10 destinos desconocidos de Perú: cuevas gigantescas, cascadas ocultas o el cañón profundo de Arequipa
Más allá de Machu Picchu o de las postales de Lima y Cuzco, hay otros destinos menos transitados llenos de naturaleza extrema, sitios arqueológicos escondidos y tradiciones vivas que nos van llevando de una sorpresa a otra

Hay un Perú que no aparece en las postales. Un país que no cabe en las rutas clásicas que encadenan Lima, Cuzco y el lago Titicaca como paradas imprescindibles de cualquier viaje por el país. Pero Perú puede desplegarse ante el viajero “a capas”, y detrás del turístico, se esconde otro territorio silencioso, áspero, hospitalario, que vive en los márgenes de las carreteras principales, en los desvíos sin señalizar o en ciudades a las que rara vez llega un turista. Paisajes y parajes en los que podremos volver a sentirnos exploradores.
En el Perú menos transitado hay grandes territorios, como la costa sur, y la sierra central, quizá la región más auténtica y menos visitada del país, y también la Amazonía peruana, territorio de la aventura o los cañones de vértigo de la región de Arequipa. Allí, lejos de las multitudes, la experiencia se vuelve más intensa, más directa. Naturaleza extrema, arqueología olvidada, tradiciones vivas y una sensación constante de descubrimiento.
Lunahuaná, el oasis inesperado
Apenas dos horas al sur de Lima, el paisaje ya cambia de forma abrupta. El desierto cede ante una franja verde que serpentea entre montañas áridas. Allí aparece Lunahuaná, como un espejismo fértil en mitad de la nada. Pero no es fácil llegar, así que merece la pena dedicarle un par de días. Se llega a través de una sinuosa carretera de 38 kilómetros, para ver de repente, cómo se extiende sobre una frondosa franja verde a ambas márgenes del río Cañete.
La vida gira en torno a la viticultura y los deportes acuáticos de alto voltaje en el río Cañete, turbulento y con rápidos perfectos para el rafting y para sobrevolar en tirolina. El Cañete es uno de los mejores lugares de Perú para practicar rafting. En temporada alta, entre diciembre y abril, los rápidos alcanzan niveles de dificultad que atraen tanto a principiantes como a expertos.

Pero Lunahuaná no es solo adrenalina. Es también un territorio de viñedos y bodegas familiares donde se produce pisco con métodos tradicionales. Las catas suelen ser informales, guiadas por los propios productores. Tras la emoción del río, el viajero se sienta bajo una parra, copa en mano, y comprende que el contraste —entre agua y desierto, entre riesgo y calma— es la esencia del lugar.
Más allá del rafting y los viñedos, Lunahuaná invita también a explorar el valle con calma. A pocos kilómetros se encuentra Incahuasi, un complejo inca poco visitado que funcionó como centro administrativo y militar. Sus muros de piedra y patios abiertos permiten imaginar la expansión del imperio hacia la costa. El recorrido hasta Catapalla, ideal en bicicleta, atraviesa viñedos y bodegas de piscos artesanales. También destacan los puentes colgantes sobre el río y pequeños miradores desde los que se aprecia el contraste entre el verde del valle y las montañas áridas que lo rodea.
Más información en la nueva guía de Perú de Lonely Planet y en www.lonelyplanet.es
El Chaco (Paracas), la frontera entre el mar y el desierto
El Chaco es una paradoja. Nació como aldea pesquera y hoy es puerta de entrada a uno de los ecosistemas más sorprendentes del país. Desde aquí parten las embarcaciones hacia las islas Ballestas, un santuario natural donde lobos marinos, pingüinos y aves marinas conviven en un caos perfectamente organizado.
La cercanía con la Reserva Nacional de Paracas añade otra dimensión: playas desérticas, acantilados erosionados y un silencio en las rocas que contrasta con la vida frenética del océano. Es uno de los ecosistemas más inusuales del planeta: el desierto costero subtropical. Aunque forma parte del llamado Gringo Trail, el camino por el que transitan los turistas por Perú, solo hay que alejarse unos kilómetros o esperar al atardecer, cuando los grupos regresan, el viento se calma y el paisaje recupera su carácter primigenio. No hay mejor forma de concluir una aventura en la reserva que ver la puesta de sol frente a La Catedral, un arco rocoso derrumbado, convertido en una colosal formación de altos acantilados al sur de la playa Yumaque.

