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Blogs / El Viajero
El blog de viajes
Por Paco Nadal

Viaje a Etiopía para conocer los grupos étnicos del sur

En este territorio fascinante conviven medio centenar de tribus que, gracias a su aislamiento, mantienen sus estilos de vida y sus ritos ancestrales. Un gran museo vivo de la antropología

Etiopia

Etiopía conserva una identidad cultural, religiosa y étnica única en el continente africano. Pero no es un país, sino varios dentro de unas fronteras históricas que han sufrido modificaciones a lo largo de los siglos, la última de ellas no hace mucho con la escisión de Eritrea (1993) tras una larga guerra civil. De entre esos países que habitan en uno mismo, el más singular de Etiopía es el gran sur, una de las zonas más fascinante del planeta desde el punto de vista antropológico. El extremo meridional es completamente distinto al norte. Para empezar, se asienta sobre la gran falla del Rift, que parte África en dos, con un paisaje de grandes llanuras semiáridas y sábanas arbustivas. Luego está el clima, que aquí es muy cálido y seco, con temperaturas extremas que superan los 40°. Y para terminar, la casi ausencia de infraestructuras ha impedido que la globalización y la modernización lleguen a este extremo del país. El caldo de cultivo perfecto para que hayan sobrevivido en esta remota zona de África medio centenar de tribus y etnias que conservan con fiereza sus tradiciones, su vestuario y estilo de vida, su cultura, su lengua y sus ritos.

La puerta de entrada a este gran sur etíope es el aeropuerto de Arba Minch, una localidad de tamaño medio, más limpia y ordenada de lo esperado, a 535 kilómetros de la capital, Addis Abeba, y a 1.200 metros de altitud, en la ribera del lago Chamo, que es, junto al contiguo Abaya, una de las dos mayores láminas de agua de las Tierras Altas del sur. En el Chamo puedes contratar paseos turísticos en bote para ver sus orillas e islas y fotografiar su mayor atractivo: las docenas de cocodrilos que sestean en sus playas. De hecho, le llaman el “mercado de los cocodrilos”. Por lo que sea, los cocodrilos del lago Abaya son mucho más grandes y agresivos, lo que impide cualquier navegación en botes pequeños por él, incluso de barcas de pescadores, que no faenan allí dada la peligrosidad.

Para visitar mi primera tribu tomo un microbús que asciende por una sinuosa carretera por la ladera de las montañas Guge, hasta una altiplanicie a 3.000 metros de altitud donde viven los dorze. Son la tribu de las casas elefante, por la característica forma de sus cabañas. Estas pueden llegar a tener 12 metros de altura y tienen siempre una protuberancia en el frente que hace las veces de vestíbulo, con dos ventanas en la parte superior que le dan el aspecto de una cara de paquidermo, con su trompa y sus ojos. De ahí el sobrenombre. Más que esto, lo que hace peculiares a los dorze es que toda su vida gira en torno a dos elementos vegetales: el falso banano y el bambú. Con estas dos plantas hacen todo: construyen sus casas, sus herramientas y preparan la base de su alimentación, el kocho. Para ello raspan con una pala de madera las hojas del falso banano, sacan las fibras, las cortan y machacan y las entierran durante tres meses para que fermente. De ahí sale una pasta que convenientemente tostada al fuego forma una torta comestible de muy buen sabor. Es la base de su alimentación.

Toca seguir viaje, siempre hacia el sur. Desde Arba Minch a la tierra de los konso hay 92 kilómetros por una carretera comida por los baches y tomada por las vacas, las reinas y señoras de estas tierras —sus rebaños se mueven libremente por donde les da la gana, siempre con preferencia de paso—. El paisaje se va haciendo más árido y empiezan a aparecer árboles de moringa, otra base de alimentación para estas tribus sureñas.

Los konzo son el pueblo de las aldeas amuralladas. No son murallas altivas y macizas como las medievales, sino cercas de piedra seca de poco más de un par de metros de altura que se han ido ampliando en círculos concéntricos durante siglos a medida que aumentaba la población. Cuando caminas por esos estrechos callejones emboscados de piedras y troncos te sientes en un laberinto subterráneo, en un planeta extraño donde no se ve el horizonte, pero llegan voces amortiguadas de vidas que se están viviendo junto a ti, aunque que tú no las veas. Unas 70 aldeas konso se desparraman por las colinas áridas y escarpadas del valle del río Sagan. Para sobrevivir en un terreno tan poco propicio desarrollaron un sistema de terrazas de piedra que evita la erosión y maximiza la retención de agua para sus cultivos. El sistema es tan singular que, en 2011, la Unesco lo reconoció como patrimonio mundial con el nombre de Paisaje Cultural Konso.

