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St. Croix, la pereza del tiempo en las Islas Vírgenes

Hay muchos reclamos que justifican una chincheta en el mapa viajero en esta isla. Bucear en Buck Island, sus dos breves ciudades y unas playas caribeñas que atraen a las tortugas para desovar son solo algunos de ellos

Personas practicando esnórquel en la zona de Buck Island, al norte de la costa noreste de St. Croix (Islas Vírgenes).Richard Clark ( Alamy / CORDON PRESS )

No es sencillo convencer a nadie para ir a St. Croix. Incluso si dejamos de lado las glorias de Cuba y República Dominicana, todavía habrá quien señale, centrados en el Caribe anglo, que no tiene los arenales de Tobago, el color de Santa Lucía o ese sentimiento de lejanía del mundo que impone Carriacou. Ni siquiera tiene la fiesta que —por no salir de las Islas Vírgenes— ofrece St. Thomas, algo más al norte, a todos aquellos que dejan de beber en el crucero con la única motivación de seguir bebiendo en tierra. No será que a St. Croix le faltan reclamos para justificar la chincheta en el mapa del turismo internacional: Buck Island es uno de los mejores jardines marinos del Caribe y, por tanto, uno de los mejores paisajes de la tierra para el buceo.

La isla tiene dos ciudades —Frederiksted y Christiansted— tan breves como elegantes. E incluso puede alardear del cabo Point Udall, el primer lugar donde amanece en territorio de Estados Unidos y una de esas trivialidades geográficas que gustan a las visitas. A este lote hay que añadirle el resto del placentero pack caribeño que, con sus cócteles de ron, sus orillas blancas y sus mahi-mahi a la parrilla, nos devolverá siempre a esta parte del mundo que ha tenido el mérito de reducir la angustia humana al miedo a que te caiga un coco en la cabeza.

Sin embargo, quienes buscan siempre la playa más remota quizá terminen por ir a St. Croix justamente por lo que su encanto tiene de elusivo, tanto más valioso cuanto más difícil de decir. La más grande de las Islas Vírgenes no ha cortejado a las grandes marcas hoteleras. No es sinónimo, como Caimán o Antigua y Barbuda, de paraíso fiscal. E incluso se mantiene a una distancia de seguridad de aquel islote, Little St. James, de los crímenes del pederasta Jeffrey Epstein. Sí, en un mar a veces chillón, St. Croix es el Caribe refinado. Los coches circulan por la izquierda por la razón de que así circulaban los carros en su metrópoli, Dinamarca, hasta 1793. Y los alisios le ayudan con un régimen, durante todo el año, de suavidad particular: por cada huracán en St. Croix, hay tres huracanes en Bahamas; y si te quejas del calor en St. Croix, es que alguien ha entrado en combustión en Puerto Rico. Una belleza rara de esta isla es que —lejos del Atlántico— está toda rodeada de Caribe.

Entre las Islas Vírgenes, ha sido por tradición la que menos visitantes recibe, quizá porque, para compensar, siempre ha recibido los mejores. Su atractivo moderno no puede desligarse de la familia Kennedy, que extendió su manto preppy sobre este promontorio del Caribe y lo reconvirtió al buen tono mundano. Desde entonces y hasta los Biden, no son pocos los demócratas americanos que sobrevuelan el feudo MAGA de Florida para llegar a una St. Croix más discreta y a la vez más sofisticada: la isla es nido de los mirlos blancos de esa gauche divine americana que, en la playa, prefiere leer un libro a hacer una barbacoa. Este era el lugar favorito de los Kennedy para pasar las navidades, y el propio JFK iba a dejar constancia de su lealtad: primero con medidas oficiales, como la protección de la barrera coralina de Buck Island; después, con un encargo sentimental al artista Bernard Lamotte, que pintó un fresco con motivos crucianos como fondo de la piscina de interior —ya desaparecida— de la Casa Blanca.

Aquel fresco representaba el puerto de Christiansted, una de tantas ensenadas naturales del Caribe donde los piratas esperaban a los galeones en los tiempos en los que St. Croix aún se llamaba Santa Cruz. En los nuestros, esta bahía sigue siendo el mejor atracadero si uno llega a la isla —cosa práctica— en su propio yate. Si uno no tiene, o lo está retapizando, siempre puede recurrir a los aviones de Cape Air, unos alarmantes CESSNA 402 de los ochenta con la tecnología de un vespino y la envergadura de una lavadora que volara. Al subirnos a uno, bien podemos pensar que vamos a revivir la historia de otro Kennedy, John John, que se mató con su esposa Carolyn Bessette en otro avión, un Piper Saratoga, y en otra isla pija, Martha’s Vineyard. Pero ya hemos dicho que no ponerlo fácil era una de las seducciones de St. Croix: tampoco para llegar.