Las excursiones a las islas Ballestas son el principal atractivo. Se las llama las “Galápagos de los pobres” y son una reserva de fauna salvaje de lo más interesante. Pero la península de Paracas ofrece mucho más. En bicicleta o vehículo, se recorren paisajes casi extraterrestres: la Playa Roja, con arena teñida por minerales, o los acantilados que caen al Pacífico. El misterioso geoglifo del Candelabro, visible desde el mar, añade un toque arqueológico. Recuerdan a las misteriosas líneas de Nazca y su origen se desconoce. Para los más activos, el viento constante convierte la zona en uno de los mejores lugares de Sudamérica para el kitesurf.
Huacachina y el desierto de Ica, el espejismo del desierto
Huacachina parece un error geográfico: un oasis inesperado rodeado de enormes dunas, una laguna rodeada de palmeras en medio de un océano de arena. Pero existe, y además se ha convertido en uno de los lugares más singulares del país.
Aunque ha ganado popularidad en los últimos años, todavía conserva mucha autenticidad. Subir a las dunas al amanecer, antes de que lleguen los buggies, nos permitirá contemplar un paisaje casi lunar. Por la tarde, el desierto se transforma en parque de aventuras: sandboard, descensos vertiginosos y puestas de sol que tiñen la arena de tonos rojizos. Además del sandboard, la gran experiencia es realizar caminatas por las dunas más altas al amanecer. Desde allí, la vista del oasis rodeado de arena es sobrecogedora. Si buscamos tranquilidad, solo tenemos que alejarnos unos metros de la laguna y subir a una duna solitaria para disfrutar del silencio absoluto.

Cerca, la ciudad de Ica aporta un contrapunto cultural con su tradición vinícola, reforzando esa mezcla de naturaleza extrema y vida cotidiana que define la costa sur de Perú. En Ica, merece la pena visitar bodegas históricas para conocer el proceso del pisco y degustar variedades locales. También el Museo Regional de Ica ofrece contexto sobre las culturas preincaicas del desierto.
Nazca, el misterio que se dibuja desde el aire
Sin dejar la costa sur de Perú, encontramos Nazca, uno de esos lugares que obligan a levantar la mirada —o mejor dicho, a elevarse. Desde el aire, las líneas trazadas en el desierto revelan figuras gigantescas cuyo significado sigue siendo objeto de debate. Rayas, dibujos y figuras humanas y animales de dimensiones gigantescas se contemplan desde lo alto, grabadas en el desierto hace entre 1.500 y 2.000 años. Es un destino que atrae a arqueólogos, científicos, amantes de la historia, místicos hippies y turistas curiosos.

El sobrevuelo es imprescindible, pero Nazca se explora mejor en tierra. La región es un museo al aire libre de culturas preincaicas: acueductos milenarios, centros ceremoniales como Cahuachi y un paisaje desértico que esconde vida salvaje en el altiplano cercano. Los acueductos de Cantalloc, aún en funcionamiento, muestran la ingeniería hidráulica de la cultura nazca. Cahuachi, antiguo centro ceremonial, revela pirámides de adobe en medio del desierto. Y a mayor altitud, la Reserva Nacional Pampas Galeras permite observar vicuñas en libertad, mientras que Cerro Blanco, una de las dunas más altas del mundo, ofrece una de las experiencias de trekking y descenso en arena más espectaculares del mundo
Mollendo, la costa olvidada
Mollendo es un lugar casi al margen del mapa por el que rara vez pasan los turistas. Y quizá por eso conserva su encanto. Antiguo puerto de exportación de guano y base desde la que Chile derrotó a Perú en la guerra del Pacífico en el siglo XIX, Mollendo tiene un pasado muy agitado, pero hoy es la principal ciudad costera de la costa sur, la más agradable y la parada más interesante entre Nazca y la frontera con Chile. Combina arquitectura tradicional, playas tranquilas y proximidad a reservas naturales como las Lagunas de Mejía, uno de los mejores lugares del país para la observación de aves. El paseo por su casco urbano revela casas tradicionales y una atmósfera relajada. Las playas, menos concurridas que otras del país, permiten disfrutar del Pacífico sin aglomeraciones. Es también un buen punto para desconectar tras hacer trekking por el desierto o la montaña. En Mollendo se vive a otro ritmo. No hay prisa, ni colas, ni rutas marcadas. Solo el sonido del mar y la sensación de haber encontrado un secreto.

