La guerra de Trump acelera el ocaso de la era fósil
Medio centenar de países buscan fórmulas para la transición mientras la crisis de Ormuz aboca a la electrificación de un mundo adicto al petróleo y el gas

Hace un par de meses, el equivalente a tres lustros en la loca era Trump, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, recorría Europa vendiendo las bondades del gas fósil y presionando para que organismos y gobiernos renegaran de las políticas climáticas. “Eso no va a pasar”, decía sobre el objetivo del Acuerdo de París, que busca que los gases que sobrecalientan el planeta desaparezcan a partir de mediados de siglo (lo que implica dejar atrás los combustibles fósiles). Wright, exdirectivo de la industria fósil, exigía entonces a la Agencia Internacional de la Energía que no incluyese más en sus análisis la evidencia: los escenarios que apuntan a la decadencia y fin del uso del petróleo, el gas y el carbón. Solo dos meses después, tras el ataque a Irán de EE UU e Israel ―que ha desembocado en una crisis global de los combustibles―, desengancharse de ellos emerge como la solución más inteligente para protegerse frente a las siguientes crisis energéticas.
A las razones medioambientales y económicas por la mayor competitividad de las renovables y la movilidad eléctrica, se unen ahora, con una fuerza mayúscula, la seguridad y la soberanía. “Si alguien dudaba de que debemos depender menos de los combustibles fósiles, creo que ahora está absolutamente claro que debemos dar esos pasos de forma robusta”, resume la economista brasileña Ana Toni, jefa de la última cumbre del clima de la ONU, la COP30. “Es un momento apropiado para discutir estos temas”, señala sobre la primera Conferencia sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles, que se celebra hasta el miércoles en la ciudad colombiana de Santa Marta.
Más de medio centenar de países —entre ellos Brasil, Canadá, España, Alemania y el Reino Unido— participan en esta cita ideada para que gobiernos y otros actores planteen medidas concretas para encauzar esta transición. “Santa Marta es muy importante. Más de 50 países van a asistir, y eso es significativo en el contexto actual en el que algunos matones incluso intentan obligar a los países a seguir dependiendo de los combustibles fósiles”, apuntaba esta semana Mary Robinson, expresidenta de Irlanda, quien también participa en la reunión de la ciudad caribeña.
Cuando Robinson hablaba en un encuentro con varios medios internacionales de “matones”, apuntaba implícitamente a Donald Trump. Porque así han calificado muchos expertos y políticos la actitud de su Administración en contra de las renovables y las políticas climáticas. Su Gobierno no ocultaba sus intenciones en la Estrategia de Seguridad Nacional que publicó en noviembre: “Restaurar el dominio energético estadounidense”, basado fundamentalmente en el petróleo, el gas y el carbón. Lo curioso de este caso es que ha sido la guerra en Irán, patrocinada por el propio Trump, la que ha puesto el foco sobremanera en los precios y en el riesgo del corte del suministro mundial. Puede contribuir, en fin, a exactamente lo contrario: a acelerar el ocaso de la era fósil. Un inesperado efecto bumerán.
“La transición energética ya se estaba produciendo a gran escala antes de que estallara la guerra en Oriente Medio”, explica Nicolas Fulghum, analista del grupo de investigación británico Ember. El año pasado, por ejemplo, las renovables superaron por primera vez al carbón en la generación eléctrica mundial. Pero Fulghum cree que este conflicto “probablemente acelerará” el cambio. Y enumera algunos ejemplos de los últimos días: “Indonesia ha anunciado un plan para construir 100 gigavatios (GW) de capacidad solar en tres años para combatir la dependencia de combustibles fósiles importados y Corea del Sur se ha comprometido a acelerar su expansión de energía renovable”.
Tras sestear en los últimos meses, la Comisión Europea presentó el miércoles un nuevo plan para impulsar todavía más esa transición. “Debemos acelerar el cambio hacia energías limpias de cosecha propia”, declaró la presidenta Ursula von der Leyen. “Esto nos dará independencia energética y seguridad, y significa que estamos en mejores condiciones para capear las tormentas geopolíticas”.
“Estamos ante el fin de la época de los combustibles fósiles”, vaticina Ben Backwell, responsable del Consejo Global de la Energía Eólica. “El mundo ha pasado por tantas crisis de energía fósil desde los años setenta, y vamos escribiendo la misma historia siempre sin hacer los cambios estructurales para que no pase más...”.
