En la Fundação Calouste Gulbenkian, un oasis cultural en pleno corazón de Lisboa
En este complejo de la capital portuguesa, historia, arte, arquitectura y jardines dialogan de manera perfecta. Un espacio de siete hectáreas que no solo disfrutan los amantes de la cultura, también los vecinos


Fundação Calouste Gulbenkian, el complejo cultural más notable de Portugal, se encuentra en el corazón de Lisboa, entre São Sebastião y Praça de Espanha. Una institución nacida del legado filantrópico del magnate armenio-británico y gran coleccionista de arte Calouste Sarkis Gulbenkian (1869-1955), cuya visión no solo marcó la escena artística portuguesa, sino que también redefinió el modo en que el arte y la naturaleza pueden coexistir, dialogar y transformar el pulso cultural de una ciudad. Desde su origen, concebida como organización privada de utilidad pública, su leit motiv fue mejorar la calidad de vida a través de la filantropía, el arte, la ciencia y la educación. Ese espíritu se materializa en un programa de conciertos de música clásica, conferencias y exposiciones en un espacio alejado de la contaminación acústica y al resguardo del resto del mundo.
En 1959, la fundación lanzó un concurso para diseñar su sede principal y el Museu Calouste Gulbenkian. El jurado internacional incluyó a expertos como los arquitectos Leslie Martin y Franco Albini. El proyecto ganador fue el presentado por los arquitectos portugueses Ruy Jervis d’Athouguia, Alberto Pessoa y Pedro Cid. El edificio principal se inauguró el 2 de octubre de 1969, coincidiendo con el centenario del nacimiento de Gulbenkian. Desde entonces, el conjunto ha sido considerado un referente de la arquitectura portuguesa del Movimiento Moderno y, en 2010, fue declarado Monumento Nacional, siendo la primera obra contemporánea en obtener tal distinción en el país.
Su estética sobria y un tanto brutalista (en la que predominan el concreto y el vidrio) y sus interiores funcionales invitan al paseo, a la conversación y a la contemplación. La horizontalidad de los edificios y sus cubiertas ajardinadas establecen un diálogo fluido entre la estructura arquitectónica y el entorno. Tanto edificio como jardín reflejan una monumentalidad moderna y optan por una sencillez equilibrada, dando forma a una síntesis que ha sido descrita como la creación, en algo más de siete hectáreas, de “un mundo en miniatura” en el que naturaleza y creatividad se apoyan mutuamente.

El Museo Calouste Gulbenkian
Este espacio se organiza en torno a dos jardines interiores que permiten que la luz natural y la vegetación dialoguen con las obras expuestas. Durante sus primeros años albergó la impresionante colección artística del fundador, que abarca desde el Renacimiento hasta el siglo XX, incluyendo a Rembrandt, Monet, Degas, Renoir, Rodin, Cézanne y piezas de vidrio del maestro del art nouveau René Lalique. En los ochenta, la fundación amplió sus instalaciones con el Centro de Arte Moderno Gulbenkian (CAM), diseñado por Leslie Martin en colaboración con José Sommer Ribeiro. Alberga la colección de arte contemporáneo portugués más importante, incluyendo figuras tan determinantes como Maria Helena Vieira da Silva o Paula Rego.

El 20 de septiembre de 2024 se inauguró la nueva intervención del arquitecto japonés Kengo Kuma. Su proyecto amplió el jardín y reforzó la relación entre el CAM y los espacios exteriores, conjugando su sensibilidad “japonesa” y el respeto por el legado original. El arquitecto tomó como referencia el concepto del engawa: una pasarela de 107 metros de largo cubierta con madera y cerámica portuguesa, de líneas suaves y orgánicas. Esta engawa ejerce de transición entre jardín y edificio y potencia la conexión con la naturaleza y la luz. No es un umbral, es un punto de encuentro. La intervención de Kuma transformó el edificio para hacerlo más accesible, integrado y abierto hacia el jardín, difuminando los límites entre interior y exterior.
Según el arquitecto: “El objetivo no era crear una pieza arquitectónica singular, sino crear un entorno. El museo de arte del futuro probablemente encarnará esto: un espacio sin fisuras donde el arte y las personas coexistan en armonía”. Para Ana Botella Diez del Corral, directora interina del CAM: “El rediseño del edificio y el nuevo jardín potencian un centro de arte que conecta Lisboa con el mundo. El programa artístico ofrece exposiciones, eventos performativos y proyectos participativos. En tan solo 18 meses, el nuevo CAM se ha convertido en un lugar de referencia donde se cruzan ideas, públicos y formatos artísticos”. Quienes lo visiten ahora disfrutarán de propuestas de artistas consolidados, como Carlos Bunga, y emergentes, como Bruno Zhu. Esta fundación no es un lugar para ver a través de fotografías o pantallas. Hay que vivirla y sintonizar con la arquitectura, la naturaleza y la cultura.