Huánuco, la puerta a lo desconocido
Damos un salto al interior, a la Sierra Central, una de las regiones menos visitadas de Perú, pero también de las más gratificantes. Con la espectacular naturaleza andina de fondo se puede vivir una verdadera inmersión rural, descubrir misteriosas ruinas preincas en la montaña, lagos a gran altura en los que se reflejan las cumbres nevadas, ciudades coloniales en fiesta permanente y una gastronomía diferente. Y todo con una ausencia casi total de turistas. Las carreteras no son fáciles y las opciones de alojamiento muy básicas, pero la experiencia justifica las pequeñas incomodidades para todos los que estén dispuestos a viajar sin prisas para descubrir tradiciones antiguas y una naturaleza espectacular.
Huánuco, por ejemplo, es una ciudad de paso que merece dejar de serlo. Situada en una antigua ruta comercial inca entre Cuzco y Cajamarca, fue un antiguo centro comercial y administrativo, pero hoy funciona como bisagra entre la sierra y la selva, y pasa desapercibida para los viajeros.

Hoy queda poco del pasado colonial de esta ciudad fundada por los españoles en 1541 a pocos kilómetros de la vieja fortaleza inca, pero lo más interesante de Huánuco es su atmósfera: mercados, gastronomía local y festividades como la Danza de los Negritos, donde historia y celebración se mezclan en una explosión de color y música, sobre todo en las fiestas de enero que llenan las calles de música y máscaras. Huánuco invita a explorar sus mercados, donde se percibe la mezcla de influencias andinas y amazónicas. Desde la ciudad parten excursiones hacia valles cercanos y rutas menos transitadas, convirtiéndola en un excelente punto de transición entre regiones. A pocos kilómetros se encuentra Kotosh, uno de los asentamientos más antiguos de los Andes, con su enigmático Templo de las Manos Cruzadas, cuya antigüedad se remonta a casi cuatro mil años.
Tingo María, la selva accesible
Desde Huánuco, la carretera desciende hacia un mundo completamente distinto, atravesando paisajes preciosos y saliendo por un valle hasta la animada ciudad agrícola de Tingo María. La aridez desaparece y la vegetación lo invade todo, en un espectáculo verde y frondoso dividido por ríos de aguas cristalinas. Al oeste de Huánuco, una carretera poco transitada serpentea por las montañas del alto valle del río Marañón, donde se encuentran muchas zonas arqueológicas apartadas, además de varios baños termales de lo más apetecibles.
Tingo María es una puerta de entrada privilegiada a la Amazonía. Su parque nacional ofrece cuevas gigantescas, cascadas ocultas y senderos que atraviesan una biodiversidad desbordante. Aquí el viaje se vuelve sensorial: humedad en la piel, sonidos constantes, colores intensos. Es una experiencia que transforma la percepción del país, recordando que Perú no es solo Andes y desierto.
Entre las rutas del parque, algunas llevan a la cueva de las Lechuzas o la catarata Gloriapata, o más allá, se pueden hacer excursiones a cascadas como Santa Carmen o al valle del río Derrepente, que se adentran en paisajes selváticos casi intactos. El ascenso a miradores naturales permite contemplar la silueta de la Bella Durmiente, uno de los iconos del lugar

Y en el alto valle del Marañón, lejos de cualquier circuito turístico, se extiende Huánuco Viejo. Es la experiencia de la arqueología sin multitudes: un complejo arqueológico inmenso, casi vacío de visitantes. Caminar entre sus ruinas —más de mil estructuras— es una experiencia radicalmente distinta a la de los grandes sitios incas. Aquí no hay guías con paraguas ni grupos organizados. Solo viento, piedra y silencio. Más al norte, las misteriosas construcciones de Tantamayo añaden un aire casi legendario: torres funerarias de piedra de varias plantas que parecen desafiar el tiempo y la lógica.
Reserva Nacional Pacaya Samiria, la Amazonía en estado puro
Densa, poco poblada y de un tamaño colosal, la selva amazónica peruana es territorio de aventuras y viajeros con ganas de naturaleza. La Amazonía peruana cubre casi el 60% del país y tiene una compleja red de delicados ecosistemas, fauna única, tribus aisladas y sinuosos ríos que sirven de vías de transporte. Es difícil adentrarse en ella, así que la mayoría de los visitantes suele agruparse en unos pocos puntos de entrada de fácil acceso. En el norte, Iquitos, la antigua ciudad cauchera y en el sur, Puerto Maldonado, en la confluencia de los grandes ríos. Adentrándose en la selva, parques nacionales y reservas, como el del Manu o Pacaya-Samiria, atraen a los que buscan un lugar remoto.
La Reserva Nacional Pacaya Samiria, en el noreste del país, ofrece una de las experiencias más auténticas de la Amazonía. Con una extensión de más de 20.000 km2, es la mayor zona protegida de Perú, en la que viven comunidades indígenas y con varios hábitats de gran importancia. Aquí no hay carreteras: el transporte se realiza en barco, navegando ríos que se expanden y contraen según la temporada.

