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ATAQUE DE EE UU A VENEZUELA
Opinión

El Rodrigato: cinco escenas del nuevo poder en Venezuela

Los hermanos Rodríguez tienen una oportunidad histórica genuina. No la de consolidar lo que queda de un chavismo moribundo, sino la de abrir el camino hacia una transición real

Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez en la Asamblea Nacional de Venezuela, el 5 de enero.Marcelo Garcia/Miraflores Palace (via REUTERS)

Los hermanos Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez han estado en la escena política venezolana durante mucho tiempo. Susurrando al oído de los presidentes Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Manejando los hilos del poder detrás de la escena. Orquestando grandes arreglos dentro y fuera del país. Siempre moviéndose por las alturas, entre dignatarios a los que tuteaban, más cerca de los palacios presidenciales que del vulgo rojo rojito (el chavismo de los de abajo), haciendo valer su linaje en la izquierda insurreccional venezolana —aunque ellos nunca la hayan encarnado—, sus títulos académicos, sus viajes, sus relaciones.

Mientras otras fichas del chavismo entraban y salían del tablero, morían o caían, ellos seguían siendo indispensables y permanecían a dos grados del poder máximo a través de un enroque infinito de posiciones. Nunca fueron populares, pero siempre han estado entre los operadores más eficaces del régimen. Sin embargo, solo ahora, por una combinación improbable de fuerza externa y cálculo interno, se han convertido en actores principales de la llamada revolución bolivariana. Por fin el poder es suyo. Lo que hagan o decidan no hacer con él determinará el lugar que ocupen en la historia. No escribo sobre los Rodríguez desde la distancia habitual del cronista. No me son del todo ajenos.

#1. La juramentación o la accidentada toma del poder

Cien días después de la captura de Nicolás Maduro en la Operación Absolute Resolve, ya se puede hablar de una nueva etapa política en Venezuela. Unos lo llaman el tercer chavismo, pero en las calles se le ha dado un nombre mucho más concreto: el Rodrigato. El Rodrigato tiene a Delcy como presidenta interina y a Jorge como presidente de la Asamblea Nacional, pero actúan en combinación, uno como una extensión del otro, un dúo de poder.

Se trata de un periodo difícil de comprimir. Mucho ha pasado en muy poco tiempo. Pero hay momentos e imágenes que muestran al poder y sus protagonistas mejor que un río de palabras. Aquí van algunas.

Con la mano izquierda sobre la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y frente a su hermano como máxima autoridad del poder legislativo, Delcy Rodríguez afirmó jurar con dolor por “el secuestro de dos héroes”, aludiendo a Nicolás Maduro y Cilia Flores, pero también juró, muy bolivarianamente, no dar reposo a su brazo ni descanso a su alma hasta ver a Venezuela en el pedestal de honor que le corresponde.

La selección de una cita del Libertador Simón Bolívar como colofón de su juramentación llama la atención en este contexto. Proviene del Juramento del Monte Sacro, en el que Bolívar se compromete, frente a su maestro Andrés Bello, a no descansar hasta romper las cadenas que oprimían a Hispanoamérica “por voluntad del poder español”. Si se toma en cuenta que tan solo dos días antes de la juramentación de Rodríguez, Estados Unidos había atacado a Venezuela, resulta curioso que la parte crítica del juramento haya sido suplantada por un lugar común aguado y sin brío, destinado a ocultar la condición de vasallaje impuesta sobre Venezuela por otro poder imperial.

#2. El performance y la realidad: Burgum en Miraflores

Lo cierto es que desde el tres de enero, la soberanía venezolana se encuentra decomisada. El petróleo, principal recurso estratégico del país, es controlado por Estados Unidos al punto de que la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) retiene las regalías por su venta. Más allá de la soflama bolivariana, hasta la rebeldía performativa que el chavismo sostuvo por más de dos décadas ha sido engavetada para satisfacer las demandas de Estados Unidos. Tanto así que Delcy Rodríguez ha cosechado más de un elogio del presidente Donald Trump, quien no solo ordenó el descabezamiento del régimen y ha dicho que él manda en Venezuela, sino que también repite que Rodríguez hace exactamente lo que le ordenan.

