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Patricio Vilches, uno de los 50 mejores docentes del mundo: “Mi desafío es tomar las costumbres campesinas y llevarlas a la educación formal”

El chileno llegó a la final del ‘Nobel de la enseñanza’, en Dubái, y es el único profesor de la Escuela G-47, en El Guayacán, una zona rural de Cabildo, donde además oficia de director, inspector y encargado del transporte estudiantil

Patricio Vilches sostiene el trofeo del Global Teacher Prize, en 2024.UPLA

El Guayacán es una localidad rural de la comuna de Cabildo, 180 kilómetros al norte de Santiago, con no más de 300 habitantes dispersos entre quebradas del sector precordillerano del Valle del Aconcagua, en la zona central de Chile. Entre sus cerros y cercado por una hilera de árboles que brindan sombra, está la Escuela G-47, El Guayacán’, un establecimiento público de educación básica que recibe, en promedio, a 10 estudiantes cada año, y el único de la localidad. Es calificado como multigrado y unidocente, ya que todos los alumnos comparten una misma sala de clases y son guiados solamente por un profesor, quien además actúa como director, inspector y encargado del transporte estudiantil. Ese cargo lo ocupa hace 10 años Patricio Vilches (42 años, Cabildo), recientemente seleccionado entre los 50 finalistas del Global Teacher Prize —conocido como el Nobel de la enseñanza— por su compromiso con las comunidades rurales y su esfuerzo en la implementación de metodologías innovadoras.

En la edición 2026 de este certamen, impulsado por la Fundación Varkey en colaboración con la UNESCO, se presentaron 5.000 candidatos de 139 países. El galardón recayó, el 5 de febrero, en la educadora india Rouble Nagi, en una premiación en Dubái junto a los 50 finalistas. Tras su viaje, en el que Vilches intercambió experiencias educativas y conoció “colegios del futuro”, dice EL PAÍS que este reconocimiento —en 2024 ganó el mismo premio en Chile— ayuda a derribar dos prejuicios comunes. Uno, “que al campo mandan a los profesores que no sirvieron en la ciudad” y, otro, “que los niños que asisten a las escuelas rurales salen sin aprender nada”.

Vilches creció en la zona urbana de Cabildo. Es hijo de una madre soltera que trabajaba como asesora de hogar. Estudió Pedagogía en la Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, gracias al apoyo económico de la empleadora de su madre, una trabajadora social. “Ella fue la que le dijo a mi mamá: ‘Juégatela por educarlo bien”, recuerda. Por eso, con los años quiso volver donde todo empezó: “Siempre tuve las ganas de ser parte de la educación pública, de devolver la mano en Cabildo a esos hijos de mis amigos del barrio y familiares que no tuvieron el privilegio que yo tuve de estudiar”.

Para Vilches, el entorno campestre que rodea a su escuela es un privilegio y una oportunidad para la enseñanza. “Mi desafío fue tomar la flora, la fauna y las costumbres campesinas y llevarlas a la educación formal”, señala. Así, ha desarrollado la metodología de aprendizaje basado en proyectos a través de, por ejemplo, el estudio de los cambios en los nidos de aves a causa de la extrema crisis hídrica que afecta a la provincia de Petorca, en la que se ubica la comuna de Cabildo. También, a raíz de que la crianza de cabras es una actividad primordial de la localidad, impulsó la elaboración de quesos orgánicos en la escuela utilizando una parte del estómago de la cabra para cuajar la leche. En 2025, sus estudiantes desarrollaron productos para el cuidado de la piel basados en la leche de cabra, como jabones, cremas humectantes y bálsamos labiales. Este año, en el que Vilches tendrá ocho alumnos, espera formar una pequeña empresa en El Guayacán para vender estos artículos.

En la tarea por cultivar el arraigo con la zona, semanalmente visitan una granja escolar administrada por apoderados de la escuela. “Los niños vacunan, asisten partos, ordeñan, largan las cabras al cerro y limpian los corrales”, relata. Al son de esas labores, cuenta, es común que la mujer que lleva la granja les diga a los alumnos: “¿Ven que el lápiz es más liviano que una pala?“. La frase se escucha recurrentemente en el campo. “La idea de llevarlos a este lugar es, por un lado, para que no pierdan sus costumbres, pero, por otro, para que —independiente de quieran seguir el camino de ser crianceros, que es muy válido—, también valoren que es importante estudiar, que el trabajo del campo es súper pesado, que no se detiene en todo el día, y que el estudio los puede llevar a una zona más confortable”.

Esas actividades campestres son complementarias a la enseñanza en el aula. En los bloques de clases, los alumnos se dividen por grupos según su año escolar y Vilches, junto a una asistente de educación, circulan entre los pupitres enseñando las materias. Para el aprendizaje, el profesor implementa el Modelo en espiral del ministerio de Educación de Chile, utilizado para alumnos con necesidades educativas especiales, y lo adapta para su sala de clases multigrado. “Su estructura funciona perfecto para estudiantes de diferentes niveles. Se trata de un ir y venir, de avanzar y volver en los conocimientos para reforzarlos y también para que los niños vayan interactuando entre ellos”, explica.

Para alumnos de primero básico que se inician en la lectura, ha adoptado el modelo colombiano ‘Yo soy inteligente’, que se basa en el trabajo en repetición de tarjetas con palabras, y Vilches lo complementa con una batería de otras actividades que creó para armar una clase. “Este programa busca que los niños aprendan primero la palabra y luego solos van sacando la letra y la sílaba”, dice el docente, quien además es miembro del comité asesor de la organización civil Por un Chile que lee.

Cuenta que esta combinación de metodologías es una tarea difícil y solitaria para los profesores unidocentes chilenos, que son 928, de ellos, 217 hacen clases en áreas urbanas y 711 en zonas rurales, según datos del Centro de Estudios del ministerio de Educación. “En Chile no existe un modelo multigrado, por lo tanto, todos los unidocentes trabajamos de forma distinta”. “Somos escuelas muy precarias, pero en las que hay voluntad y ganas. Con esto no estoy haciendo una crítica a los profesores de establecimientos más grandes o de sectores más acomodados, pero el profesor rural y el profesor unidocente tienen un perfil muy distinto. Son maestros que resuelven, que no reclaman tanto y que, con poco, hacen maravillas”.

Para Vilches, “la educación rural es un terreno fértil que, lamentablemente, no se está sabiendo aprovechar. Yo creo que, si se tuviese una visión un poco más amplia y se potenciara la educación rural, se podría incluso descongestionar la educación urbana y mejorar los problemas de conductas en las salas de clases, porque hay niños que lo único que necesitan es espacio y naturaleza”.

Y, aunque es consciente que las escuelas unidocentes van a la baja en el país, afectadas por un acelerado descenso en la natalidad, no ve la suya como una labor perdida. “Al menos hoy está la evidencia de que estamos haciendo un buen trabajo y eso me deja muy tranquilo. Porque, si el día de mañana esta localidad se queda sin niños y se cierra la escuela, vamos a despedirnos por la puerta ancha sabiendo que acá se impartió educación de calidad”.

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