Delfines rosados, monos, aves exóticas y una biodiversidad extraordinaria convierten este lugar en un paraíso para los amantes de la naturaleza. Pero más allá de la fauna, lo que define la experiencia es el ritmo: lento, silencioso y profundamente conectado con el entorno.
Casi todo el mundo entra en la Reserva por el lado oriental, por Nauta o Iquitos. Se necesitan al menos tres días para ver la reserva en la confluencia del río Marañón y el Ucayali, en un paisaje que se conoce como “selva de espejos” por el reflejo de las hojas en el aguan negra durante la temporada de lluvias. Remoto y sin servicios, es el destino perfecto para los que quieren evitar los circuitos más turísticos y los amantes de la naturaleza.
Kuélap, la fortaleza en las nubes del norte
En el norte del país, lejos del circuito turístico tradicional, se alza Kuélap, una imponente fortaleza construida por la cultura chachapoya siglos antes de la expansión inca. Aunque muchos la llaman el “Machu Picchu del norte”, en Kuelap no hay más de 250 o 300 visitantes diarios. Lo curioso es que Kuélap es 500 años más antigua que la famosa Machu Picchu y en su construcción se emplearon tres veces más de piedras que en la gran pirámide de Egipto. Pese a todo, la ciudadela andina sigue siendo un enigma y un buen lugar para indagar sobre la avanzada civilización de los incas.
Ubicada a más de 3.000 metros de altitud y rodeada de selva de montaña, Kuélap impresiona por sus murallas de hasta 20 metros de altura. En su interior, más de 400 estructuras circulares, que en su día debieron de estar coronadas por techos de paja cónicos, evidencian una organización urbana compleja.

Durante años, el acceso a Kuélap fue complicado, lo que mantuvo el sitio en relativo anonimato. Sin embargo, la construcción de un teleférico ha facilitado la llegada, abriendo la puerta a un mayor reconocimiento. Aun así, la experiencia dista mucho de la saturación de otros destinos. La niebla que envuelve la fortaleza, los bosques húmedos y la sensación de descubrimiento convierten la visita en algo casi cinematográfico. Estamos además en el Valle del Utcubamba, en el que se distribuyen a lo largo del valle lugares de interés, sobre todo yacimientos arqueológicos, pero también enterramientos de la cultura de los chachapoyas, paisajes espectaculares y hasta un museo de las momias en Leymebamba.
El Cañón del Colca profundo, más allá de los miradores
El Cañón del Colca es un ejemplo de cómo el turismo puede quedarse en la superficie si no se explora más allá de lo evidente. El Cañón es conocido por ser uno de los más profundos del mundo y por la presencia del majestuoso cóndor andino. Sin embargo, la mayoría de los visitantes se limita a observarlo desde miradores. La verdadera experiencia está en descender.

A través de rutas de trekking, es posible llegar a oasis escondidos como Sangalle, donde palmeras y piscinas naturales contrastan con la aridez de las alturas. En el camino, pequeños pueblos conservan tradiciones ancestrales, terrazas agrícolas milenarias y un ritmo de vida pausado.
Los paisajes del Colca varían a lo largo de los 100 kilómetors de curso, desde la estepa árida de Sibayo hasta los ancestrales terrenos agrícolas en terrazas de Yanque y Chivay. Los cóndores planean aprovechando las corrientes de aire caliente junto a las paredes verticales del cañón, más allá de Cabanaconde, una zona que no se exploró hasta la década de 1980. El mejor lugar para avistarlos es Cruz de Cóndor, un mirador junto al que anidan.
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