Formar profesores en la era digital: más papel, menos atajos
La evidencia indica que la inteligencia artificial no sustituye las habilidades que requieren lectura y escritura, ya que exige estudiantes capaces de interpretar matices y distinguir argumentos sólidos de aquellos superficiales

Recientemente comenzó el período de admisión universitaria, donde muchos jóvenes están decidiendo su futura carrera profesional. Como profesoras e investigadoras en educación, estamos convencidas de que una de las carreras más relevantes para la sociedad es la Pedagogía, pues los profesores cumplen un rol insustituible en la construcción de la cultura, los valores y los aprendizajes de las nuevas generaciones.
Una de las críticas que con mayor frecuencia recibe la escuela es que continúa enseñando como si la sociedad no hubiese cambiado. La formación inicial docente, en particular, ha estado tensionada por el desafío de actualizar las formas de enseñanza frente a las nuevas tecnologías. La irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa ha intensificado y vuelto ineludibles estas tensiones, al cuestionar de manera directa los sentidos tradicionales de enseñar, aprender y evaluar, configurando un verdadero cambio de paradigma para la formación universitaria.
Una investigación que realizamos recientemente con estudiantes de distintas carreras de Pedagogía muestra que el uso de la inteligencia artificial se ha extendido de manera significativa en el ámbito universitario. En muchos casos, este uso implica una dependencia de la tecnología para resolver tareas académicas, especialmente aquellas que requieren lectura y escritura. Sin embargo, la evidencia indica que la inteligencia artificial no sustituye estas habilidades, sino que, paradójicamente, exige lectores y escritores altamente competentes: estudiantes capaces de interpretar matices y perspectivas; distinguir argumentos sólidos de contenidos superficiales o sesgados; formular instrucciones precisas; y evaluar críticamente la coherencia y veracidad de respuestas automatizadas.
Estas son habilidades avanzadas de lectura y escritura que se desarrollan, sobre todo, en contextos educativos que favorecen la concentración profunda, la interacción humana y la reflexión sostenida. Cuando estas habilidades no están suficientemente consolidadas, la inteligencia artificial puede ampliar brechas educativas. En otras palabras, quienes ya leen y escriben críticamente pueden aprovechar mejor estas herramientas para aprender; en cambio, quienes delegan el trabajo intelectual en la tecnología tienden a reproducir respuestas sin desarrollar aprendizajes profundos.
Nuestra investigación también muestra que muchos estudiantes son conscientes de esta pérdida de aprendizajes asociada al uso acrítico de la inteligencia artificial y, precisamente por ello, demandan una formación explícita en estas tecnologías. Frente a esta demanda, proponemos tres líneas de acción para la formación docente.
En primer lugar, es necesario fomentar una reflexión crítica sobre cómo funciona la inteligencia artificial y cómo puede incidir en el aprendizaje. Esto implica relevar el valor del esfuerzo y del tiempo como condiciones indispensables para aprender de manera profunda y significativa, especialmente en contextos altamente tecnologizados.
En segundo lugar, se vuelve imprescindible repensar la evaluación. Una estrategia posible es reducir el énfasis en los productos finales y destinar más tiempo de aula a acompañar y monitorear los procesos de lectura y escritura. La evidencia muestra que prácticas aparentemente tradicionales, como el trabajo sostenido con textos escritos en papel, siguen siendo fundamentales para el desarrollo de procesos cognitivos de alto nivel.
En tercer lugar, resulta clave promover usos de la inteligencia artificial que efectivamente apoyen aprendizajes complejos. Para ello, se requiere orientar explícitamente a los estudiantes respecto de qué solicitar a estas herramientas, cómo formular buenas preguntas, qué prácticas evitar, cuándo utilizarlas y cuándo no, y cómo verificar críticamente la información que entregan.
Este desafío interpela directamente a los formadores de profesores y a las facultades de educación, llamadas a enseñar estos contenidos de manera explícita, más allá de la mera prohibición. En un contexto en que muchos jóvenes están decidiendo hoy su futuro profesional, formar a los profesores del mañana implica asumir, desde la Pedagogía, la responsabilidad de preparar a quienes sostendrán la construcción de la cultura, los valores y los aprendizajes en una sociedad crecientemente atravesada por la inteligencia artificial.
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