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Ana Hernández, finalista entre los mejores docentes del mundo: “Todo lo que soy se lo debo a la educación pública”

La profesora de dibujo del Instituto Julio Verne de Leganés llega a la final del ‘Nobel de la enseñanza’, premio al que se presentaron más de 5.000 candidatos de 139 países

Ana Hernández

La profesora de dibujo del Instituto público Julio Verne de Leganés, Ana Hernández (51 años, Madrid), se ha clasificado entre los 10 finalistas del Global Teacher Prize, más conocido como “Nobel de la enseñanza”, celebrado este jueves en Dubái. Al certamen se presentaron más de 5.000 candidatos de 139 países. Criada en un barrio obrero de Villaverde, al sur de la capital, aún no se cree haber estado entre los aspirantes a alzar la estatuilla dorada que simboliza la inspiración y la creatividad educativa. Su candidatura nació de manera inesperada: fueron dos alumnas quienes la postularon, sin que ella lo supiera, al concurso a Mejor Docente de España. Aunque se quedó a las puertas de la semifinal, el impulso de sus propios estudiantes la animó a dar el salto a este certamen mundial.

El galardón, que en esta ocasión se lo ha llevado la educadora india Rouble Nagi, es entregado desde hace 11 años por la Varkey Foundation, una entidad benéfica internacional dedicada a fortalecer la formación que reconoce a los mejores docentes del mundo por su impacto en la comunidad educativa. Haber llegado hasta la final es un sueño para Hernández: “Si no fuera por los chicos, yo no me hubiera presentado. Esto es gracias a ellos”.

Pregunta. ¿Siempre supo que quería ser profesora?

Respuesta. Soy doctora en Bellas Artes y licenciada en Psicología. No quería ser profesora. Cuando terminé la carrera trabajaba en exposiciones de pintura y fotografía. Un día, una compañera de la facultad me dijo que fuese con ella a las oposiciones de secundaria. La verdad es que trabajar en un instituto me daba pereza, era para mí el último recurso, pero me presenté. Por supuesto, no aprobé, aunque la puntuación me permitió hacer una sustitución en Móstoles. Entré en clase muerta de miedo, pero empecé a hablar de arte y vi aquellos ojos interesados, grandes como platos. En cuanto terminó la jornada llamé a mi madre y le dije “me parece a mí que yo me quedó aquí”. Fue un flechazo.

P. ¿Por qué preside la Asociación Mejora tu Escuela Pública?

R. La educación pública es la única que puede garantizar la igualdad de oportunidades y mi mantra es que todos los niños tengan acceso a una formación de calidad, con independecia de su origen sociocultural, político o económico. Tenemos que defenderla a capa y espada. A los futuros docentes les digo que necesitamos mucha gente como ellos, valiente y con un gran compromiso con su país.

P. ¿Influye su infancia en esta firme entrega?

R. Todo lo que soy se lo debo a la educación pública, a mis profesores. Nos hicieron sentirnos orgullosos. Daba igual de donde venías o quién era tu padre, la formación era para todos. Tengo conciencia de clase obrera y me produce un tremendo orgullo. La primera enciclopedia de todo el edificio la compraron mis padres con gran esfuerzo, todos los vecinos subían a leer. Trabajar en un instituto humilde de Leganés me parece la mejor manera de devolver a la sociedad lo que me ha dado.

P. ¿Cuál es el mayor desafío de la educación pública?

R. La falta de recursos. Si no los hubiese para nadie, sería una pena, pero sí los hay porque la privada y la concertada los tienen. El problema es que la pública siempre sufre los recortes. Cada vez estamos más asfixiados y desbordados, sobre todo desde la pandemia. La situación de muchas familias es difícil y se incrementan los problemas de salud mental entre el alumnado, necesitamos herramientas.

