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Alejandro González Iñárritu: “Vemos cómo se desmorona Babilonia. El capitalismo sin democracia, algo aterrador”

El cineasta mexicano lleva a Bilbao ‘Carne y arena’, su instalación de realidad virtual sobre la inmigración en la que trabajó con 500 inmigrantes y con la que obtuvo un Oscar

El cineasta mexicano Alejandro González Iñarritu el 20 de marzo en Bilbao donde ha presentado su instalación artística 'Carne y Arena'. Javier Zorrilla (EFE)

Cuando Alejandro González Iñárritu (Ciudad de México, 62 años) estrenó en 2017 Carne y arena, la batalla de Estados Unidos contra el drama de la inmigración, se libraba medio a escondidas. Ante todo, en la frontera del desierto al sur del país, con la bofetada constante del viento en la cara, la vigilancia silenciosa de las patrullas, los helicópteros, los cactus y los matojos o la marca entre fría y ardiente de la arena en los pies. Hoy la represión contra esa perfectamente comprensible aspiración a una vida mejor, se ejerce a golpes, empujones y a tiros por el cuerpo camuflado de los miembros del ICE, retransmitida en directo desde las ciudades donde operan a las puertas de las casas, en el transporte público, a la salida del trabajo o en la puerta de los colegios.

La monstruosidad armada con rifles ha pasado de controlar movimientos entre las guaridas de los alacranes contra millones de inocentes a quienes tilda de criminales, a montar un frente en mitad de la normalidad de las aceras en las ciudades estadounidenses. “Sí, estamos peor”, comenta Iñárritu. “Entre otras cosas, por esto...”. Y señala a su teléfono como si dentro de él se escondiera un dragón.

Lo cuenta el cineasta mexicano en Bilbao, donde su montaje de realidad virtual se exhibe desde el pasado 11 de marzo hasta el 20 de junio en la sede de Euskal Irrati Telebista (EITB) y dará pie a varios debates organizados en la ciudad sobre el asunto en los próximos meses. Lo que propone el autor de Amores Perros con esta obra de inmersión que logró hace nueve años un Oscar (el quinto en su carrera) y fue estrenada en Cannes es justo alejarse de la uniformidad de las pantallas. Entrar en un mundo de sensaciones que lleve a quien lo quiera experimentar a comprender con todos los poros del cuerpo y la máxima amplitud de la mente los efectos decisivos de la inmigración: su herida, su audacia, su riesgo, ese desafío entre trágico y esperanzado en los límites de la vida.

González Iñarritu ha creído pertinente redoblar la batalla en estos tiempos con el arma de su arte y con esta pieza de su filmografía en tres dimensiones, trabajada a fondo junto a Emanuel Lubezki, El Chivo, su amigo y director de fotografía de siempre. Al volver a trabajar con esta pieza, mientras la preparaba para ponerla a punto en Bilbao, algo le crujió dentro. “Me quebró y me hizo llorar”, confiesa. “Normalmente no me ocurre, pero creo que se cruzaron las imágenes del ICE en mi subconsciente y pensé: ¿Dónde andará toda esta gente?”.

Se refiere a las cerca de 500 personas, todos inmigrantes, que entrevistó en su día para el proyecto de Carne y arena. “El Gobierno de EE UU ha viralizado esos vídeos con una crueldad total. Asistimos ahora a una debacle. El país ahora podría llamarse los Estados Desunidos. Atraviesa una pesadilla. Vemos cómo se desmorona Babilonia en un momento brutal. El capitalismo sin democracia, algo aterrador”, comenta. “El mundo anda invadido por los cárteles corporativos, armamentísticos, tecnológicos. Y uno de los problemas es esta realidad”, dice y señala de nuevo el teléfono, “en la que nos estamos muriendo todos”.