En el Rodrigato, hemos visto imágenes inimaginables hace apenas tres meses. Por el Palacio de Miraflores han desfilado altos funcionarios de la administración Trump con la misión de garantizar los resultados que el presidente espera. Las visitas más destacadas han sido las de los secretarios de energía e interior, Chris Wright y Doug Burgum, ambos recibidos con gran pompa, alfombra roja y flanqueados por la bandera de Estados Unidos. Ninguno ahorró elogios para Rodríguez. Pero Burgum señaló luego que Delcy había mostrado “un liderazgo pragmático”, capaz de dejar atrás “años de desconfianza” para avanzar hacia “una edad de oro” si Venezuela se integra a la estrategia energética y minera de Estados Unidos. Delcy siempre ha hablado de una relación de cooperación con el Gobierno de Washington.

La clave es que este tango es mucho más que una relación transaccional. Trump ha retribuido a los Rodríguez con un apoyo político sólido: reconoció a Delcy como presidenta legítima, levantó las sanciones personales que pesaban sobre ella, habilitó al Banco Central, destrancó las relaciones con el Fondo Monetario Internacional y otorgó nuevas licencias operativas en el sector petrolero que atraerán inversiones multimillonarias. El precio actual del crudo y el nuevo acceso al crédito garantizarán al Gobierno ingresos que no había visto en más de una década. Trump obtiene petróleo y estabilidad regional. Los Rodríguez obtienen oxígeno económico, legitimidad internacional y, sobre todo, ganan tiempo, la gran táctica que el chavismo siempre ha sabido convertir en poder.

#3. Jorge Rodríguez ante la prensa: ganar-ganar

En una trayectoria marcada por constantes cambios de papel en la estructura de poder chavista, una cosa ha permanecido constante para Jorge Rodríguez: ha sido un actor crítico en muchas de las encrucijadas del Gobierno bolivariano. Como rector principal del Consejo Nacional Electoral, fue la eminencia gris de la estrategia que le dio a Chávez el triunfo en el Referéndum Revocatorio de 2004. Chávez lo premió con la vicepresidencia, por la que tuvo un paso veloz y sin brillo.

Pero Nicolás Maduro lo convirtió en jefe de campaña electoral y su emisario estrella en difíciles negociaciones con la oposición y con los enviados de Donald Trump. Pocas cosas parecen gustarle más a Rodríguez que ganar. Sea de manera legítima o ilegítima, quiere ser un ganador. Esto se demostró en las elecciones del 28 de julio de 2024. La oposición ganó con al menos 67% del voto, pero Maduro se las robó con la anuencia de su equipo, entre ellos los hermanos Rodríguez.

Ahora Jorge es el vocero de su hermana y debe apuntalar cada una de sus decisiones. Encarna este papel con calculada sobriedad. Siempre escogiendo sus palabras con cuidado e intención. Puede vestir la sumisión del gobierno al control económico de Washington de cooperación respetuosa y voluntaria. Es más, la presenta como una relación ganar-ganar. También puede insinuar amenazas directas contra la líder opositora María Corina Machado. O decir, con amplio descaro, que respeta la libertad de expresión hasta las últimas consecuencias 24 horas después de que 10 periodistas fueran atacados en una protesta pública por ejercer su trabajo. Cabe recordar que Rodríguez promovió la llamada ley del odio para fomentar una censura y autocensura sin precedentes.

En su entrevista con EL PAÍS el pasado 12 de abril, Rodríguez dejó claro que no hay transición ni están contempladas unas elecciones presidenciales en el corto plazo, aun cuando el Gobierno chavista haya secuestrado el poder de forma fraudulenta. Lo que hay en Venezuela, según Jorge, es lo que su hermana ha definido como “un nuevo momento político”. En ese sentido, hay que tomar literalmente sus palabras. Dentro del cuadro actual, el papel del Rodrigato es mantener el poder y trabajar para consolidarlo en un pequeño círculo controlado por los hermanos. La imagen de esa ocasión lo muestra bajo un claroscuro sentado en un sillón señorial, con los dedos de ambas manos formando una pirámide: el gesto clásico de quien marca distancia y mantiene el control.

Sin embargo, para la mayoría de los venezolanos, un nuevo momento político no es suficiente. Si bien ansían una mejora económica sustancial en sus vidas, también quieren un cambio de régimen por la vía democrática. Y un punto neurálgico de este cambio es justamente la transición que los Rodríguez tratan de evitar para retener el poder que han ejercido más allá de límites legales ya vencidos.

#4. Delcy en el palacio. La difícil gobernabilidad

El poder no solo se ejerce. También se escenifica. Hugo Chávez tenía un talento excepcional para hacerlo, al punto de abusar de él en sus maratónicos Aló Presidente y cadenas de televisión. Maduro no tenía luz propia en casi ningún sentido: para llenar el vacío que dejó Chávez, se inventó un personaje más populachero que popular, que representaba bailando en sus mítines y con frecuentes chistes malos que su entorno celebraba por obligación.