En un lugar con unas playas que atraen a tortugas capaces de nadar miles de kilómetros para desovar —¡ni siquiera ellas lo tienen sencillo!—, parecería que visitar sus ciudades es un planteamiento tan exótico como ir a Florencia a conocer su centro de separación de residuos. No es así. La isla de St. Croix tiene algo de resumen del Caribe, con dos vertientes muy diferenciadas: el este, más seco y montañoso; el oeste, más selvático y lluvioso. Uno tiene más cactus, el otro, más caobos. Y lo que ocurre en la geografía física tiene su traslación en la humana: a St. Croix la llaman “la isla de las ciudades gemelas” por tener a Christiansted en el este y a Frederiksted en el oeste. El apelativo solo puede leerse con ternura: hablamos de pueblos de menos de 2.000 personas y a media hora uno del otro; ambos, con ese silencio como una sedación que, por contraste con el jaleo del Caribe católico, resulta propio del Caribe protestante.

Christiansted y Frederiksted, las ciudades gemelas

En su estado de semiabandono, Christiansted y Frederiksted parecen lugares donde al tiempo le diera pereza pasar. Su vieja prosapia danesa, sin embargo, ha infusionado esa belleza en tono menor que asociamos a la isla. Como muchas Pequeñas Antillas, St. Croix fue avistada pero no habitada por Colón y, desde entonces, pasó de mano en mano: franceses, ingleses, holandeses; hasta los Caballeros de Malta tuvieron mando aquí. La presencia más duradera sería la danesa, que comenzó en 1725 para terminar con la venta de la isla a Estados Unidos en 1917: resulta elocuente de la humanidad de la Dinamarca colonial que, en una consulta previa a su marcha, el 99% de los crucianos votara por irse con Estados Unidos.

En las Indias Occidentales Danesas, St. Croix era una finca azucarera con un blanco por cada veinte esclavos: pura economía de plantación. Desde el antiguo Egipto sabemos, sin embargo, que un régimen opresivo puede —e incluso suele— ser espléndido en su arquitectura pública, y en las dos ciudades, Christiansted en amarillo y Frederiksted en almagre, está el recuerdo de una pequeña Dinamarca: dos iglesias luteranas de líneas muy puras, un fuerte que nos lleva desde el trópico hasta Copenhague, las placas en danés y en inglés, la parrilla perfecta de las calles, los soportales para aliviar el sol del Caribe; un sentido práctico, en fin, por completo compatible con la belleza. En estos almacenes coloniales afirmó haberlo aprendido todo un Padre Fundador, Alexander Hamilton, cuando solo era un niño huérfano.

Christiansted y Frederiksted son los únicos lugares de la isla en los que se puede, por lo demás, comer algo que no sea cocina del mundo: los hoteles creen que uno viaja a la penúltima página del Caribe para tomar spaghetti alla puttanesca y no los buñuelos de concha, la sopa callaloo o los johnnycakes —unos panecillos de maíz— que al final hay que buscar en cafeterías de cutrez reconfortante como Nina’s o Tail End. Una excepción es el saltfish, algo así como un esgarraet antillano, sin el cual uno no puede decir que ha desayunado en estas islas y que bordan en The Buccaneer.

Ocurre, claro, que The Buccaneer ya de por sí resulta una excepción: es, al mismo tiempo, uno de esos hoteles a los que se va por el alojamiento y un lugar de carácter sin el que una ciudad —en este caso, una isla— no terminaría de entenderse. La publicidad lo considera uno de los mejores resorts del Caribe por lo que tiene: tres playas, un paraíso de palmeras, cuartos junto al mar tan maravillosos que, en vez de hacerte sentir rico, te hacen llorar de pobre. Pero, quizá, lo que le separa en espíritu de otros es lo que no tiene: mimosas en el desayuno, tarjeta de puntos, señalética corporativa, actividades que hacen ruido (torneos, danzas, etcétera). Seguro que si uno busca hay alguna, pero aquí la actividad principal sigue siendo muy parecida a la que motivó su apertura en 1947, hace ya tres generaciones: tumbarse junto al mar, bucear o hacerse el muerto, ver con pasmo cómo las nubes se reflejan sobre el agua y estar atento al atardecer y a la amanecida, con un operario que peina la playa cada mañana a las siete. En vez de propuestas lúdicas —pongo en cursiva el crimen—, la familia propietaria, en lo que es una costumbre harto civilizada, ofrece un aperitivo a sus huéspedes los domingos. Por lo demás, no hay que engañarse: un lugar así está pensado para amarse locamente, aunque también hay un campo de golf si uno prefiere otros juegos, con colinas tan de ensueño que la bola se va al agua y a nadie le importa.

Y a estas alturas habría que decir que sí, que uno puede e incluso debe alquilar un coche e irse a ver las playas —magníficas— de Cane Bay o de Sandy Point. Y también, claro, subrayar la importancia del desove de las tortugas de carey e incluso aportar algún detalle eruditesco: en España, su concha era muy apreciada para las peinetas porque, con sus tonos claros, ofrecía un contraste con las melenas morenas. De modo que sí, vaya a ver las tortugas si puede, claro, pero tampoco se sienta muy mal si decide no salir del Buccaneer y quedarse a ver atardecer con un punch de ron —aquí la marca es Cruzan— en la mano. Ya tendrá tiempo de ver las tortugas otra vez: no es sencillo convencer a nadie para ir a St. Croix, pero es muy fácil convencerle para que vuelva.

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