Un jardín geométrico
El escritor lisboeta Hugo Gonçalves, autor de la reciente novela Revolução, es vecino del barrio. Sentado en una de las terrazas recuerda que Gulbenkian tiene también su carga simbólica: “Fue el lugar donde se hizo el escrutinio de los votos en las primeras elecciones libres de 1975. Además, ha influido en el apoyo a los artistas y forma parte de la infancia de mis hijos, porque venimos todas las tardes, aunque sea para jugar al fútbol. En un mundo tan rápido y fragmentado, es un lujo que podamos venir los tres a jugar y a hablar de naturaleza y de ciencia”.
No es extraño este elogio al jardín, una obra maestra de la arquitectura paisajística moderna en Portugal. Diseñado en la década de 1960 por los paisajistas Gonçalo Ribeiro Telles y António Viana Barreto, se aleja de la rigidez formal tradicional y abraza una composición que celebra la luz, la topografía y la vegetación autóctona. No falta de nada: más de 230 especies de plantas y árboles —magnolios, cipreses, olivos, sauces…— crean distintos ambientes. Hay senderos, claros y dos estanques rodeados de vegetación y vida animal: aves acuáticas y otras especies anidan o pasan por el jardín, como patos, gallaretas y pequeños pájaros.

Los diseñadores evitaron la estructura tópica de caminos y parterres para favorecer la libertad y la fluidez, permitiendo que los visitantes experimenten micropaisajes y rincones de calma. En palabras de Ribeiro Telles y Viana Barreto en la memoria del proyecto: “No se trata simplemente de integrar un edificio en un parque, ni de crear un jardín para servir a un edificio. Hay que encontrar una relación total, tan íntimamente conectada entre los dos elementos que componen el todo, que la composición abarque toda el área y la vida del edificio se extienda naturalmente a las ‘habitaciones al aire libre’ y desde ellas al interior”. Entre sus elementos destacan esculturas y obras de arte al aire libre integradas en el paisaje, como Satyricon I, de Reuben Nakian, y Female Nude, de António Duarte. También hay cafeterías y un anfiteatro con capacidad para mil personas, donde se celebra el famoso festival Jazz em Agosto.
Experiencia y memoria colectiva
Miguel Santos, joven arquitecto y responsable de comunicación de la Trienal de Arquitectura de Lisboa, sostiene: “La Gulbenkian forma los planes imprescindibles de lisboetas y visitantes, de amantes de la arquitectura y de familias que salen a pasear. Ya sea para ver una exposición, asistir a un concierto o tumbarse en el césped, es un lugar donde conviven públicos diversos. A veces parece más grande que la propia ciudad que la acoge: es un oasis cosmopolita y abierto”. Santos la frecuenta desde niño, cuando venía en excursiones desde Oporto. “Ahora vivo aquí y sigo regresando con regularidad, me emociona la belleza de su auditorio cuando el telón se alza y, al fondo del escenario, un gran ventanal enmarca el lago exterior; la escala preciosa de su biblioteca de arte; o el magnífico panel de azulejos de Almada Negreiros en el vestíbulo principal. No es casual que la Trienal de Arquitectura celebre aquí su programa de conferencias. El conjunto formado por la sede, el museo, los jardines y el CAM es mucho más que una lección de arquitectura: es una lección de ciudad, y también de sociedad”.
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