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Hektor, el retiro para viajeros y artistas donde aprender a vivir despacio

En este relajante lugar ubicado en el interior de la isla de Lanzarote conviven el arte, la naturaleza, la sostenibilidad, el buen comer y un refugio de animales

Piscina de la Residencia Hektor, ubicada en una antigua granja en Los Valles, en el corazón de Lanzarote.Yves Drieghe

Las islas volcánicas son inquietantes y cautivadoras al mismo tiempo. Ya decía José Saramago que el paisaje de Lanzarote tiene algo de teatral, “como si estuviésemos delante de un ciclorama en movimiento”. Este nido de inspiración acunó a César Manrique, hizo volver a nacer a Saramago y sentir a Rafael Alberti que iba a habitarle el mismo fuego que a los volcanes. Quizás sea su paisaje sin ornamentos o la sucesión de negros, blancos y verdes en la isla canaria lo que captura la mirada y la catapulta hacia otro planeta de cráteres lunares.

La armonía que inunda su tierra se debe a un entorno en el que arte y naturaleza dialogan. En 1995, esta pequeña isla del Atlántico acogía la Primera Conferencia Mundial de Turismo Sostenible, en la que se reconocían las ambivalencias de un turismo en ciernes y se buscaba la fórmula que sembrara las bases de un modelo respetuoso con las comunidades locales y el medio ambiente. Más de 20 años después, Lanzarote ofrece mucho más que sol y playa.

Hektor es el ejemplo de que existe otro tipo de turismo, más pausado y alejado de la recolección compulsiva de selfies en lo alto de las Montañas del Fuego. En el interior de la isla, en un pequeño pueblo agrícola de unos 400 habitantes llamado Los Valles, se encuentra este hotel boutique de cinco habitaciones, construido en una antigua granja canaria donde la vida parece suceder a otro ritmo. Puede que al de Isidro, Houdina e Isa, los tres pavos reales que pasean a sus anchas.

Yves Drieghe y Bert Roger Pieters son los responsables de que una residencia artística, un hotel y un refugio de animales confluyan en Hektor. Esta pareja cambió su ático de 20 metros cuadrados en Gante (Bélgica) por esta finca de 20.000, con más de 250 árboles. “Sentíamos que trabajábamos para pagar cafés caros. Tomamos la decisión en dos semanas, tardamos seis meses en quitarnos el estrés y otro año en aprender cómo funciona la vida en una isla”, cuenta Pieters. Después se tiraron dos años sin querer salir. “Este es el lugar de las pequeñas maravillas. No hay grandes cosas que ver, pero puedes dar el mismo paseo una y otra vez sin dejar de sorprenderte”, añade.

La filosofía de Hektor se extiende a su residencia artística, a la que están invitados investigadores y activistas. Por su finca han pasado ya más de 50 artistas de 15 nacionalidades y para solicitar plaza solo hace falta compartir la propuesta a través de su web (hektor.es). “Primero miramos la conexión con la isla y si el proyecto está alineado con los valores de sostenibilidad. Para nosotros es muy importante saber si la persona viene solo a recibir o también, no importa de qué manera, a devolverle algo a Lanzarote”, afirma. Los seleccionados disfrutan de estancias que oscilan de las dos semanas a los seis meses en una de sus suites, además de talleres, exhibiciones y cenas con el resto de residentes.

Llegar a este refugio inspirador también es posible reservando una de sus habitaciones. Todas están decoradas con objetos de colección que Drieghe y Pieters han adquirido con los años, piezas vintage y obras únicas creadas por los artistas. Cada estancia tiene una personalidad propia y desde Hektor ofrecen la posibilidad de hacer una reserva sorpresa. “Es una extraña disección de nuestros propios gustos, pero también intentamos que no haya una sobrestimulación en las habitaciones. Está pensado para que llegues y sientas que puedes coger un libro y ponerte a leer o mirar la pared y pensar: qué obra tan bonita. Queremos crear la sensación de hogar. Es una forma de entender el espacio muy distinta a la de una habitación de hotel tradicional”, explica Pieters.

Cuidan cada detalle: de los jabones hechos a mano a los desayunos veganos con los que Pieters consigue que olvides que existe la carne. Un bufé de ensaladas frescas hechas con sus propios cultivos, bollos recién horneados, mermeladas caseras o verduras con hierbas aromáticas y un plato a la carta hacen que desayunar bajo el sol de Los Valles se convierta en el ritual al que el cuerpo quiere volver cada mañana. “Hay gente que piensa que si se vuelve vegana va a tener que cambiar todo, pero no es verdad. Quiero que la gente sienta que lo vegano es fácil, solo lleva más tiempo”, asegura.

Una vez comprendidas las bondades del reposo sagrado, Hektor se convierte en el epicentro ideal para salir de uno mismo e inspirarse por el norte de la isla. “Lanzarote es como un lienzo en blanco, hay muy poca contaminación visual, no tiene publicidad y tiene una arquitectura contenida. Es una isla muy neutral y, a la vez, muy energética”, la describe Pieters.

La primera parada en dirección oeste es Villa de Teguise, elegido uno de los pueblos más bonitos de España. Merece la pena perderse por sus calles empedradas y asomarse a su jardín, plagado de peculiares esculturas de yeso creadas por el artista Pepé García. Famara es el punto intermedio en el que darse un chapuzón, caminar por cinco kilómetros de playa o aprender a surfear. Tenesar, conocido como “el pueblo perdido” de Lanzarote y que hoy se encuentra prácticamente desierto, es ideal para retomar el silencio y extasiarse con sus acantilados de lava hipnóticos.

En la zona noreste, Caletón Blanco esconde unas piscinas naturales enmarcadas en roca procedente de las erupciones de hace más de 3.000 años. Para llenar el estómago, aunque los teleclubs de la isla merecen su propio artículo, el de Haría es de parada obligatoria. El Centro Sociocultural La Tegala ofrece una garbanzada (de carne o pescado) de escándalo y una mousse de gofio en la que deleitarse con este ingrediente ancestral.

De vuelta a Hektor, conviene detenerse en la ermita de las Nieves, casi el punto más alto de la isla, para ver el atardecer y meditar. ¿Tendría razón el filósofo Byung-Chul Han al afirmar que no tenemos paciencia para una espera en la que algo pueda madurar lentamente? Silvestre, el burro, rebuzna en busca de caricias al escuchar el motor apagarse. Suenan las chicharras y los vientos alisios mueven algún agave escondido. Los ecos de una galaxia lejana llegan hasta Hektor. Y después de varios días, sucede. Solo cuando uno se rinde a encontrar el equilibrio en los placeres simples, empiezan a brotar ideas y descubre que Pieters tiene razón: “Si hay una cosa con la que los humanos pueden hacer de este un mundo mejor, es la imaginación”.

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