Carne y arena se arma en tres actos. Se trata de una experiencia individual e inmersiva con un planteamiento radical. El espectador o visitante entra en un recinto oscuro. Accede a una sala fría donde se le invita a descalzarse y dejar sus zapatos junto a unos cuantos recuperados y perdidos por inmigrantes en la frontera norteamericana. Entre su desorden agujereado, con todas las tallas posibles para niños, adultos y ancianos, entre mochilas también y despojos, ateridos ya por el frío metálico de las antesalas, uno imagina trayectos truncados, dolor, sueños desvanecidos. Después pisa la arena y queda a expensas del aire imbuido ya en las gafas de realidad virtual...

Luego, quedan a su disposición, el tiempo que quiera, los testimonios. La experiencia puede durar lo que cada cual considere. Es una y no más. Iñárritu no ha querido volver a explorar ese lenguaje. “No he tenido una sola idea que me lleve a hacer otra”, asegura. “Para empezar, es carísima. Por otra parte, la realidad virtual no logró cumplir las expectativas de quienes invirtieron en ella. Creo que lo hicieron equivocadamente. En vez de fomentar iniciativas artísticas cayeron en hacer dinero fácil con videojuegos o estimulando la violencia”, asegura.

En este proyecto, Iñárritu y Lubezki se toparon con un lenguaje completamente diferente al del cine: “Se trata de un medio con lenguaje propio, donde no cabe la narrativa. El cine es la dictadura del marco que te propone el director. Y esto es todo lo que no es el cine. Proporcionas una herramienta para colocar la cámara donde tú quieres. La narrativa la dictas tú que lo estás viendo y tu sensibilidad. Te conviertes en el director. No existe un marco impuesto”.

En Carne y arena trabajó a fondo con los grupos de inmigrantes voluntarios. Regresó a la frontera, como hizo en Babel, una de sus obras maestras. Llevó a los inmigrantes de nuevo al desierto, les vistieron con las mismas ropas de su diáspora, los integraron en una experiencia radicalmente tecnológica donde, sin embargo, destacaban sus voces humildes, una incontrovertible dignidad que quisieron poner de manifiesto en la pieza. “Resultó sanadora para ellos”, asegura. “Lograron expulsar el trauma, hacer suya la experiencia”.

Acabaron justo el día en que Donald Trump accedió a su primer mandato en la Casa Blanca. “Pero no observé en ellos ninguna reacción de odio. Eran tan esencialmente buenos que creían que aquel señor iba a comprender...”. Entre las experiencias que relatan está la búsqueda de salidas, la huida de la miseria, pero también de la violencia de las bandas y las pandillas en sus propios países. ¿Cómo es posible que algo tan fácil de entender, tan digno de compasión, pueda revertirse y se llegue a acusar a todas estas víctimas de una tangible desigualdad de ser criminales o delincuentes? Es algo que se pregunta sin tregua el cineasta. Se mata con la razón y se revuelve contra eso: “El mejor regalo que puedes dar al otro es entenderlo, como dice el monje gurú Thich Nhat Hanh. Entender es sinónimo de amor. Desde ahí podemos quizás lograr una situación que beneficie a otros. El camino no es simplificar y utilizar palabras que reduzcan el problema, que lo simplifiquen e inciten al odio, eso es de una injusticia, una brutalidad que no conduce a nada. La ignorancia produce miedo. Y es ahí donde la tecnología se aprovecha para fomentar confusión, así nos llevan a sentimientos y emociones paleolíticas”.

Este proceso ha resultado demasiado rápido y se han perdido referencias fundamentales para la convivencia: “De la ignorancia se pasa al pavor y de ahí al control. Debemos resistirnos en cada acción, y fomentar discursos en los que predominen palabras como empatía, bien común, compasión. ¿Dónde han quedado esas aspiraciones? Las que nos inflamaban al hablar de verdad, belleza... Las grandes causas del último medio siglo y que hemos perdido en apenas dos años. No podemos rendirnos a prescindir de una idea común de bienestar a causa de la fragmentación, por ese individualismo que tratan de meternos en las hormonas”.

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