Delcy Rodríguez, en cambio, siempre se mantuvo a la sombra del trono. En sus apariciones actuales se le nota como un actor que ensaya un papel: ha memorizado el guion sin que aún le haya dado vida propia al personaje. Cuando intenta ser líder del chavismo, repite consignas gastadas y llama a una peregrinación nacional contra el “fascismo que aún está vivo en Venezuela”. Cuando necesita renovar el aparato del Estado, recicla a Vladimir Padrino López —el hombre que fracasó de manera oprobiosa en la misión de proteger la soberanía nacional el 3 de enero— y lo nombra ministro de Agricultura.

A pesar de estar reemplazando decenas de cargos de la cúpula madurista con nombres de su confianza, el chavismo sigue siendo un orbe cerrado y sin ideas frescas. Delcy gerencia el poder como un hábil tecnócrata, dirigida por los operadores de Trump. No cuenta con gran apoyo popular, pero basta ver sus redes sociales —un aparato de propaganda robusto y estéticamente pulido— para entender que no solo. Está en campaña para competir por él en una eventual elección presidencial.

Se podría decir que su horizonte es llevar adelante una especie de perestroika. El chavismo necesita un extreme makeover y el Rodrigato solo puede ofrecer una renovación parcial. Lo que no contradice que sea su apuesta más lógica en este momento. Para ellos, eso ya es buena ganancia.

Y sin embargo, hace pocos días, en una reunión con el foro interreligioso en Miraflores, asomó algo distinto: habló de pluralidad religiosa, ideológica y política como características de la democracia, y llamó a las fuerzas religiosas a ayudar a sanar las heridas que el extremismo ha dejado en los venezolanos. Admitió, con inusual apertura, que su fe personal era usar el poder al servicio de quienes más lo necesitan. ¡Amén! Fueron palabras menores en apariencia. Pero en un contexto de poder cerrado sobre sí mismo, pueden leerse como una señal. O como una promesa que aún no sabe si cumplirá.

#5. Venezuela y el trabajo de los hermanos

Llegados a este punto, debo decir que conozco a los hermanos Rodríguez desde mi infancia y que mantuve con ellos una amistad cercana durante mis años de adolescencia y adultez temprana. En esa época se mezclaban los sueños de la izquierda y las canciones de Serrat y la nueva trova con la formación humanística que recibimos en los años de escuela, liceo y universidad. Nuestros mundos se separaron hace casi 30 años, antes de la llegada del chavismo al poder. Pero lo que fueron entonces importa menos que lo que son hoy: dos figuras centrales de un régimen que ha devastado al país.

Cuando hoy los veo recorrer el país, trepados sobre el techo de un camión como lo hacía Chávez en la cima de su poder, me asalta una idea extraña. Tienen ante sí algo que pocos políticos suelen tener: una oportunidad histórica genuina. No para prolongar lo que queda de un chavismo moribundo, sino para abrir una transición real: restituir instituciones, permitir una elección presidencial justa y poner fin, de una vez, a la deriva apocalíptica del poder que ayudaron a construir.

Pero hay un dato que complica esa lectura. Delcy Rodríguez ha contratado a un abogado cabildero en Estados Unidos cuyo mandato incluye representarla como candidata en una eventual carrera por la presidencia. Eso puede interpretarse de dos maneras: como una señal de que los Rodríguez aceptan que el futuro pasa por las urnas y han decidido medirse en ellas, o como la confirmación de que el Rodrigato es, ante todo, un proyecto de poder. Ambas son posibles. Pero solo la primera es compatible con una Venezuela libre y democrática. La diferencia entre ellas es lo que ahora está en juego.

El Rodrigato puede ser muchas cosas. Puede ser el nombre de un interregno gris, de un gobierno que mantuvo el poder por inercia hasta que ya no pudo. O puede ser el nombre de un puente entre eras. El momento en que dos operadores del régimen decidieron no ser unos déspotas más, sino que su legado fuera el cambio político que Venezuela lleva décadas esperando.

No sé si se atreverán. Sobran razones para dudarlo. Pero hay algo que sí sé: si lo hacen, muchos venezolanos, dentro y fuera del país, se lo agradecerán. Y la historia, que tiene mala memoria para los cómplices y buena para quienes abren puertas, también.

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