Menorca fuera de temporada alta: más consciente, más real, más armónica
Con sus playas tranquilas, su red de caminos rurales o sus proyectos comprometidos, la isla balear ofrece una experiencia distinta

Camino por la plaza de la Constitución, en pleno corazón de Mahón, a la hora que la ciudad se despereza al amparo de un buen desayuno. Desde el momento en que hinco el diente a un planchado menorquín de sobrasada tierna, queso semicurado y miel de romero en el Café Margarita, sé que este viaje va a ser exactamente lo que había imaginado. Este instante simple sabe aún mejor fuera de la temporada alta, cuando Menorca enseña su cara más amable, auténtica y serena, para ser degustada sorbo a sorbo. La isla balear, que fue declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993, siempre lo tuvo claro: desarrollo turístico sí, pero no a cualquier precio. Al fin y al cabo, la isla que conservó su identidad frente a los invasores ingleses y franceses no iba a claudicar ahora ante un ejército armado con maletas de ruedas.
Parte de esta cruzada la lideran proyectos individuales que recuperan antiguas masías abandonadas y las transforman en alojamientos con encanto integrados en el paisaje, construidos con materiales locales y una filosofía slow. En su capital se reconstruyen antiguas casonas y palacios respetando su estructura original, combinada con modernos diseños de interiores. Pocos ejemplos mejores que el Hotel Hevresac, antigua casa familiar del capitán, comerciante y corsario Joan Roca Vinent. Techos altos de madera, decoración vintage, objetos de arte que cuelgan de las paredes o descansan sobre los suelos hidráulicos originales y libros, muchos libros por todos lados. Ignasi Truyol, humanista, ilustrado y esteta por naturaleza, es el dueño y alma creativa detrás del concepto: “Menorca es auténtica, creíble y tangible, con un alma contemplativa y poética”, la describe.

Unido a la isla por vínculos emocionales y familiares, Truyol ya practicaba la hospitalidad slow y la sostenibilidad mucho antes de que todos se subieran al carro de estos conceptos. En el pueblo de su padre, Ferreries, famoso por la elaboración de calzado artesanal, abrió hace ya 17 años Ses Sucreres, un pequeño hotel boutique en el antiguo colmado donde los niños compraban caramelos. Conserva su alma de casa de pueblo, el dulzor en su nombre y su mismo espíritu juguetón. Recién ampliado, con un atrevido proyecto arquitectónico contemporáneo, el alojamiento, con el sello “Menorca Reserva de la Biosfera”, sigue siendo un ejemplo de cómo el desarrollo turístico puede ser ecoconsciente, sensible y responsable con el entorno.

