Emmanuel Carrère, escritor: “Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí. Con mi madre y mi novia de la época”
El autor francés novela en ‘Koljós’ la vida de su madre, la gran historiadora Hélène Carrère d’Encausse, entrelazando los orígenes rusos y georgianos de su familia con el desarrollo de la guerra en Ucrania


La escalera de madera caracolea hasta el último piso de un pequeño edificio, escondido en uno de esos estrechos pasajes del distrito segundo de París. Una nota escrita a mano sigue pegada en la puerta. “Adelante. La fiesta es aquí”. La noche anterior hubo celebración en este viejo taller, convertido en el luminoso apartamento donde Emmanuel Carrère vive con su pareja. El escritor, que ha pedido retrasar la entrevista media hora, quién sabe si por una cierta resaca, abre la puerta descalzo, despega la nota y sonríe. Luego prepara café y acomoda a los invitados.
—¿Cómo se encuentra?
—Muy bien, es un buen periodo. Digamos que las cosas no se han complicado desde la última vez.
Carrère, uno de los escritores más influyentes de las últimas décadas, gran estandarte de ese género llamado no ficción y autor de obras como El adversario, Limónov o Una novela rusa, ha superado todos los problemas que atravesó y que llegaron a confinarle en un hospital psiquiátrico. Está en paz consigo mismo, pero también con la vida y con los conflictos literarios y biográficos que libró durante años con la realidad y con algunos de los personajes que, contra su voluntad, formaron parte de sus obras. “Digamos que traspasé algunas líneas”, desliza.
El escritor recibe a Babelia horas antes de embarcarse en un largo viaje a Cisjordania. Durante su ausencia, ese es el motivo del encuentro, se publicará en España Koljós (Anagrama, 18 de febrero), una impresionante historia sobre los orígenes rusos y georgianos de su familia, entrelazada meticulosamente con el desarrollo de la guerra en Ucrania. Un material amasado en algunos reportajes, como suele hacer, que le sirvieron para evocar ese nuevo despertar del imperialismo ruso. Pero la vida de Carrère nunca es impermeable a la historia que narra. O al revés. “Es que Rusia, para bien y para mal, es para mí un asunto de familia”, señala.
Koljós se convierte así en un retrato crudo y emocionante de la vida y, sobre todo, de la muerte de Hélène Carrère d’Encausse, la madre del autor. Nacida Hélène Zourabichvili en una familia pobre de inmigrantes, se convirtió en una figura fundamental en la sociedad francesa, como demostró el funeral de Estado que le rindió el presidente Emmanuel Macron y con el que arranca el libro. Secretaria perpetua de la Academia Francesa, en ocasiones filoputiniana y promiscua con la ultraderecha, vivió de una forma imperial, en todos los sentidos. Historiadora y experta en la Unión Soviética, fue la encarnación de la grandiosidad de Rusia y de su tragedia; de su fascinante poder, pero también de su severa crueldad. Carrère, pese a viejos conflictos con ella, no tuvo dudas. Su muerte, tan romana como su existencia, debía ser un libro.

Pregunta. La narración del final de su madre podría ser la de Luis XIV.
Respuesta. Nos anunció su muerte diez días antes. Me dijo: “La gente no quiere morir hoy en día. ¡Es ridículo! Pero no te preocupes, todo va a ir muy bien”. Tenía 93 años, estaba enferma y se lo escondió a todo el mundo. Nos colocamos frente a una muerte comunicada en tiempo real y que logró dominar, como había hecho antes con su vida. La tristeza fue enorme, pero se imponía un sentimiento de admiración. Su muerte fue tan majestuosa, tan romana, que nos dejó muy sorprendidos. Estaba tranquila, sonriente. No dejó espacio para llorar.
P. Y usted empezó ya a escribir entonces.
R. Sí, puede parecer raro, pero al cabo de tres días, justo cuando entró en la clínica de cuidados paliativos, empecé a tomar nota. Tenía la sensación de asistir a algo importante, el desenlace de una vida que merecía ser narrada. No tuve ningún escrúpulo, y eso me ayudó.
