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Fernando Eimbcke: “Los niños nos enseñan que hacer cine puede ser un juego muy intenso y muy serio”

El director mexicano estrena ‘Moscas’ en el Festival de Cine en Guadalajara, una historia guardada por 20 años que evoca el humor, el duelo y la sanación a través de la niñez

Fernando Eimbcke en Guadalajara, el 18 de abril.Roberto Antillón.

El estreno de Moscas en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara permitió a su director, Fernando Eimbcke, cerrar un círculo que inició hace algo más de 20 años, cuando presentó en esta misma cita cinematográfica Temporada de patos (2004), su ópera prima. Desde entonces, el realizador de 56 años, oriundo de Ciudad de México, se ha convertido en uno de los referentes del cine mexicano contemporáneo y del séptimo arte independiente internacional.

Su película más reciente ganó el Premio del Jurado Ecuménico en el Festival de Cine de Berlín y fue adquirida por el servicio de streaming Mubi para su estreno en cines en el segundo semestre de 2026. Moscas permaneció enlatada en una vieja computadora por dos décadas. Nació del interés de Alejandro González Iñárritu tras haber visto Temporada de patos. Eimbcke, que inauguró con su filme la edición 41 del evento fílmico en Jalisco, cuenta a EL PAÍS que a su colega le gustó la película y, en ese entonces, quería desarrollar una serie de televisión. “Un visionario, ya desde hace 20 años estaba con eso”, recuerda en uno de los espacios de la Cineteca en el municipio de Zapopan.

Tras la invitación del director de Amores perros, ese mismo día, Eimbcke iba en su coche y se encontraba pensando en una buena historia para un programa televisivo. Mientras iba parado en el tráfico, vio un letrero en una ventana que decía: “Se rentan habitaciones para parientes de pacientes”. De ahí surgió el origen para un conflicto que considera “interesantísimo”. “¿Cómo, de repente, puedes rentar tu habitación a gente que está expuesta al dolor de tener a un familiar en el hospital?“. Así comenzó a escribir el guion. Tardó dos días y a Iñárritu le gustó, pero por diferencias con la televisora, este decidió no seguir con el proyecto. Eimbcke estaba en Alemania hace unos años y se reencontró con su escrito cuando limpiaba una computadora vieja. Le escribió a su colega para pedirle autorización y este le dijo: “Es tuya”. Fue así que, junto a la escritora Vanesa Garnica —con quien trabajó en Olmo (2025), su película anterior—, adaptaron el proyecto para un largometraje.

Según la sinopsis de Moscas, Olga (Teresa Sánchez) vive una vida estrictamente regulada, sin amigos ni relaciones, en un enorme bloque de pisos. Cuando, por necesidad económica, se ve obligada a alquilar una habitación, Tulio (Enrique Arreola), que tiene a su esposa enferma en un hospital, se muda y, además, mete a escondidas a Cristian (Bastian Escobar), su hijo de nueve años, en el piso. Para su propia sorpresa, Olga comienza a forjar un vínculo inesperado con el niño. Su mundo, cuidadosamente controlado, comienza a cambiar y, totalmente en contra de su voluntad, estas tres vidas empiezan a entrelazarse.

Eimbcke dice que, al reencontrarse con su guion décadas después, la esencia de la historia seguía ahí. Esto en parte gracias a las enseñanzas de la guionista argentina Paula Markovitch, a quien considera su maestra de guion y dramaturgia. “Ella me enseñó a mirar desde el conflicto”, explica, pero también el sabático que se tomó de más de una década entre Club Sandwich, de 2013, y su retorno el pasado año con Olmo (2025), considera que le ayudó a escribir mejor en términos dramáticos.

Describe los seis años que vivió en Berlín como una etapa larga, en la que no tuvo oportunidad de filmar, pero en la que aprendió mucho. “Me dediqué mucho a escribir y veía muchas películas. Uno diría: ‘Soy director y no filmo; y el tiempo que no haya filmado es un tiempo perdido’. Creo que no, ya que son tiempos también para nutrir otras cosas. No siempre aprendes todo filmando, como no siempre aprendes todo viendo películas. Está la lectura, está el escuchar música y muchas otras disciplinas que te alimentan”.

