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En colaboración conCAF

El legado de adaptación de la cultura Nasca ofrece claves para la crisis climática actual

En la costa sur de Perú sobreviven acueductos prehispánicos diseñados para el manejo de agua durante periodos de climas extremos como los que se viven actualmente

El geoglifo ‘La familia real’, de la cultura Paracas, quienes también sortearon cambios climáticos.Génesis Quispe Coronel (DDCI)

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Antonio Aguilar, un robusto hombre de 77 años, cuenta cómo es su trabajo. “Hace dos semanas me metí allá abajo para limpiar”, dice señalando el filo de un pozo que tiene piedras ordenadas en el borde y unos siete metros de profundidad. “Bajé, saqué la basura, penetré en el túnel que lleva al otro pozo, también lo limpié y salí por ahí hacia arriba”. Un chorro de agua discurre en el fondo emitiendo un leve sonido que recoge el eco de la conversación. A lo lejos se ven más pozos, que lucen como encadenados. Es un acueducto construido por la cultura nasca hace unos 1.500 años, la misma de los famosos geoglifos de Perú que retratan a hombres y animales, y que vivió en esta zona entre los años 100 a 800 d.C.

Tanto en el complejo de pozos y túneles, llamado por el Ministerio de Cultura (Mincul) Acueducto Santa María de Taruga, como en los dibujos que han dado lugar a teorías incluso delirantes (como aquella que atribuye su construcción a extraterrestres), hay una línea de continuidad que lanza un mensaje al presente. “Todos los animales dibujados en las pampas de Nasca y Palpa están asociados con rituales de agua y fertilidad”, explica Johny Isla, arqueólogo de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Ica (DDCI), el departamento donde están los asombrosos rastros prehispánicos. La araña, por ejemplo, es un artrópodo que simboliza la regeneración de la vida por sus cientos de crías que salen de los nidos al nacer. El colibrí “es un polinizador por excelencia y fertiliza a las plantas”, también señala Isla.

Incluso hay un dibujo, llamado erróneamente “La mano”, pero que en realidad “es un sapo a punto de saltar”. Hasta hoy en día, los hombres y mujeres del campo saben que cuando este animal aparece, vendrá un buen año de agua, como lo sabían siglos atrás sus antepasados. Es una sabiduría acumulada que sigue siendo muy útil actualmente, cuando hay una alta probabilidad de que se desarrolle el fenómeno de El Niño costero, y el calentamiento anormal del mar frente a las costas de Perú y Ecuador amenaza con provocar fuertes lluvias e inundaciones en varios departamentos, incluyendo a Ica.

El complejo de acueductos, geoglifos y líneas dibujadas en el desierto tenía que ver con la supervivencia en un medio adverso, con cambios climáticos frecuentes y donde el recurso hídrico era un bien escaso. Había que obtener el agua sacándola del subsuelo y creando esa cadena de pozos conectados mediante túneles subterráneos para hacer que llegara a los campos. “Estos antiguos acueductos constituyen un sistema único en el mundo andino”, afirma Isla.

“En total existen 42, de los cuales 29 siguen funcionando”. Uno de ellos es justamente ese que cuida con esmero Aguilar. Sirve para regar campos donde se cultivan frijoles, pallares y sandías. Sin esos providenciales pozos, también llamados puquios, no se podría hacer.

Para Ana Cecilia Mauricio, arqueóloga de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), todas esas construcciones prehispánicas “deberían llamarse ciencia y reconocerse de esa manera”. Desarrollar tal forma de preservar el agua requirió de una concepción del espacio y de un manejo inteligente de los ecosistemas. Algo que se fue perdiendo con el tiempo.

La vida de los habitantes de la sociedad Nasca fue por momentos llevadera gracias a que, en algunos momentos de su historia, no faltó el agua y sus campos fueron fértiles. Pero, de acuerdo con estudios arqueológicos y paleoclimáticos, publicados en la revista científica Catena, a partir del año 150 d.C. comienza un paulatino proceso de desertificación que se hace muy agudo entre los años 350 y 400 d.C.

Isla comenta que hubo hasta 80 años de escasez de agua y, aun así, se desarrolló una cultura potente, con cerámica muy fina y con un centro ceremonial llamado Cahuachi. Hacia el 600 d.C estalló una sequía extrema, que fue marcando el ocaso de esta sociedad, tal como señalan él y su colega Markus Reindel en un artículo del 2013 publicado en la revista Diálogo Andino.

Los famosos geoglifos ya se habían ido construyendo desde el año 100 d.C. a lo largo de varias generaciones, no en un lapso corto. Pero fue en los momentos más dramáticos de aridez cuando se hicieron más grandes y en mayor cantidad. La explicación de por qué fue así es sugerente: con ellos se clamaba a una deidad que estaba en las alturas, para que los vea y mande el agua.

