Tai O, el Hong Kong rural donde la vida discurre a unos metros por encima del agua
Muy cerca de la megalópolis considerada el Manhattan asiático, este pueblo flotante consagrado a la pesca se aleja del bullicio de los rascacielos para ofrecer una estampa calmada y tradicional

Está en el reverso del caos hiperurbano de Hong Kong, del frenético ritmo al que se multiplican las fachadas futuristas y la vorágine tecnológica de última generación. A escasa distancia de la ciudad que está considerada el Manhattan asiático, hay un rincón que se mantiene tal y como era en sus orígenes este bosque de rascacielos. Un pequeño pueblo de pescadores al que se puede llegar en una combinación de metro y autobús y donde el calendario, más que avanzar en el tiempo, parece aferrarse a la memoria. Tai O se esconde en Lantau, una de las 262 islas que, junto a la península de Kowloon, conforman esta Región Administrativa Especial de China. Es también donde se emplaza el aeropuerto Chek Lap Kok, hub principal de la aerolínea Cathay Pacific, con la que desde hace 10 años llegan los únicos vuelos directos desde Madrid y Barcelona. Una isla que se considera el patio de recreo de la megalópolis por la serenidad que confiere su naturaleza en contraste con la jungla de asfalto.
Justo aquí, en la costa occidental, aparece esta villa adormilada sobre las aguas tranquilas, con sus casitas de colores apoyadas en los postes, tan frágil y solitaria que parece flotar a la deriva. Al fondo, las montañas conforman una barrera como para resguardar la esencia rural, como para proteger el humilde espíritu pesquero que aún sigue constituyendo la principal actividad económica.
El mar como sentido de la vida
A Tai O llegaron los tankas hace más de 300 años. Una población procedente del sur de China a la que se conocía como “los habitantes de los botes”, puesto que ocupaban un bajo escalón dentro de la sociedad y vivían en precarias embarcaciones. Estas gentes que practicaban la pesca artesanal, el comercio de la sal y la búsqueda de perlas, con el tiempo, fueron construyendo sus casas como palafitos, amontonadas unas sobre otras, dibujando una suerte de vecindario.

Desde entonces, la vida discurre sobre pilotes a unos metros por encima del agua. Y bajo los pies, en las raídas callejuelas de madera y bambú (algunas también de cemento) se escucha el continuo murmullo de la corriente. Así se aprecia desde Rope-Drawn, un pequeño puente levadizo peatonal, de acción manual, que sirve de acceso al pueblo. Es el mejor punto para captar la extraña belleza de este enclave al que, en un alarde de originalidad, fue apodado la Venecia de Hong Kong.
Conectado por pasajes tan angostos que no permiten la circulación de coches, aquí la bicicleta es el medio de transporte principal, el modo en el que los lugareños se desplazan por tierra firme. Hay un fuerte aroma a pescado en las proximidades del mercado local, donde la mayoría de los puestos ofrecen productos del océano. Es también el lugar donde los pescadores secan sus capturas al sol (desde los calamares hasta las langostas, pasando por los pulpos y el pepino de mar), y los puestos exhiben rarezas como la pasta de camarón fermentado y las yemas saladas de huevo de pato, con las que se hace el moon cake (pastel de la luna), mezclado con raíces de flor de loto. También se vende colágeno, extraído del estómago de los peces, con el que se cocina una sopa que (dicen) rejuvenece.
Farolillos, delfines y budas

Poco más se puede hacer en Tai O que empaparse de su atmósfera genuina, que pone el foco en la sencillez de la vida, sin urgencias ni artificios. Pasear por la calle Kat Hing, adornada con coloridos farolillos de papel, y cuando aprieta el hambre, comer en Tai O Heritage, que antaño fue la comisaría de policía que protegía de los ataques piratas y hoy es un restaurante y hotel que ofrece platos típicos en una terraza acristalada y nueve habitaciones en lo que fueron las celdas.
Otro plan estupendo es dar un paseo en barco, no solo para contemplar la villa desde la perspectiva del mar, sino también para avistar al simpático delfín blanco chino, conocido como delfín rosado. Una especie de la que se estima que únicamente quedan en esta área una cincuentena de ejemplares, amenazados por la polución y la contaminación acústica subacuática derivada del tráfico marino. Aunque verlos requiere un golpe de suerte, su ausencia se compensará con la magnífica visión del HZMB Main Bridge, el puente marítimo más largo del mundo (tiene 55 kilómetros), que conecta Hong Kong con Macao y la China continental, y que tiene también la peculiaridad de contar con un túnel de seis kilómetros sumergido bajo las aguas.

Tai O, en sí mismo, merece una visita pausada. Pero a ello se suma que muy cerca se alza majestuoso el Gran Buda (Tian Tan) sobre la colina de Ngong Ping, a la que se llega gracias a un teleférico de suelo acristalado. Un buda de 34 metros de altura y 250 toneladas de bronce que representa la armonía entre el hombre, la naturaleza y la fe. Eso sí, contemplarlo de cerca requiere subir 268 escalones en una gesta que simboliza la superación de los obstáculos para alcanzar la iluminación.
Igual de impresionante es el monasterio budista Po Lin, un complejo de templos fundado en 1906 en el que descansan tres estatuas de buda (el pasado, el presente y el futuro) y una bonita iconografía. Aquí una campana suena cada siete minutos, exactamente 108 veces al día, porque una leyenda dice que con su tañer se curan 108 tipos de males. Alrededor, exuberante vegetación tapiza las laderas en este Hong Kong alejado del hormigón.
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