Es la hora de comer y la oferta en las calles de este Mahón cosmopolita va de los bares de toda la vida a sofisticadas ostrerías. Empiezo tomando el pulso a la ciudad en Sa Bodega —un diminuto espacio con escaparate de botellas de ginebra de Mahón— con una gilda y una copa de cava. El aperitivo continúa al otro lado de la plaza con un “manolito” de jamón ibérico en Cristanal y Gradinata, un clásico decorado con radios vintage en estanterías y ambientado con música jazz. Podría seguir con un plato de cuchara en Can Pota o un arroz de gambita en el restaurante de mercado El Trueno, pero, lleno con el generoso aperitivo, me tomo un pintxo de tortilla payesa de patata, butifarra blanca y cebolla en el templo de las tortillas Ay Mi Madre.
Un paseo por las calles del centro lleva al local más chic de la isla, La Cereria, una antigua fábrica de velas convertida en tienda de accesorios y moda comprometida con la artesanía local. Nada parece al azar en este coqueto lugar. “Intentamos que este espacio sea un reflejo de la naturaleza y el estilo particular de la isla”, cuenta Sara Diz Estévez, al frente de la tienda. Ese “estilo particular” del que habla está presente en sus casas restauradas y callejuelas adoquinadas y en comercios como Esparter 1815, fundado en 1815, lo que la convierte en una de las tiendas más antiguas de España. Comenzó como un taller dedicado al esparto y a la fabricación de cuerdas para la navegación, más tarde fue armería —en la trastienda aún se apilan armas de caza y equipamiento ecuestre—, hasta convertirse en lo que es hoy: una estilosa tienda de moda y decoración donde conviven ropa, calzado y cerámica de diseño contemporáneo con las tradicionales cestas y alpargatas. Al frente de la tienda está Llorenç Escudero Carreras, la sexta generación de la familia, que muestra con orgullo una foto sepia de su abuela vestida con el atuendo tradicional menorquín a lomos de una mula.
Otro de esos lugares es la casa taller donde Blanca Madruga moldea el barro, creando piezas que muestran la memoria de la tierra en sus texturas y sus colores. Funcionalidad y belleza en objetos que están tan a gusto en las mesas de las casas menorquinas como en la fabulosa tienda del centro de arte Hauser & Wirth, abierto en julio de 2021 en la Isla del Rey, frente al puerto de Mahón. La llegada de esta galería supuso un espaldarazo para las credenciales artísticas de esta isla, más conectada con el arte que con los chiringuitos de playa. Accesible solo por barco y de entrada gratuita, este antiguo hospital naval del siglo XVIII, construido por los ingleses y que hace solo cinco años estaba en ruinas, es hoy un espectacular hub cultural con ocho galerías, jardines, tienda de arte, cantina y antiguas estancias donde se exhiben los objetos del antiguo hospital.
Se acerca la hora mágica, y siempre es mejor que pille frente al mar. A solo 20 minutos en coche de la ciudad está Son Bou, la playa más larga de la isla, con sus dos kilómetros y medio de arena fina y agua turquesa. Aprovechando la soledad fuera de temporada, en esta ocasión elijo Cala Blanc, una diminuta cala de arena blanca escoltada por rocas que se abre a un agua de ensueño que invita a sumergirse en ella. A la vuelta, un paisaje de rocas erosionadas cubiertas en parte por frondosa vegetación forman el mirador de Ponent, punto de encuentro de cazadores de atardeceres que, como yo, disfrutan en silencio del momento en el que el sol se oculta en el mar sereno y transparente.

Al día siguiente, el paseo sin rumbo por Mahón me lleva hasta la galería Encant, de Elvira González, precursora del arte contemporáneo en la ciudad, abierta hace ya 25 años y tan relevante como el primer día. En la plaza de Bastió, el espíritu cosmopolita de la isla se palpa en las mesas del Pipet Café entre brunchs saludables y bizcochos artesanos. Enfrente del café, la tienda de decoración y galería Tabouret, propiedad de la galerista francesa Isis-Colombe Combreas, creadora de la revista de moda y diseño Milk, es otro de esos lugares que subrayan el gusto de Menorca con la belleza y el estilo. Estilo también en el hotel Cristine Bedfor, diseñado por el interiorista Lorenzo Castillo; un lugar donde el gusto por lo exquisito se traslada a los fogones gracias al chef Pau Sintes, que con 21 años y un plato de berenjenas rellenas, reivindicando la cocina casera, ganó el Premio Europeo al mejor chef joven en 2022. “Creo que es importante que la gente vuelva a la cocina que se hacía en las casas”, relata Sintes, mientras prepara el pescado aplicando pesos de metal fabricados por su padre, consiguiendo que la grasa de la piel se infusione en el pescado para mejorar la textura y potenciar el sabor. Más tarde, en una preciosa vajilla inglesa, las preparaciones de carpacho de gambas rojas con piñones y la lubina con cremoso de tirabeque y almendras serán una auténtica fiesta de sabores del mar.