P. ¿Cuándo llegó al Instituto Julio Verne?

R. En 2007, como interina. Estuve un curso y regresé para quedarme en 2012. Aunque no resida en Leganés, esta es mi segunda casa, aquí he echado raíces. Tenemos 1.500 estudiantes, muy variados en cuanto a raza, sexo y religión. Afortunadamente, somos el reflejo de lo que es la sociedad, diversa. Algunos llegan en enero con incorporación tardía al sistema educativo, otros son refugiados de guerra. Todos conviven y se respetan.

P. A los alumnos se les enseña, ¿pero de ellos también se aprende?

R. Mucho. Son muy solidarios y empáticos. Su concepto de justicia es maravilloso, a veces los adultos perdemos la perspectiva, la capacidad para mostrar resistencia a lo que no nos convence. Hay días que llego a clase estresada y ellos me dicen que no tienen la culpa, me resitúan todo el rato y eso me gusta.

P. ¿Cuál es el proyecto que la lleva a ser finalista del Global Teacher Prize?

R. La codocencia. Surgió en 2016, cuando los chicos tenían dificultades para titular. Yo estaba muy preocupada, no podía ser que un barrio de Leganés tuviese a tantos niños sin la educación secundaria obligatoria por la calle. Eso era un fracaso del sistema y también mío. Un día, mientras les explicaba las pinturas de Goya, escuchamos a través del tabique a la profesora de historia. Abordaba el rediseño del Paseo del Prado. Decidimos dar la próxima clase juntas y funcionó fenomenal. El curso siguiente implantamos el modelo: una vez por semana, una sesión de entre dos y tres horas con alumnos de cuarto que asisten a un aula con siete profesores de diferentes disciplinas a la vez.

P. ¿Puede poner un ejemplo práctico de la metodología?

R. Si tenemos que hablar con los alumnos de la Segunda Revolución Industrial, la compañera de Física y Química empieza a contarles que gracias al gran incremento de la industria química, se comienzan a fabricar unos nuevos pigmentos, colores que utilizarán los pintores. Esto da pie al estudio de los metales, que llevará al trabajo del estaño y se empezarán a fabricar los primeros botes de pintura. Con ellos los artistas saldrán a la calle y consolidarán el impresionismo. Aparecerán también los primeros automóviles en los que irá Marie Curie a asistir a los heridos en el campo de batalla de la Primera Guerra Mundial. Surgirán los astilleros y empezará a haber muchos intercambios entre países y continentes, lo que facilitará que Rubén Darío traiga el modernismo a España desde Latinoamérica.

P. ¿Y qué hay de los resultados académicos?

R. La tasa de graduación pasó del 71% en 2016 al 98% en 2025, el absentismo se redujo casi en su totalidad, los incidentes disciplinarios descendieron de 125 a 19 por trimestre. Los registros policiales hablan de una menor delincuencia juvenil en el barrio porque ahora están en clase. En los claustros de cada centro educativo hay eminencias: ingenieras, químicos, artistas, escritores, científicas, entrenadores de selecciones españolas... ¿Cómo puede ser que este capital intelectual tan brutal, que no tiene ninguna empresa en el mundo, estuviese tan individualizado y se le sacase tan poco partido?

P. El aula de dibujo del Julio Verne da ahora la vuelta al mundo. ¿Qué supone para usted?

R. Me acuerdo de mis padres, a los que les decían que no estudiase Bellas Artes, que iba a desaprovechar el tiempo. Siempre me animaron a luchar por lo que quería. Todavía persiste esta tendencia. Está genial fomentar las vocaciones científicas, pero las humanidades están heridas de muerte y hay que pelear por ellas. No puede ser que en nuestro sistema educativo solo sea obligatorio estudiar dibujo dos horas a la semana frente a cinco de matemáticas, y únicamente en los dos primeros cursos del instituto. En la codocencia todas las materias son igual de importantes.

P. Si se hubiera llevado el premio, valorado en un millón de dólares, ¿qué habría hecho?

R. Me da vergüenza hasta pensarlo, es un número demasiado grande, pero tengo claro que empezaría por comprar mobiliario para mis niños, no puede ser que tengan mesas y sillas de pala en un proyecto tan colaborativo como es la codocencia, no hay nada más individualista que una silla de pala.

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