P. Vistos sus antecedentes como escritor, su madre debió intuir lo que se proponía…
R. Creo que entendió lo que hacía cuando empecé a grabarla. Tuve miedo al principio de que se negase, pero no ocurrió. Y si hubiera tenido alguna reticencia lo hubiera dicho. Hace 15 años, cuando escribí Una novela rusa, manifestó su oposición muy temprano…
P. Y usted no le hizo mucho caso. En Una novela rusa contó la historia del padre de su madre, un colaboracionista, que le costó la relación con ella durante dos años. ¿Llegó a perdonarle?
R. En el momento no. Unos años más tarde, sin ninguna solemnidad, entrando o saliendo de una habitación, me dijo: ‘Hiciste bien escribiendo ese libro’. Ah, muy bien, pensé. Y no lo hablamos nunca más. Mi madre era muy de never explain, never complain.
Es sabido que la presencia de un escritor en la familia, a menos que escriba novelas fantásticas, es una fuente de problemas.
P. El poeta polaco Czeslaw Milosz decía: “Cuando un escritor nace en una familia, esa familia puede darse por terminada”.
R. Espero que no sea hasta la destrucción total. Pero es sabido que la presencia de un escritor en la familia, a menos que escriba novelas fantásticas, es una fuente de problemas. Hay diferentes grados, claro, depende de la intimidad.
P. ¿Se arrepiente de haber expuesto demasiado a determinadas personas?
R. Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí. Lo hice con dos personas: mi madre y mi novia de la época, Sophie. Exhibí su intimidad de una manera en la que me arrepiento. El libro existe, no ocurrió ninguna catástrofe y me reconcilié con las dos. Pero creo que superé una línea que no querría volver a traspasar.
P. ¿A quién pertenecen las historias? ¿A quién las vive y las habita o a quien las escribe?
R. Es muy complicado, es como la custodia compartida de un niño. Moralmente hay que ver cada caso particular. Pienso que la regla, como le decía, es no provocar sufrimiento. Hay que tener cuidado con la gente que está a tu merced. Pero hablamos de personas privadas. Si son personas públicas, podemos decir casi lo que queramos.
P. ¿Y si alguien se niega a que se escriba de él o su familia, se debe aceptar?
R. Me resulta muy complicado fijar una regla absoluta. Hay límites, pero también prohibiciones abusivas. Gente que dice, “no tienes derecho a escribir sobre mis padres”. Pero mira, a veces hay que decir: “También me pertenece esa historia”. Hay que guiarse por lo que a uno le parece justo.
P. Este libro parte de dos polos: la guerra de Ucrania y la muerte de su madre. Podrían ser dos obras distintas.
R. Desde el principio de la guerra empecé a hacer reportajes en la zona. Me interesé por la parte georgiana de mi familia a la que no había prestado todavía mucha atención. Y quería escribir sobre esos países y la cara que mostraba Rusia desde el comienzo de la guerra. El reportaje es una buena manera de avanzar, de ordenar. Y entonces murieron mi madre, primero, mi padre, luego. Y tuve la impresión enseguida de que era el mismo libro.
P. Su madre no tenía la misma opinión que usted sobre el papel de Rusia.
R. Mi madre era muy cercana a Rusia, era el gran tema de su vida. Era una especie de embajadora informal entre los dos países. Su obsesión era calmar las relaciones. Y eso la hizo un poco indulgente con los rostros del poder. Cuando empezó la guerra en Ucrania, quedó muy afectada. Y no solo por el hecho en sí, sino por haberse equivocado, algo que odiaba. Y cuando hablábamos de ello, cuando empecé los viajes, notaba que le molestaba. En los dos últimos años de su vida esta historia le causó mucho dolor.
P. Ella siempre defendió a Putin.
R. No pensaba que fuera un tipo formidable. Creía que era un político brutal y realista, pero que jugaba con las mismas reglas del juego. La guerra de Ucrania, sin embargo, demostró lo contrario. Y eso la afectó muchísimo.