Backwell, sin embargo, cree que la crisis de Ormuz puede ser la definitiva para impulsar la transición. Por un lado, explica, los ciudadanos se están “pasando a la electrificación de forma masiva”, algo que se aprecia en las ventas de coches eléctricos. “Sobre todo en Asia, el efecto sobre el consumidor es brutal y hay tecnología disponible para reemplazar el gas y los motores de combustión”, apunta Backwell, que abunda además en el flanco político de la seguridad de suministro: “Los gobiernos cada vez más están determinados a no ser vulnerables”.
De aquella crisis de los años setenta del petróleo a la que se refiere Backwell, los países ricos salieron con una inclinación clara por los modelos de coche más pequeños, mecheritos en el consumo frente a los glotones de sus predecesores. Una tendencia que, sin embargo, se revertiría años después con el salvaje crecimiento de los SUV. Medio siglo y dos sacudidas energéticas después —las dos en menos de cinco años: 2022 y 2026, que se dice pronto—, al mundo solo le queda una salida: electrificar todos aquellos consumos que implican la quema de petróleo, gas y carbón. Del transporte ligero al pesado; de la industria a las calefacciones.
A cuatro años del inicio de la invasión rusa de Ucrania, cuando se priorizaba la integración de energías renovables en el sistema eléctrico, el enfoque ha cambiado. Ese camino ya ha sido encarrilado en Europa y se ve de forma cada vez más clara en India y China, los dos países más poblados del planeta. Pero el gran desafío ahora es lograr la electrificación total. La llave maestra para dar carpetazo a los combustibles fósiles.
“Hay que mandar el mensaje claro de que la electricidad es la energía de Europa y, en general, de los países que no tenemos petróleo ni gas: porque es la única endógena, y porque sus costes no van a dejar de bajar en los próximos años frente a unos combustibles fósiles cada vez más volátiles”, desliza Pedro Fresco, autor de El arte de impulsar el cambio (Barlin Libros, 2026).
En marzo, con la brutal escalada en el precio de los hidrocarburos ―especialmente aguda en el caso del diésel―, las ventas de coches eléctricos se han disparado algo más del 50% interanual en el Viejo Continente. El dato no solo confirma la ruptura de resistencias e inercias que, en condiciones normales, tardan años en quebrarse. También que, cuando los conductores sienten la dentellada en su propio bolsillo, la transición se acelera. Pero evidencia también lo que muchos señalan como un error histórico, cometido por los Veintisiete ―caprichos del destino― solo un par de meses antes de la guerra en Oriente Medio, cuando Bruselas confirmaba un secreto a voces y cedía a las presiones del poderoso sector automotriz europeo y postergaba el fin del coche de combustión hasta más allá de 2035.
“En los últimos meses se han mandado dos mensajes muy equivocados: la postergación de los objetivos del coche eléctrico en la UE y el levantamiento, en Alemania, de la obligatoriedad de que las calderas dejasen de ser de gas para ser solo eléctricas”, recuerda Fresco. “No se ha hecho autocrítica y, a la luz de los hechos, deberíamos”.
Ember considera que, con la tecnología actual, según un informe de mediados de marzo, ya es perfectamente factible electrificar las tres cuartas partes del consumo energético agregado mundial. También las tres cuartas partes de la población mundial vive en países que son importadores netos de combustibles fósiles, donde los réditos, tanto económicos como en términos de soberanía e independencia, serían enormes.
“La clave de todo es la electrificación”, sentencia Daniel Pérez, autor de La superpotencia renovable (Arpa editores, 2023). “Solo hay que mirar a China: si no tienes petróleo, tienes que aprovechar la electricidad renovable que sí tienes. La única forma de dejar de consumir o de consumir menos gas y petróleo es electrificarse. Con coches y autobuses eléctricos y con sistemas de aerotermia en hogares y empresas, sí, pero también en la industria”.
La buena noticia es que, en este último plano ―el manufacturero―, el progreso tecnológico reciente también ha sido “tremendo”, en palabras de Pérez. “Hasta hace poco, los procesos que requerían de alta temperatura no eran fácilmente electrificables; ahora sí. Lo mismo ocurre con los camiones, donde se ha abandonado la apuesta inicial por el hidrógeno en favor de los eléctricos”, recuerda.