Dejo atrás la capital y me dirijo al norte de la isla, hasta Son Ermità y Binidufà, de Vestige Collection, dos hoteles boutique que han recuperado casas agrícolas del siglo XVIII abandonadas para restaurarlas con mimo y materiales como la piedra, la madera y los enlucidos de cal, trabajando con canteros y carpinteros locales, respetando las construcciones originales de las casas —por ley no se pueden modificar las estructuras— y manteniendo el espíritu rural en el exterior de casa solariega, pero con todo tipo de lujo puertas adentro. Lujo como el que recorre la otra joya de Vestige Colecction, Son Vell, una casona señorial del siglo XVIII de arquitectura veneciana, abierto hace tres años en el sur de la isla, restaurando su esplendor original con el marés y la piedra caliza, conviviendo con la madera recuperada y los artesanados de arcilla, manteniendo intacto el carácter sereno de la finca.
En Son Ermità, la enorme boyera de arcos de piedra donde se guardaba el grano es ahora un acogedor salón, y en la casona principal se encuentran las 10 enormes habitaciones de techos altísimos y vigas de madera. Ubicado sobre una colina rodeada de montañas, deja sin aliento cuando, al borde de su piscina infinita, se observa la puesta de sol con el rojizo reflejado en la lejana playa de Els Alocs. Esta es zona de arenales agrestes y terrenos duros, y alcanzar el mar es un premio que hay que ganárselo. La Cala Calderer es prácticamente privada del hotel, porque la dificultad del acceso hace necesario un vehículo todoterreno para llegar. Una vez en la playa, el silencio es absoluto y varias vacas rumian la posidonia seca de la orilla. Sobre la montaña, dos figuras humanas descienden para atravesar la playa y continuar camino por la ruta llamada Camí de Cavalls, un espectacular sendero histórico de 185 kilómetros que circunvala la isla, recorriendo calas vírgenes, barrancos y faros.
De La Vall a Ciudadela
Siguiendo por la costa norte se llega al área protegida de La Vall, entre pinares espesos, dunas vivas y acantilados que custodian una franja de arena blanca y aguas claras y poco profundas. La playa D’es Tancats y la Des Bot, separadas por arrecifes rocosos, son sendas invitaciones a dejarse mecer por sus aguas limpias y apacibles.
A tan solo 12 kilómetros de aquí está Ciudadela, antigua capital histórica de Menorca que conserva en sus calles empedradas la huella solemne de los siglos. Noble y señorial, se asoma al mar a través de su puerto natural, mientras palacios de piedra marés, iglesias góticas y plazas recoletas evocan su pasado de esplendor y resistencia. Más ostentosa, más bella e impactante es, naturalmente, más turística, y no puedo evitar añorar la sencillez de Mahón y del campo menorquín, como si allí el alma de la isla estuviera más presente.

En esa búsqueda regreso al interior para conocer Son Blanc, una finca tradicional menorquina restaurada y convertida en un retiro de 14 habitaciones donde conectar con la tierra y el entorno natural. Arquitectura bioclimática, huertos ecológicos, tejas en espiga que recogen y canalizan cada gota de agua. De nuevo, el equilibrio con el territorio y la belleza de las cosas simples en cada mueble y en cada alfombra, piezas elaboradas a mano por artesanos y artistas.
Cerca de aquí, Gabriel González Andrade me abre las puertas de Casa Humō, un lugar de encuentro donde compartir tiempo y palabra en torno a una mesa, con botijo de barro con agua fresca, quesos artesanos y pan recién hecho, bajo la sombra de los olivos y el aroma dulzón de las chumberas. Rustic chic en el corazón de Menorca. No es un restaurante, sino una forma pausada de experimentar el sabor de lo auténtico, con la leña y el humo como protagonistas indiscutibles. Cordero hecho a fuego lento en horno de leña, vermut, conservas y fermentados elaborados en casa y veladas que discurren despacio, sin prisas ni estridencias, haciendo, como el resto de esta maravillosa isla, mucho bien para el alma.
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