P. Este libro es un homenaje a su madre. Pero también, a su padre, una figura menos brillante.
R. Su lugar en el libro fue creciendo. Empieza con el funeral de mi madre, la oficialidad, la pompa… y termina con un hombre solo que camina en un bosque buscando algo sobre su pasado. Me gusta ese contraste. Pero el final llegó de forma imprevista.
P. Tuvo que obligar a su madre a despedirse de él antes de marcharse a la clínica de cuidados paliativos...
R. Sí, eso es lo más triste del libro. Se había despedido de todo el mundo, menos de él. Me da vértigo pensarlo y es de una tristeza profunda.
P. Su padre da la impresión de haber sido una especie de daño colateral del imperialismo emocional de su madre.
R. Sí, pero él lo consentía. Fue el gran amor de su vida y aceptó su papel. Nunca hubiera cambiado su sitio.
P. Usted no pinta a una santa precisamente.
R. No, su mala fe era proverbial. Y mentía hasta cuando le preguntaban la hora. Tenía muchos defectos, pero era alguien sin pequeñeces, sin mediocridades. Había algo de grandeza que culminó en su muerte y que mostró lo mejor de ella.
P. ¿Cree que le hubiera gustado este libro?
R. No todo. La parte más íntima, especialmente la de su relación conyugal, no. Aunque el retrato global de ella la hubiera emocionado. Pero no podía cortar parte de su vida privada y hacerle una estatúa oficial.

P. Usted es gran autor de no ficción, este género tan de moda. La paradoja es que vivimos un periodo, el trumpismo, en que la gente no necesita ya saber que las cosas han ocurrido para creer en ellas.
R. Trump es un gran paso de la humanidad hacia otro mundo. No solo encarna la locura de una época, sino una locura inédita. Escribí la biografía de Philip K. Dick y creo que hemos entrado completamente en su universo. Un mundo de verdad paralela, hechos alternativos, realidad enlatada. Recuerde aquella frase demente de Elon Musk: “Hay una posibilidad entre mil millones de que no estemos viviendo en una simulación”. Es una locura. Pero él lo cree. Y lo peor es que está empezando a ser verdad.
P. ¿Ha pensado escribir sobre ese mundo paralelo de Trump?
R. Me encantaría. Pero no sé cómo hacerlo porque la lectura y el análisis de la información es tan chiflado que no veo la manera en la que podría superponer algo de orden en la ficción. Trump es un material tan enloquecido y novelesco, que descorazona la idea de una novela. Es todo un cliché, la realidad supera la ficción.
P. Da la sensación de que Putin y Trump no tienen una idea tan distinta del mundo y del destino de su nación.
R. Trump tiene algo de niño, de fantasma todopoderoso. Y como no hay ninguna resistencia, ese fantasma no para de crecer. Todo lo que quiere lo obtiene. Veremos si con esta historia de Groenlandia logramos pararle, sería saludable. Si no, se habrá acabado todo, estaremos muertos.
Los europeos intentamos que Trump sea amable con nosotros, que no nos aplaste, aunque para ello seamos el ser más servil de la Tierra.
P. No parece que Europa esté muy preparada.
R. Los europeos intentamos que Trump sea amable con nosotros, que no nos aplaste, aunque para ello seamos el ser más servil de la Tierra. Una vez hice un reportaje sobre un G7 en Canadá y era fascinante cómo todos los jefes de Estado solo hablaban y temían cómo les iría con Trump ese día. ¿Va a limpiarse sus zapatos con mi traje? ¿Será amable? ¿Durará? Pero Trump se resetea cada mañana y ya no sabe con quién ha sido amable, quién era su enemigo, quién su aliado… Da igual. Lo decide todo él. Macron intentaba mediar con una sonrisa, pero Trump lo ridiculiza, lo insulta. Es atroz.