Al contrario de lo que se pueda pensar, la transición del petróleo y el gas a la electricidad como fuente primaria de energía está lejos de ser una tendencia de países ricos para convertirse en algo mucho más transversal y global. Ahí está, sin ir más lejos, el caso de Etiopía, que ha prohibido las importaciones de coches de gasolina o gasóleo y donde la proporción de eléctricos sobre el total de turismos en circulación ya se acerca al 10%. Sin crudo propio, argumentan sus autoridades, lo mejor es aprovechar en beneficio propio la ingente generación de sus centrales hidroeléctricas.
O el de Nepal, donde ocho de cada diez coches vendidos ya son 100% eléctricos. Una cifra que le sitúa a un paso del gran líder global, la riquísima Noruega, y por delante de Dinamarca, Suecia o Países Bajos. Sin aranceles y tras una drástica reducción de los impuestos que recaen sobre estos vehículos, las ventas no han dejado de crecer. Exponencialmente.
O el de Pakistán, donde las ventas minoristas de paneles solares, que ya volaban alto, se han disparado aún más con el doble cierre de Ormuz, por donde transita ―o, más bien, transitaba― algo más de la quinta parte del petróleo y el gas natural licuado que consume el mundo. La proliferación de paneles fotovoltaicos en el tejado se traducirá en una menor demanda de carbón y de gas para generar electricidad. Una tendencia que ya es un hecho en varias grandes economías europeas, con el Reino Unido, España y Alemania como principales exponentes.
“Estuvimos más de 40 años sin una crisis energética, y eso da una sensación de falsa tranquilidad, pero en cuatro años llevamos dos y de las grandes”, arguye Fresco. “Vivimos en un mundo en conflicto y, aunque Trump y el ayatolá se abrazasen pasado mañana, el riesgo va a seguir ahí, en cualquiera de la veintena de grandes suministradores de combustibles fósiles”. Aunque solo fuera por eso, dice, es el gran flanco a atacar.
“La electrificación ha pasado a ser prioritaria como concepto central de la transición energética”, explica Ira Joseph, de la Universidad de Columbia (Nueva York, EE UU). “Y eso refleja, sobre todo, un mayor énfasis en la seguridad energética como instrumento de la geopolítica”.
El camino de la transición
Pero pensar que acabar con dos siglos de dominio fósil es una tarea fácil —el 80% de la generación primaria de energía mundial procede aún de los combustibles fósiles— es iluso. Por eso, citas como la de Santa Marta, la primera centrada exclusivamente en esa transición para dejarlos atrás, emergen con fuerza.
Entre el listado de retos que se analizan en la conferencia están, por ejemplo, los miles de millones en ayudas públicas que siguen dopando al sector fósil, lo que ceba la adicción mundial a los combustibles. Un informe del Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible cifra en 313.600 millones de dólares (267.500 millones de euros) lo que gastaron en ayudas solo en 2024 nueve de las diez mayores economías importadoras de combustibles fósiles del mundo. Son 2,6 veces más de los 121.700 que destinaron esos mismos gobiernos al apoyo a las renovables.

Esta necesaria transición acelerada implica, además de acabar con esas ayudas, dejar sin extraer las reservas de petróleo, gas y carbón. Y las petroleras tienen intención de batallar. Como está ocurriendo con la decisión del Gobierno de Países Bajos de acelerar el cierre de un yacimiento de gas. Este país, coorganizador de la conferencia de Santa Marta junto a Colombia, ha sido demandado en un arbitraje internacional por Shell y ExxonMobil por ese motivo.
En la lista de retos de esta transición también figura la dependencia económica de las naciones productoras, algunas de las cuales participan en Santa Marta, como Colombia o Brasil. “Algunos países dependen mucho de los combustibles fósiles, de los ingresos que provienen de estos combustibles”, explica la brasileña Ana Toni. Y en esta conferencia se aborda también “cómo hacer la transición sin dejar a nadie atrás”, añade esta economista.


























































