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Las personas sin techo aumentan en Buenos Aires: “Ya hay generaciones enteras que no conocen otra cosa que la vida en la calle”

Los datos oficiales revelan que, en los últimos dos años, la población sin hogar creció un 57% en la capital argentina

Un hombre en situación de calle camina en Buenos Aires, el 29 de enero.

En la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, más de 50 personas sin techo aguardan al grupo de voluntarios que, todas las tardes, les lleva comida. Un joven matiza la espera revisando, sistemáticamente, los cestos de basura. A casi dos kilómetros, en la Plaza Congreso, un cuerpo descansa sobre el césped, debajo de unos trapos raídos que lo ocultan de la vista del ajetreado centro porteño, el último jueves. Al amparo del toldo de un comercio cerrado, dos hombres se preparan para pasar la noche, rodeados por las bolsas plásticas que contienen sus pertenencias. Según los datos oficiales, la cantidad personas sin hogar en la ciudad de Buenos Aires aumentó un 57% en los últimos dos años.

El Ministerio de Desarrollo Humano de la capital argentina registra dos veces al año a la población sin techo. El informe presentado hace pocos días, sobre la base de datos recabados en noviembre, concluye que actualmente son 5.176 personas. Un año antes eran 4.049 y a fines de 2023 eran 3.286.

Sin embargo, la cifra actual podría ser aún mayor. Más de 30 organizaciones políticas, sociales, sindicales y religiosas elaboran un Censo popular de personas en situación de calle y, en su edición 2025, detectaron que son 11.892 las personas que carecen de un lugar para vivir, un 64% más que en el cómputo previo, de 2019. Si bien los dos informes divergen en cuanto a la cantidad –porque usan diferentes metodologías de registro–, coinciden en una cuestión central: la tendencia hacia un dramático aumento.

“Desde la pandemia en adelante vemos un aumento constante y acelerado de las personas en situación de calle. Y por la crisis socioeconómica del país, creemos que va a seguir empeorando”, dice Horacio Ávila, referente de Proyecto 7, una organización que ayuda a la gente sin techo. “Es terrible, pero se transformó en una forma de vida”, asegura. Ávila sabe de lo que habla. Vivió 7 de sus 62 años en la calle. “Vivir en la calle es durísimo, no sabes si al día siguiente te vas a despertar o no. Es algo muy traumático, te deja muchas secuelas a nivel emocional y físico”, asegura. “En la calle, las cosas más sencillas no las podés hacer. La luz nunca se apaga, tu cerebro está en actividad permanente”, dice. “Constantemente, pensás que es temporal, que mañana se termina… y pasan los años y seguís ahí. Es sumamente difícil salir”.

De las 5.176 personas sin techo detectadas en el informe oficial, 1.613 estaban efectivamente en la vía pública al ser registradas y 3.563 estaban en un parador o centro de asistencia estatal. La gran mayoría de los censados en la calle eran hombres (83%), de entre 19 y 59 años (88%). Más de dos tercios (68%) aseguraron carecer de hogar desde “un año o más”, mientras que el 30% declaró “menos de un año”. ¿Cómo llegaron a esa situación? El 42% alegó “problemas laborales o económicos”, un 34% “conflictos familiares” y un 7% “problemas de salud”, entre otros motivos.

El aumento de la población desamparada en la ciudad más rica del país, donde se concentran 3,1 de los 46 millones de habitantes del país, contrasta con el descenso de la pobreza que describen las estadísticas oficiales. Cuando el ultraderechista Javier Milei llegó al Gobierno nacional, a fines de 2023, en medio de una espiral inflacionaria, la pobreza alcanzaba al 41,7% de los argentinos. En 2024 escalaría hasta el 52,9%, pero luego, con la merma de la inflación, el Instituto de Estadísticas (Indec) midió un marcado declive: el último dato oficial, de mediados de 2025, dice que el 31,6% de los argentinos es pobre, el menor valor desde 2018. En la ciudad de Buenos Aires, la pobreza afecta al 17,3% de la población local, tras una caída de 10,8 puntos en un año.

“El crecimiento de las personas en situación de calle es un indicador clarísimo del empobrecimiento de la sociedad”, observa Adriana Clemente, trabajadora social y profesora emérita de la Universidad de Buenos Aires (UBA). “Es el resultado de una década de políticas de ajuste del gasto público, profundizadas en los últimos dos años, con destrucción del empleo, falta de ingresos y especulación inmobiliaria extrema en la ciudad”. Según su análisis, se está produciendo “un cambio en la estructura de la sociedad argentina”, con “un ensanchamiento de la base”, “mayor desigualdad” y un incremento relativo de los sectores medios bajos, bajos e indigentes.