P. ¿Cree que es un paréntesis de la historia?
R. Ha dicho que su único límite es su propia moralidad, que cambia de un día para otro. Y mire, si después de Trump llega Vance, o sea, lo mismo y más malvado, no estaremos mejor.
P. ¿Putin es más predecible?
R. Sí. Hay un ruso clásico ahí dentro. Él espera, es paciente. Considera que el tiempo trabaja para él. El personaje se entiende mejor, es menos inédito.
P. Después de sus viajes y reportajes, ¿cómo cree que terminará la guerra?
R. No veo otra opción que la pérdida territorial de Ucrania. La relación de fuerzas es muy desigual. La última vez que estuve ahí fue en otoño de 2024 para hacer un documental que ocurría en los trenes. Un retrato de civiles, soldados… Eran trenes que iban y venían del frente a Kiev y tuve la impresión siempre de que no podían más, que deseaban que terminase. Pero al mismo tiempo, no querían ceder en ningún territorio porque no solo les pertenecen, sino que además toda esa gente habría muerto por nada. Pero como le dijo Trump a Zelenski en esa escena atroz en el Despacho Oval, no tienen buenas cartas.
P. ¿Cuál será el límite de Putin?
R. Hay un tipo llamado Serguéi Karagánov. No está orgánicamente en el Kremlin, pero filtra o traduce elementos confidenciales. Dice que el enemigo absoluto de Rusia y de EE UU es Europa y que debe ser eliminada porque es la fuente de todos los problemas, especialmente por sus ideologías “detestables”. Sostiene que debe hacerse por la fuerza militar. En EE UU hay teóricos del movimiento MAGA que defienden la dictadura. Sostienen que la siguiente fase política, la deseable, será esa. Todo esto era inimaginable hace poco, pero vamos hacia ahí.
P. Francia, contrapunto histórico de EE UU, no parece en su mejor momento.
R. El ocaso de Francia es un tema recurrente. Pero estamos sujetos con unas tenazas tan fuertes que nuestra decadencia interior es secundaria. No estaría contento con la ultraderecha o la Francia Insumisa en el poder. Pero es secundario respecto a la situación de servilismo y vasallaje en las que nos encontramos internacionalmente. Aunque yo, como burgués privilegiado, pueda preferir a Macron.
P. ¿Todo el futuro de Europa está en manos de Trump?
R. El test definitivo de Europa es Groenlandia. En algún momento el enfrentamiento físico puede que se plantee. Y sí, ya sé que sería una locura, pero ¿no sería mejor que no hacer nada? No soy un especialista en relaciones internacionales. Pero es que nadie tiene ya ni idea de lo que ocurrirá porque se han terminado las reglas.
P. Ahora son las de Trump.
R. Me recuerda a algo que contaba Philip K. Dick. Cuando sus hijastras eran pequeñas, creó una variante del Monopoly para hacerlo menos aburrido. La persona que sería la banca se llamaría el Rata. Y, en lugar de limitarse al papel de árbitro, tendría el poder discrecional de modificar las reglas del juego: cuándo y cómo quisiera, sin que nadie tuviera derecho a pedir cuentas. Una tabla rasa perpetua, la negación de la idea de derecho, la dictadura en estado puro. Y para que una partida fuera un éxito, a los jugadores les convenía elegir como Rata al más perverso y creativo.
P. Trump, supongo.
R. Un Rata digno de ese nombre debe saber dosificar los tormentos que inflige a los jugadores, dejarles suponer que un plan oculto guía sus decisiones arbitrarias. Y así, entre crueles decepciones y falsos estímulos, sumergirlos en el caos. Hoy estamos en una especie de partida de Rata a nivel mundial con el personaje más demente posible. Un niño enorme que hace lo que le da la gana y a quien nadie se resiste. Una situación inédita en la historia.
‘Koljós’. Emmanuel Carrère. Traducción de Juan de Sola. Anagrama, 2026. A la venta el 18 de febrero. 448 páginas. 23,90 euros.
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