En sus aldeas, en sitios estratégicos de cruce de caminos instalan una mora, una palapa de techo cónico con suelo de piedra basáltica que sirve de zona de reunión y descanso; una especie de club social techado al que solo tiene acceso los hombres. El pueblo que visito se llama Gamole y me dicen que tiene unos 4.000 habitantes y 15 moras.

Sigo viaje, ahora en busca del valle del Omo, de los territorios más aislados y atávicos de África, donde viven otra buena cantidad de tribus. Doscientos kilómetros de carretera con su correspondiente dosis de baches y vacas, pero casi toda asfaltada, me llevan a Turmi, un villorrio en toda la acepción de la palabra que es poco más que una rotonda asfaltada con varios comercios, unos restaurantes locales, media docena de alojamientos y una oficina gubernamental para tratar asuntos tribales.

Hasta hace 14 años, venir a esta zona del sudeste de Etiopía implicaba un viaje arduo de 15 días por caminos solo aptos para vehículos todoterreno, teniendo que dormir muchas noches en tienda de campaña porque no había alojamiento de ningún tipo. Hace unos siete años, una compañía china construyó esta carretera hasta Turmi para sacar por ella el azúcar, los plátanos y el maíz que se cosechan en las riberas del río Omo. Y hace cinco, se inauguró un aeropuerto en Jinka, a 117 kilómetros de Turmi. El sur del país ya no es tan inaccesible, pero la gente que vive en él sigue anclada en el pasado.

Por ejemplo, los mursi, una de las tribus etíopes más icónica y guerrera. Visito un poblado mursi cerca de Key-Aser, donde los jueves se celebra un mercado que atrae a gente de toda la región, no solo mursis, también benas, arbores y hamer. Muchos llegan caminando kilómetros y kilómetros, por eso está prohibido vender o comprar antes de las once de la mañana; para que a los que vienen de lejos tengan las mismas oportunidades que quienes viven cerca.

Los mursi son famosos, sobre todo, por el plato labial que llevan sus mujeres. Al llegar a la pubertad, les perforan el labio inferior y les colocan platos de cerámica o de madera que van aumentando de tamaño conformen crecen; una práctica que asocian con belleza y estatus, ya que cuanto más grande sea el plato que lleva la mujer, mayor es la dote que recibe en el matrimonio. Además, tanto las mujeres como los hombres decoran sus cuerpos con escarificaciones, cicatrices con relieve que se hacen lacerando la piel con formas geométricas que pueden cubrir gran parte del cuerpo.

El entorno de Turmi y las orillas del río Omo hasta el lago Turkana es la tierra de otras dos tribus numerosas e importantes. Por un lado, están los dassanech, los pastores que mejor se han adaptado a las zonas más áridas y pobres de esta región. Siempre fueron nómadas, pero debido a la pérdida de sus tierras de pastoreo se han ido sedentarizando. Viven en poblados de casas semiesféricas que antes construían con ramas y hojas, pero que ahora hacen con chapa metálica, lo que provoca que su interior sea un horno imposible de habitar hasta que cae la noche. Plantan sorgo y maíz en las riberas del Omo y lo dejan crecer libremente mientras pastorean sus vacas. Cuando creen que ha crecido el cereal, regresan para cosecharlo. Me pareció que eran los más pobres de entre los pobres del sur de Etiopía.

Los otros grandes protagonistas de estos territorios de condiciones climáticas extremas son los hamer, uno de los grupos étnicos más fascinantes y conocidos del valle del Omo. Su riqueza personal se mide por el número de cabezas de ganado que poseen: con menos de 500 vacas eres un don nadie. También cultivan sorgo, mijo, tabaco y producen miel. Son fácilmente identificables por su atuendo. Las mujeres llevan el torso desnudo y se untan los cabellos con una mezcla de ocre rojo, agua y resina, trenzándolos en pequeños rizos llamados goscha. Visten pieles de vaca adornadas con cuentas de colores y caracoles. Los hombres van ahora en vaqueros y camiseta, pero antaño solían ponerse en el pelo una especie de casco de arcilla que decoraban con plumas. Son muy populares los mercados que celebran en Turmi o en Dimeka, que sirven, además de para el comercio, como puntos de encuentro entre los diferentes clanes.

El sudeste de Etiopía es un museo vivo de antropología y biodiversidad. Es cierto que el turismo genera riesgos y aculturización en unos pueblos que viven todavía de manera ancestral. Pero para muchas comunidades remotas este turismo representa la principal o única fuente de ingresos externa, más allá de los productos agrícolas o ganaderos que ellos mismos producen y consumen. Si intentas que tu visita sea lo más socialmente responsable y te interesas más por su estilo de vida y por el turismo comunitario que por hacerte fotos con ellos para publicarlas en redes sociales, el viaje al sur de Etiopía te fascinará… y te enriquecerá.

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