¿Cómo se explica que, a la vez, las estadísticas oficiales indiquen una disminución de la pobreza? Para Clemente, en la medición oficial está desactualizada la canasta de consumos, no está bien ponderado el gasto en vivienda y también inciden recientes cambios técnicos que desvirtúan la serie al detectar ingresos antes inadvertidos.

La antropóloga Griselda Pallares trabaja desde 1999 con personas sin techo. “La situación de calle es un problema heterogéneo y multidimensional que no es medido por la estadística de la pobreza”, sostiene. “El parámetro para medir la pobreza son los ingresos y la capacidad para acceder a una canasta de consumos. Un montón de personas en situación de calle sí tienen ingresos, porque trabajan en mercados informales, pero no tienen dinero suficiente para satisfacer su problema de vivienda”.

Alquilar una habitación en una pensión de Buenos Aires, con baño compartido, cuesta al menos unos 400.000 pesos por mes (cerca de 270 dólares). El salario mínimo decretado por el Gobierno asciende a 346.800 pesos, mientras que la prestación por desempleo tiene a ese mismo monto como máximo y 173.400 pesos como mínimo.

Los expertos consultados advierten que se está transformando la población sin techo. “Históricamente, la mayoría eran varones solos”, dice Horacio Ávila, “pero hoy hay muchas más familias, muchas mamás con criaturas, hay cantidad de abuelos y abuelas. También es muy grande la población trans y no binaria. Conocer estos cambios es muy importante para que las políticas públicas puedan contener a todas esas personas”.

Tanto Clemente como Pallares alertan sobre el creciente número de jóvenes sin hogar. “Después de la crisis del 2001 comenzaron a aparecer familias enteras en la calle. Las que no pudieron resolver su problema de vivienda, tuvieron hijos que se criaron en la calle y hoy ya son adultos”, dice Pallares. “En Buenos Aires ya tenemos generaciones enteras que no conocen otra cosa que la vida en la calle”.

La ciudad de Buenos Aires es gobernada desde 2007 por el PRO, el partido conservador liderado por el expresidente Mauricio Macri. Para atender a las personas sin hogar, cuenta con una red de 58 centros de inclusión con 4.900 plazas, canales de contacto y búsqueda de los afectados, así como, entre otras iniciativas, apoyos económicos para el pago de alquileres (un promedio de 251.000 pesos para 11.726 familias).

Al presentar el último informe oficial, el ministro de Desarrollo Humano porteño, Gabriel Mraida, dijo a la prensa local que el incremento sostenido de la población sin hogar se vincula con el aumento, tras la pandemia de covid-19, de “los problemas de salud mental y las adicciones, algo que se ve en todas las grandes ciudades”. También lo relacionó con “muchos años de fragilidad económica” y acusó a la vecina provincia de Buenos Aires, gobernada por el peronismo, de “falta de responsabilidad” para abordar la situación.

Las organizaciones sociales que elaboran el Censo popular reclaman un plan integral del Estado para las personas sin techo, diseñado en forma participativa, con mayor inversión y con políticas de prevención y de acceso a la vivienda, a la salud y el trabajo. Cuestionan el enfoque del Gobierno porteño, sobre todo el énfasis en los problemas de salud y drogas que, apuntan, muchas veces son consecuencia y no causa del desamparo. Y denuncian la criminalización de la pobreza. “En la ciudad hay mucha represión”, asegura Ávila. “El 80% de los encuestados y encuestadas en nuestro censo dijo que sufrió violencia institucional”.

En una de las plazas del centro de Buenos Aires, Miguel vive con su pareja y su pequeña hija, Melani, de ocho meses. Solo tienen un colchón, una manta y algo de ropa. Él tiene 40 años y VIH. Sobrevive trabajando como cartonero, juntando y vendiendo papel y cartón para su reciclado. Con lo que recauda, apenas les alcanza para comer. “Nos quedamos en la calle hace casi un año y todavía no pudimos conseguir nada”, dice. Su mayor temor es que le quiten la tenencia de su hija. “Me desespera pensar que me la puedan sacar, ella es lo más importante de nuestra vida”, dice. “Yo me crie en orfanatos y viví cosas terribles, no quiero eso para mi hija”.

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