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Por el valle del río Draa: desierto, oasis y vivac en jaimas

Al cruzar hacia el sur la cordillera del Atlas, en Marruecos, se abre una ruta majestuosa que lleva desde las altas cumbres hasta las suaves ondulaciones de las dunas del Sáhara. De octubre a mayo, es la temporada ideal para recorrerlo

Ait Ben Haddou

Hay paisajes que parecen haberse dibujado al ritmo de sus músicas. Ese es el caso del valle del río Draa, en el sur de Marruecos, a las puertas del desierto, cuyas curvas se corresponden con la melodía que hace sonar un intérprete tuareg. Son suaves las ondulaciones que traza el cauce del río —el más largo del país, con 1.100 kilómetros de longitud—, rodeado de palmeras, o bien las del cordón montañoso del Anti-Atlas, también las que aparecen con las primeras dunas, cuando esos arbustos llamados mimosas escasean, algo indolentes. Eso sí, en el aire del Sáhara podrían vibrar poderosas las cuerdas rústicas del guembrí (especie de bajo tradicional marroquí), y la profusa percusión de metales y cueros que acompaña el paso del dromedario, hundiéndose en la arena o acelerándose en el descenso de una colina.

De octubre a mayo va la época en que se puede visitar esta zona amable del desierto con nombre de desierto (sah’ra, en árabe), desde estas puertas de entrada, en ciudades al norte o al sur de la cordillera del Atlas, dependiendo de los días de los que dispongamos para descalzarnos sobre la arena, darnos un baño de sol de otoño o invierno (e inicios de la primavera) y observar más estrellas que nunca en un cielo negrísimo. De ahí que sea posible organizar planes de diferentes duraciones, según iniciemos el viaje en Marraquech (seis días, cinco noches), en Uarzazat (cuatro días, cuatro noches), e incluso si partimos desde el mismísimo oasis de M’hamid (cuatro días, tres noches), el último pueblito antes de internarnos en la arena, donde cada año, en otoño, se celebra el festival Zamane, que explora sonidos antiguos.

En todos los casos podemos conocer de cerca la vida en las viejas casbas fortificadas o en el oasis, junto a los palmerales. Una vez allí comprenderemos que el desierto no es un espacio vacío, sino un hábitat vivo y pleno en biodiversidad, en el que sus habitantes están acostumbrados a valorar la existencia en armonía con los recursos de la naturaleza.

Partida desde Marraquech

Desde la villa imperial de Marraquech es posible una salida matinal en 4x4 a través de las altas cumbres del Atlas, con vistas panorámicas que erizan la piel, como la de Tizi-n-Tichka, y con una visita a la casba de Telouet, antigua residencia del pachá Glaoui.

El descenso se hace por el inigualable valle del río Ounila, con sus pueblos de casas de adobe, material que hoy utilizan algunos arquitectos que apuestan por la construcción sostenible. Tras un almuerzo de esos al paso, en los pequeños puestos de carnicería y grill (en los que uno elige en crudo la pieza o el brochette que desee que le pongan a la parrilla), se puede hacer una parada para descubrir Ait Ben Haddou, una ciudadela fortificada que parece hecha de dibujos (o ensoñaciones) y que fue declarada patrimonio mundial de la Unesco en 1987. Se nos hace de noche en Uarzazat, la ciudad en la que se localizan los estudios de cine Atlas, con decorados en los que se han rodado reputadas películas de Hollywood, como Gladiator, o algunos episodios de la serie Juego de tronos.

Al amanecer de un nuevo día, el verdadero esplendor del Draa se abre ante nuestros ojos, lleve o no agua en su cauce, dependiendo de la época del año en que se visite. Por cierto, cuentan los habitantes del valle que hace apenas dos décadas el agua corría durante todo el año, pero que las sucesivas sequías o los cultivos inapropiados para la zona, como el de sandías, lo han ido deshidratando. Con todo, observar a su vera la blancura de los almendros en flor, en el mes de febrero, o los ramilletes de palmeras datileras y todo el verde de sus orillas, rasgando la tierra rojiza, nos dejará boquiabiertos a partir de la ciudad de Agdz, en la provincia de Zagora.

Imaginaremos, pues, el recorrido de las antiguas caravanas que, desde aquí, tenían por delante 52 días en camello hasta la emblemática Tomboctú. Entonces, podemos dejarnos llevar por la experiencia del oasis y, tomando el infaltable té a la menta, disfrutar de los diferentes estilos musicales que las cofradías practican en la región: ganga, rokba, ahidous, chamra y akalal. Son músicas con coreografías vistosas, que se acompañan de palmas, tambores y krakabs (castañuelas metálicas) y se cantan en idioma bereber o en árabe hassanía.

En ruta hacia el sur, conoceremos la villa de Tamegroute, donde se puede visitar una antiquísima y bien conservada biblioteca coránica, junto a la Zaouia Naciria, la ermita —hoy sala de meditación— de una confraternidad sufí fundada en el siglo XVII. En este pequeño caserío surcado por la carretera principal veremos una hilera de tiendas en las que venden sus vasijas los ceramistas que trabajan allí mismo, y podremos visitarlos en los talleres en los que modelan y cuecen tazas, jarrones y vajilla —que seguramente nos llevaremos a casa—.

Olivos, buganvillas y estrellas

A partir del tercer día, tanto si nos alojamos en alguno de los albergues y cabañas de la villa de M’hamid El Guizlane (con jardines de olivos y buganvillas) como si pernoctamos en jaimas, como los pobladores nómadas, la experiencia puede estar completamente dedicada a los infinitos paisajes del desierto. Por ejemplo, se puede destinar una mañana a un paseo a pie por el último palmeral del Draa, que incluye el ksar de Talha y el de Oulad Mhia. Además, es posible adentrarse en la casba Sidi Khalil, verdadero punto de partida de los mercados ambulantes hacia lo que hoy es territorio de Malí. Y, por supuesto, ver la puesta del sol entre dunas, antes de preparar la fogata y afinar las guitarras para compartir esas músicas que se agrupan en lo que se ha dado en llamar “el blues del desierto”, con trovadores locales.

De camino a las imponentes dunas de Chegaga, donde también se puede dormir en vivac, veremos áreas en las cuales sobresalen las acacias radiana y los tamariscos, y en las que se están reintroduciendo especies como el antílope africano (de la especie Addax nasomaculatus), algunas gacelas o el avestruz de cuello rojo, propio del norte de África. De vuelta, siempre por pistas que solo conocen los conductores locales de coches con tracción en las cuatro ruedas (y los dromedarios), emprenderemos el retorno. Podemos almorzar en el ksar Zaouia o detenernos en los de Bounou y Oulad Driss, antes de partir de retorno hacia Marraquech (o Uarzazat). Eso sí, sin dejar de pasar por el oasis de Fint, un jardín creado por antiguos comerciantes nómadas que hoy nos otorga el verde que ansía nuestra vista como contraste de los dorados que volverán una y otra vez a nuestra memoria, porque la arena infinita es un color que nos ha estallado dentro.

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