El título de la película se convirtió en un dispositivo formal en el guion. “Las moscas son un símbolo de que algo está cambiando, transformándose, y necesitábamos que Olga se pusiera en movimiento. Las moscas son ese personaje no invitado y que hacen que la historia se mueva. Ayudan a construir ese momento en que aceptas relacionarte con la realidad, que es lo que necesitaba el personaje de Teresa. Ella ha construido una coraza y una mosca la ayuda a regresar a esa infancia, a esa niña que perdió en el camino”, complementa.

Y esa ‘mosca’ llegó en la forma de Bastian Escobar, que se convirtió en el motor de la película, de la producción y de la filosofía que Eimbcke quería transmitir a su equipo: “Los niños nos enseñan que el cine, hacer cine, puede ser un juego, un juego muy intenso, muy serio. Pero así lo hacen los niños”.

– Se dice que en sus películas anteriores los protagonistas adolescentes tenían algo de usted. ¿En este niño también hay algo suyo?

– Yo creo que siempre hay algo. Leí alguna vez que le preguntaron a Hemingway: “¿Qué se necesita para escribir?”. Y este decía: “Haber tenido una infancia difícil”. Yo creo que todos hemos tenido una infancia difícil; no hay nadie que se libre de infancias mucho más duras que otras, pero son experiencias que acabas compartiendo. Como decía mi maestra Paula Markovitch, hay que distanciarse. Que tus personajes no sean tu alter ego. Por mucho que puedan, en algún sentido, parecerse, quizás las anécdotas están ahí, pero siempre tratamos de construir a los personajes con su propio universo.

En la búsqueda de ese espacio y universo para sus personajes, las piezas se fueron alineando. Sabía que quería filmar en el Centro Urbano Presidente Alemán (CUPA), un referente de la arquitectura moderna mexicana que se inauguró en 1949 y donde vio originalmente el letrero que le dio la idea para la historia. Empezó a recorrer sus pasillos y alrededores del CUPA, viendo gente, tomando fotografías y a trabajar con el deseo de un niño.

¿Qué le gusta hacer a un niño?, se preguntaron. Tras lanzar una lluvia de ideas con Garnica, uno de los dispositivos que unió la fantasía, el dolor y el humor de la película llegó a través de los videojuegos. Este se materializó en la forma de un homenaje al clásico Space Invaders, lanzado en 1978 y considerado un hito de enorme influencia en el mundo de las consolas. Fue a través de este elemento que los personajes dialogan y surfean los distintos momentos de la historia.

Eimbcke admite que no sabe nada de videojuegos y que se queda congelado ante la pantalla y los controles cuando está con sus hijos, pero sí logró entender la importancia de lo lúdico para los niños como una manera de afrontar el dolor. “Cómo podían los niños hallar la manera de lidiar con el dolor, también con el juego y la fantasía. Eso fue algo que aprendí, por ejemplo, con películas como El laberinto del fauno. Cómo esta niña, ante una realidad que la sobrepasa, una realidad horrible, utiliza la fantasía".

Sin embargo, por un tema de derechos, no pudieron utilizar el nombre de Space Invaders en la película. Así nació el Cosmic Defenders Pro, entre una evocación a Kozmic Blues, la canción de Janis Joplin, mezclada con la necesidad de no encontrar ningún problema legal. “Empezamos a construir a partir de eso. Alfredo Vigueras, que es el diseñador de producción, hizo todo el juego. Lo diseñó. Entonces realmente era un universo que nosotros habíamos creado”.

Eimbcke, como en Temporada de patos, apela al neorrealismo italiano en Moscas para retratar una comedia humanista con la propia influencia del cineasta y un homenaje a un clásico como Ladrones de bicicletas (1948). “No se trata de pensar qué universo me imagino, sino más bien de qué tomo de este universo que ya está ahí, cómo lo utilizo, cómo le doy orden. Y eso es lo que hizo el neorrealismo italiano. O sea, era un cine de posguerra, no tenían grandes presupuestos y eso es lo que le daba esa frescura. Me identifico mucho con el neorrealismo italiano", recalca. “Es un movimiento que sigue muy vigente y que ha trascendido todo”.

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