdiccional y el palacio renacentista de los Condes de Miranda. Este último, también conocido como palacio de Avellaneda, está cerrado por obras: lo van a convertir en uno de los hoteles de lujo de la cadena Castilla Termal. Para ver lo demás, hay que llamar a la Oficina de Información Turística de Peñaranda de Duero.
Aparte de esto, que ya es mucho para un lugar de 470 habitantes, en la calle de la Botica de Peñaranda se encuentra la farmacia en activo más antigua de España, de 1725, cuya dueña, María José Jimeno, octava de su apellido al frente del negocio, prefiere no enseñar a los turistas. Lo que el viajero sí puede hacer es echar un vistazo por encima del hombro de la susodicha mientras compra unas juanolas y luego visitar la exposición Apotecarius, en el número 23 de la calle Real, donde se habla de esta saga de boticarios, se exhibe una maqueta detallada del establecimiento —con botica, rebotica y huerto— y se muestran algunos de los peligrosos fármacos que vendían antiguamente, como el licor arsenical o la coca en polvo.

La biblioteca ‘bestial’ del monasterio de La Vid
La misma sensación de vértigo que producen el teatro de Clunia o la excolegiata de Peñaranda de Duero sacude a quien visita el monasterio de Santa María de La Vid, que en la Edad Media era lo más grande que había a orillas del río Duero y ahora solo habitan de continuo nueve sacerdotes dirigidos por el padre Agustín Alcalde. Un buen nombre, el suyo, para ser agustino y prior de esta ciudad de Dios fundada a mediados del siglo XII.
Desmesurada es la biblioteca del monasterio, que en sus casi tres kilómetros de estanterías atesora 175.000 volúmenes; entre ellos, 22 incunables y rarezas bibliográficas tan extremas como el Bestiario de Juan de Austria. El único bestiario en lengua castellana del mundo fue manuscrito y ricamente ilustrado en 1570 para que el hijo bastardo de Carlos V “descanse un rato de los muchos que en la guerra a trabajado”. Tampoco pudo descansar demasiado, porque enseguida fue la batalla de Lepanto.

A las 10.00 se visita la biblioteca y a las 11.00 todo lo demás: el claustro gótico, la iglesia de ese mismo estilo (aunque con elementos románicos, renacentistas, mudéjares, platerescos y barrocos), la sacristía, el museo de piezas religiosas y la escalera Imperial, así llamada por su tamaño exagerado, pues no consta que ningún emperador haya subido por ella desde que se construyó en el siglo XVII. La escalera, al igual que el resto de esta enorme casa, está tan acicalada que no parece antigua, sino recién hecha.
Pulquérrimos, como todo en el monasterio, son la hospedería y su restaurante Tolle Lege que barato no es, pero sí más que el asador de El Lagar de Isilla, que está en la misma orilla de Duero, al otro lado de la carretera N-122, y también es hotel.
Antes o después de comer, se puede dar un paseo por las calles rectilíneas del pueblo de La Vid. Su caserío blanco y cuadriculado no es bonito, por mucho que una inscripción diga que Linares de La Vid —tal es su nombre oficial— ganó en 2005 el segundo premio del Concurso Provincial de Conservación del Patrimonio Urbano Rural. Lo que debería haber ganado es un premio a la resiliencia, porque fue construido a mediados del pasado siglo por el Instituto Nacional de Colonización para alojar a los habitantes de Linares del Arroyo, cuyas casas y tierras fueron anegadas por el embalse homónimo del río Riaza, afluente del Duero, en la vecina Segovia.
Aromas de Santa Cruz de la Salceda
Un lugar ideal para cenar y para descansar en esta ruta es el hotel rural Las Baronas, en Santa Cruz de la Salceda. El escudo de la fachada recuerda que esta fue la casa de los Varona, descendientes de aquella doncella castellana que, disfrazada de guerrero, venció al rey Alfonso I de Aragón. Para mujer inquieta y peleona, Nuria Leal, que ha transformado esta severa casa de piedra de finales del siglo XVII en un hotelito cálido y encantador y su restaurante en un regalo para viajeros desavisados, que no pensaban catar en un pueblo de 148 habitantes exquisiteces como la oreja rellena con salsa alegre o las crestas de gallo a la zamorana.
La ruta y sus sorpresas no acaban aquí, porque justo enfrente de Las Baronas se encuentra el Museo de los Aromas, dedicado enteramente al olfato. “Es el sentido más olvidado de todos” –advierte la responsable y guía del museo, Adela Soler–, “tanto que, a veces, se pierde o se altera y no se sabe qué ha pasado con él ni qué hacer para recuperarlo”. Esto no es solo un museo: es también un centro de entrenamiento olfativo, donde se estimula este sentido y se apoya a personas que lo tienen mermado por una enfermedad vírica, una alergia, por edad u otro motivo. Por el museo hay que moverse como un sabueso risueño, jugando a adivinar con los ojos cerrados a qué huelen los efluvios que emanan de 92 objetos y que han sido recreados con aromas sintéticos: los olores de la escuela, del ropero, del tocador, de la cocina, de la iglesia, de la basura… Además de oler, también hay que leer. Como el Poema al pedo que ilustra una pared de la primera sala, dedicada a los aromas de la naturaleza. Es como si el lugar lo hubiera elegido el propio Francisco de Quevedo: “El pedo es vida, el pedo es muerte…”.

En la tienda del museo, que está bien pensada y surtida con productos de la Ribera del Duero Burgalesa, se vende un vino natural, de uva pisada con los pies: Espantaburros, de César Fernández Díaz. Después de tanto olisquear, el visitante puede tener la tentación de buscar y rebuscar en él un tufillo que delate la más antigua y sencilla manera de exprimir la uva, pero aunque sabe recio, fuertecillo, no huele a queso ni nada por el estilo. Sí que huelen a eso, y muy ricos, los Quesos Artesanos Vidal que hacen en Oquillas, en el norte de la comarca, y que también se venden aquí.
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