Isla dice que era “como un dios mítico volador” (al que algunos investigadores llaman ‘Kon’) y que, como todos los dioses, “estaba en el cielo”. A esta deidad se habrían dedicado los dibujos sobre la pampa que aún hoy sobreviven. Una pista de que ese era su propósito es que hay geoglifos más antiguos y pequeños, puestos en las laderas de los cerros por la cultura paracas (800 a 200 a.C.), cuando no había tantas sequías y clamar al cielo no era tan necesario.

Cada pueblo sorteó sus propios desafíos y todo indica que a los nascas les tocó lidiar con un territorio y un tiempo seco, difícil. Según la fallecida historiadora María Rostorowski, “estaban inmersos en un ambiente mágico, donde todo el universo, el mar, el viento y la tierra palpitaban de vida al unísono con el hombre”. Y donde a la vez se desarrollaba un culto a los cerros y al agua.

Isla añade que los geoglifos eran como un llamado para que este ser supremo, que también figura en la cerámica de esta cultura prehispánica, se volviera benefactor, no punitivo, y los escuchara. Se acudía a él cuando había escasez de agua. Existe la presunción, además, de que en la pampa donde están las líneas y dibujos se realizaban rituales que tenían ese fin.

Lecciones climáticas

¿Se puede recoger el legado de los nascas para enfrentar las consecuencias del actual calentamiento global? Francesca Fernandini, otra arqueóloga de la PUCP, coincide con Isla al sostener que “hubo un cambio en el patrón de asentamiento de esta sociedad entre el 300 y 400 d.C., por lo que se presume que enfrentaron una posible crisis climática caracterizada por una sequía”.

Justo es en los momentos de inflexión, de aridez, cuando aparece esta tecnología hidráulica, agrega. Y cuando se quedan sin campos agrícolas, “tienen que pensar fuera de la caja y empezar a ver cómo irrigan tierras eriazas”. Todo ese conocimiento, sin embargo, se perdió casi por completo en la Colonia y también en los tiempos republicanos, como si no sirviera para nada.

Una prueba es que la actual carretera Panamericana, al ser construida hacia la década de 1930, atravesó la pampa y partió algunos de los geoglifos, entre ellos el denominado ‘El árbol’. No hubo conciencia de su importancia hasta que, a partir de 1940, la arqueóloga y matemática María Reiche se dedicó a cuidar las líneas y geoglifos de Nasca, con toda la energía que le dio la vida.

Contribuyó incluso a que en 1994 fueran elevadas a la categoría de Patrimonio Cultural de la Humanidad, en un tiempo en el cual ya eran visitadas por los turistas y conocidas mundialmente. Lo que no se había puesto suficientemente en valor es la importancia que tenían, no solo como un sitio prehispánico, sino también como lugar donde se crearon tecnologías para sobrevivir. Actualmente, cuando la crisis climática global avanza, existe allí un legado que recoger. Según Fernandini, justo cuando llegan los españoles, es que se produce una ruptura del conocimiento heredado.

Los riesgos que llegan

Las líneas de Nasca a veces son impactadas por la irrupción de fuertes lluvias de origen amazónico que llegan a la costa, o por eventos como el fenómeno de El Niño, aunque de manera leve. Ya en 2009, el Instituto Geológico Minero y Metalúrgico emitió un informe donde recoge los efectos que causaron sobre las líneas unas profusas e inusuales lluvias.

Algunas antiguas quebradas se activaron debido al enorme flujo de agua proveniente de las estribaciones andinas y afectaron los geoglifos denominados ‘El árbol’ y ‘La mano’ (último que, en rigor, es un sapo). El impacto se produjo porque, cuando la riada llegó a la vía Panamericana, el agua se represó al chocar con el altillo sobre el que está la carretera.

El problema no tuvo que ver necesariamente con el cambio climático. Pero, si este fenómeno se agrava, es posible que caigan fuertes lluvias cerca de la zona donde están los geoglifos y algunos torrentes de agua se vuelvan difíciles de controlar. Por ello, desde el Mincul, como señala Josué González, director de la DDCI, se están monitoreando las quebradas vecinas, aun cuando la mayor parte de los dibujos está en espacios resguardados, lejos de algún cauce de grandes dimensiones, porque la sociedad Nasca era bastante consciente de dónde construir y vivir.

Otras amenazas que se ciernen sobre las líneas de nasca son el avance de la minería ilegal, que ya ronda por la zona, y la expansión descontrolada de la frontera agrícola, que puede agotar el agua de la napa freática, recurso a partir del cual se idearon, hace siglos, los pozos y túneles que se siguen usando. Esos que Aguilar, guardián del acueducto de Taruga, conoce desde que, a los 12 años, llegó desde el departamento andino de Ayacucho a vivir en estas pampas. “Entonces había bastante agua”, recuerda, mientras observa el leve chorro que corre al fondo de un pozo.

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